Mantener el sentido de la Navidad


Hay mañanas de diciembre que tienen sabor a pueblo, mañanas que nos traen añoranzas de otros tiempos, de días en que la sencillez se convertía en el “modus vivendi” y marcaba el ritmo de cada uno de nosotros. Las mañanas de diciembre son días de niebla espesa, días fríos de un otoño que caduca, días que se combaten al abrigo de braseros, de café humeante, de copas de aguardiente y de dulces típicos de la época, costumbres que perviven a pesar de los muchos intentos que aparecen para borrar cualquier signo que nos identifique como cristianos, una cuestión que se agrava, más si cabe, si el momento está marcado por una tradición religiosa.
Y es que el mes de diciembre, es un mes completo de vísperas. Sí, de vísperas de un gran acontecimiento. ¿Qué sería de este mes si quitáramos la Navidad? Todos hemos hecho de estas fechas algo especial y, aunque el consumo se apunta al carro e intenta llevar la iniciativa porque hacia eso ha derivado toda festividad en nuestra sociedad, el hecho central no es otro que la venida del Niño Dios, que llegará a todos y que así se percibe en cada rincón.
Una muestra del ambiente descrito es la que tenemos la fortuna de vivir en mi barrio cada año. Una hermandad que, al unísono, junta de gobierno, grupo joven e incluso la banda, sabe conjugar como nadie las tres virtudes teologales para hacer de la “fiesta” el mayor acto de amor al prójimo. No cito nombres porque este acto generoso se lleva a cabo en más de una de nuestras cofradías.
Sábado de diciembre. Grupos de personas congregadas en las esquinas. Sabor a barrio, a gente humilde, de esa que todavía se saluda y tiene su sustento vital en la familia. Un gran ambiente creado por una hermosa comitiva que a ritmo de “arre borriquito, arre burro arre” y de otros villancicos populares, sacan a la gente de sus casas y hacen de una original operación kilo, un acto social en colaboración con los necesitados. Como resultado, una montaña de alimentos fruto de la generosidad de un sentimiento de felicidad al colaborar con una noble causa.
Afortunadamente hemos mantenido el verdadero sentido de la Navidad, el sentido cristiano que se ha perdido en muchos lugares. Salgamos al encuentro de lo esencial y guardemos en el corazón la alegría de haber acogido al que llama a nuestra puerta.

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