Venezuela, puro dolor


Su Santidad, Francisco, refiriéndose a la complicada situación por la que atraviesa el pueblo venezolano, manifestaba el pasado domingo su deseo de alcanzar una “solución justa y pacífica”. El pozo en el que se han estado sumergiendo estos ciudadanos en los últimos años ya no tiene más fondo. En pocos días se tendrá que empezar a resolver este escenario para que Venezuela empiece a ver la luz.

Hace un par de meses, una amiga venezolana intentaba hacer el equipaje para visitar a su familia en vísperas de Navidad. En su mente no cabían nada más que pensamientos contradictorios. Si tres años atrás todo era ilusión por volver a su país, esta vez el miedo y la incertidumbre se apoderaban de ella. La tristeza y la impotencia le hicieron tomar la decisión de que su maleta estaría ocupada por productos de aseo, ropa, medicinas y alimentos para su familia; ella tendría suficiente con unas mudas para cambiarse.

Después de tres semanas en tierras venezolanas, el regreso a España se hacía más duro si cabe. Atrás quedaban los suyos. Estremecedor su testimonio, una narración en primera persona experimentada en cada hora de los días allí vividos. Todo lo resumía en una palabra: acostumbramiento; el pueblo venezolano se ha habituado a lo que tiene y se ha amoldado a ver con otros ojos lo que le rodea, me decía. Ese acostumbrarse les ha hecho asumir como natural todo aquello que no reúne las condiciones mínimas para subsistir. Ella me contaba que tienen derecho a agua corriente un tiempo mínimo al día y cómo, por ser Navidad, les habían permitido un plazo una pizca mayor, un simple hecho que les hacía estar tan agradecidos…; ir a un mercado en el que los productos en venta eran de la peor calidad y verlos como lo mejor de la ciudad…; personas que intentaban vender lo poco que tenían, una silla por ejemplo, a fin de obtener algo que les repercutiera en cubrir sus necesidades básicas que ya eran lo mínimo…

Entre sus interrogantes estaba cómo explicar que fuera extremadamente barato llenar un depósito de gasolina cuando no se tiene acceso a un simple kilogramo de comida. Ella ha sido consciente de las secuelas que todo este escenario está dejando: la esperanza ha sido suplantada por el dolor. ¡Qué difícil vivir sin saber si lo poco que hoy tienen lo podrán mantener mañana o se verán en la tesitura de acostumbrase de nuevo a algo peor!

Esta es la realidad de Venezuela: familias fragmentadas porque muchos de sus miembros han tenido que abandonar el país, un sentimiento generalizado de temor hacia los demás por no saber si quien se acerca te hará daño, comercios vacíos o cerrados… Junto a esto, el contrapunto, algo que ella ha denominado “pequeños rayos de luz” y que se resumen en aquellos que pese a tener la posibilidad de rehacer su vida en otros lugares, han estimado que lo mejor era quedarse junto a los más desvalidos. Son los religiosos, algunos maestros o médicos, personas que han decidido que su sitio está en permanecer al lado de los que no tienen otra opción que la de intentar subsistir hasta poder recuperar la esperanza perdida.

Y después de contar lo vivido, como si de un eterno estribillo se tratara, mi amiga repite la misma petición: que no se deje de rezar por su país. Venezuela necesita las oraciones de todos.

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