El último “paseíllo”


La lluvia del primer sábado de la Cuaresma apagó su luz, como se apagó tantas veces la cera de las candelerías en esos días en los que su función era la de encender las velas de los palios en no importa qué procesión. Hermosa tarea la de dar luz a la cara de María; tanto como la de abrir un cortejo vestido con roquete portando la cruz parroquial, o la de servir en cualquier acto de culto religioso. Fueron tantos y tan diversos…

Ese era el hábitat en el que Francisco Paz, “el maño”, se movía como pez en el agua. Si bien sus derroteros profesionales en otro tiempo habían estado centrados en otra plaza, en el mundo del toro, se puede hablar de una vida entera dedicada a la colaboración en el ámbito eclesial, hace años en San Francisco y más tarde en San Lorenzo, lugar en el que la mayoría lo hemos conocido. Su labor se vio reconocida el pasado verano con la entrega de la Medalla de la Diócesis, que recibió de manos del señor obispo, D. Demetrio. En paralelo, el ejercicio de un incansable trabajo en el ámbito de las hermandades y cofradías. ¡Cuánto tiempo empatizando con los cofrades que se acercaban hasta la sede de la Agrupación en Isaac Peral! Para todos tenía una palabra agradable y una sonrisa.

En la mañana del domingo, el día del Señor, ha entrado por última vez su cuerpo a la iglesia de San Lorenzo. Un número discreto de personas, en su mayoría cofrades, han hecho que la despedida haya tenido más el carácter de un acto íntimo que multitudinario; en presencia de Nuestro Padre Jesús del Calvario que presidía el centro del altar. No ha sido un entierro de tres capas, como se habría podido esperar, sino una celebración más humilde y sencilla, un acto de recogimiento en el que orar por su alma. Eso sí, le habrá invadido la felicidad porque casi todos los presidentes de la Agrupación de cofradías han sido los encargados de portar el féretro.

Atrás quedó su presencia física a las puertas de la parroquia, pero seguiremos teniendo esa imagen de un hombre bonachón. Y, por qué no, vendrán a nuestra mente esas anécdotas que mostraban su astucia. Serán las que nos permitan dibujar en nuestra cara la alegría de haberlo conocido. Hasta siempre, “maño”.

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