El Espíritu de Taizé


Aún resuenan los ecos del último encuentro europeo de jóvenes de Taizé organizado en Madrid. Enmarcado en lo que esta comunidad denomina Peregrinación de confianza a través de la tierra, son ya más de cuarenta ediciones de encuentro en una capital de Europa a caballo entre el año que termina y el nuevo que comienza.

Miles de jóvenes se han dado cita una vez más para volver a impregnarse de este espíritu, para experimentar y valorar los puntos que constituyen la esencia misma de esta comunidad ecuménica: la oración, el silencio, el canto, la meditación. Una oración que marca el ritmo de la vida en la colina francesa y que también ha constituido el momento de unión en Madrid. Cantos breves y repetitivos que ayudan a la reflexión al comienzo del día, en el centro y al final de la jornada; la creación de momentos de silencio para vaciarse y escuchar el interior. Han sido jóvenes de muy diversas nacionalidades, con idiomas diferentes, los que se han unido para orar; algo realmente asombroso en un mundo lleno de prejuicios y carente de valores humanos.

La comunidad de Taizé, que fundara el Hermano Roger allá por 1940, tiene dos objetivos fundamentales: la acogida de jóvenes y la búsqueda ecuménica. El Hermano Alois, católico, se ocupa a día de hoy de dirigir al resto de hermanos como prior. Cada año visita al Santo Padre para informarle de su marcha, de sus actuaciones, tomando el testigo de lo que hiciera Roger con Juan Pablo II. En este caso ambos (Roger y Wojtyla) se habían conocido durante la celebración del Concilio Vaticano II, cuando Wojtyla era arzobispo de Cracovia. Este visitó Taizé en dos ocasiones y, una vez elegido Papa, volvió en 1986, dejando para la memoria estas hermosas palabras que dedicó a los jóvenes que se encontraban allí: …se pasa por Taizé como se pasa junto a una fuente. El viajero se detiene, bebe y continúa su ruta. Los hermanos de la comunidad, ya lo sabéis, no quieren reteneros. Ellos quieren, en la oración y el silencio, permitiros beber el agua viva prometida por Cristo, conocer su alegría, discernir su presencia, responder a su llamada; después volver a partir para testimoniar su amor y servir a vuestros hermanos en vuestras parroquias, vuestras ciudades y vuestros pueblos, vuestras escuelas, vuestras universidades, y en todos vuestros lugares de trabajo.

Así siguen acudiendo los jóvenes a Taizé y participando de su idiosincrasia, haciendo un alto en el camino para escuchar a Cristo y responderle, para ser testigos de lo vivido y compartirlo con otros.

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