Vivir en actitud de cambio


Hace al menos una década que el programa cofrade “Paso a paso” creó una sección a la que puso por nombre La columna. El texto que comparto es la colaboración que he hecho este año.
Completamos una nueva circunferencia con la Cuaresma, esa misma sobre la que vamos girando, que no tiene principio ni fin, pero que en este punto viene a anunciarnos un nuevo tiempo, una nueva ocasión para transformar las dificultades en esperanza, para comenzar a caminar sobre el trazado de otro círculo que se completará en el año venidero.
El tiempo cuaresmal y de Semana Santa se convierte para los cofrades en una cascada de días de gozo. La felicidad impera a nuestro alrededor, por tanto, debemos sentirnos afortunados, a pesar de que en muchas ocasiones tengamos la sensación de estar sufriendo una persecución por parte de ciertos sectores de nuestra sociedad.
¡Qué bonito sería tener presentes a tantos hermanos perseguidos de verdad! Vivamos el momento que nos brinda presenciar un desfile procesional o la participación en una estación de penitencia. Tenemos la oportunidad de observar los cortejos de nazarenos pensando en tantas caravanas de cristianos que viven un nuevo éxodo en Alepo o en el Sinaí; apreciar en las llagas del Señor las dificultades por las que pasan tantos pueblos masacrados en la India; ver en cada cruz de guía la cruz de la victoria que señala el triunfo de la fe en lugares como Irak… Instantes que nos permiten hacer oración por los verdaderos obstáculos que atraviesan otros hermanos nuestros, que sin poder gozar de la belleza plástica de nuestra Semana Santa, tienen la valentía de expresar su fe al mundo en medio de la más terrible adversidad.
Apreciemos en el “quejío” que brota de una saeta, los escollos de nuestros hermanos más cercanos; sintámonos en comunión viendo los pies armonizados bajo un paso; pongamos nuestra oración en el humo que emerge de un incensario…
Permitamos, en definitiva, que cuando llegue la Pascua, haya permanecido en nuestros labios el dulzor que deja degustar una torrija, que hayamos alcanzado un poco más de la perfección de esa rueda que no cesa de girar.

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