Acoger al niño que nace para la vida eterna


Ya se han hecho convocatorias a los hermanos costaleros para ir organizando los ensayos. Alguna hermandad incluso ha tenido ya su “igualá”, ese proceso que permite que cada una de las personas que van a portar los pasos ocupe el lugar correcto bajo las trabajaderas. Todo esto en un momento en que podríamos pensar que se dan las típicas paradojas de la vida, ya que vivimos los días previos a la Navidad. Me refiero al hablar de paradojas a esas ocasiones en que, en parte en serio (por la ignorancia), en parte en broma, alguien comenta que el Niño nace para después morir. Están lejos de la realidad los que tienen ese concepto: celebramos un nacimiento a la vida terrena que permitirá alcanzar la vida eterna. En palabras del Santo Padre, “en el pesebre se contempla la misericordia divina que se ha hecho carne”.
Estas citas de hermanos son ocasiones que permiten la confraternización; las casas de hermandad son testigo de saludos, reencuentros, están abiertas a acoger a todos los que se acercan a ellas. Se hace una llamada en la práctica totalidad de hermandades no solo a los costaleros sino también al resto de cofrades, brindando la oportunidad del encuentro fraterno. Decía el Papa Francisco “Dios se hace pequeño, se hace niño, para atraernos con amor, para tocar nuestros corazones con humilde bondad; para conmover con su pobreza a quienes se esfuerzan por acumular los falsos tesoros de este mundo”. El Niño de Belén es el que nos convoca.
En la Navidad de 2014, escuchábamos de Su Santidad, el Papa Francisco, “¿tenemos el coraje de acoger con ternura situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios”. Estas palabras, que entrañan una gran profundidad, me hacían pensar en tantas personas necesitadas no solo de alimento sino de ternura, cariño, de sentirse acogido como en una verdadera familia.
El calor que el Niño Dios recibe en el pesebre es el mismo que muchas personas reciben de sus semejantes. Aunque resulte osado, no puedo evitar tener un recuerdo hacia una familia cofrade muy querida en nuestro ámbito, por ser entrañables personas, que permitían que el recordado Miguel “Preciosos” tuviera un hogar en la cena navideña, sintiera el calor familiar del que carecía y se sentara a la mesa como un miembro más de los Vizcaíno – Peralbo. Un testimonio sencillo del modo de actuar que tenemos los cristianos, una muestra de amor al prójimo que sería posible ejemplificar en múltiples casos.
Acojamos con ternura en nuestro corazón al que se ha hecho pequeño para nuestra salvación. Feliz Navidad.

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