Cofrades ejemplares


Allá por los años 80 la Agrupación de Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad tenía la idea de empezar a distinguir a aquellos cofrades que destacaran por su entrega a las hermandades, con el título de “cofrade ejemplar”; y así lo viene haciendo regularmente con el objeto de que los designados sirvan de referente a futuros miembros de nuestros colectivos. Seguramente resulte una tarea complicada decidir quién es merecedor de tal distinción, pues son muchos los que, de manera silenciosa, han venido trabajando incansablemente y solo serán reconocidos al final de los tiempos porque nunca habrán tenido la oportunidad de experimentarlo en la vida terrena.
Sentía en mi interior la necesidad de hacer esta reflexión tras el dolor que en los últimos meses se está viviendo en el seno de determinadas cofradías y entre muchos miembros de estas. Una sensación de orfandad provocada por la partida de seres queridos, con nombres y apellidos, Raúl Arce, Silvia de Vera, Juan Antonio Parra “Parrita”, Antonio Murillo…, que no han sido nombrados “cofrades ejemplares” pero que han sido ejemplo para muchos durante su acortada vida; porque en nuestras hermandades se vive la fraternidad como se hace en las familias, creando verdaderos lazos de unión que surgen como la mejor fórmula de amistad.
El sentido de la vida se plantea muchas veces en el momento de la muerte, nuestra oración prolonga la dimensión espiritual y cobra importancia la función que las cofradías tenían en otra época: cuidar a los hermanos en la enfermedad (se puede recordar que en algunos casos se fundaron y mantuvieron hospitales) y rezar y dar sepultura a los difuntos, cumpliendo así también con las obras de misericordia. Sin ser esto así en la actualidad, se sigue demostrando una y otra vez, que es de gran ayuda vivir el momento de la separación rodeado de tantos seres queridos. La tristeza se cubre de esperanza y el apoyo resulta crucial para cuantos compartieron momentos con ellos.
Iglesias repletas para decir “hasta siempre” es la imagen que se ha repetido en la Inmaculada y San Alberto Magno, en Santa Rafaela María, en San Francisco, en San Agustín, las que acogieron los cuatro casos citados. Cuatro vidas en las que la enfermedad marcó el ritmo, cuatro vidas que ya gozan, sin dolor, de la verdadera vida, de la vida eterna. Padres, hijos, hermanos, parejas, en definitiva, familias que los seguirán sintiendo muy cerca pero ya no los tendrán físicamente.
Es evidente que quedan en el anonimato tantos otros casos de partidas que se pueden haber dado en estos últimos días y que no se citan por desconocimiento. Cuando se aproxima la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos, la celebración de las misas de hermandad serán sufragio por la purificación de sus almas y servirán para dar aliento a aquellos que tanto los echan en falta.

2 Comentarios

  1. Hoy quiero dejar otro nombre, para mi, D. Rafael Gómez Lanti, tras las secuelas de su accidente laboral y una anticipada jubilación, se volcó en Su Hermandad y siempre que hacia falta, estaba dispuesto a ayudar, en la sombra, siendo el último, callada su labor pero necesaria en una hermandad.
    Cuando nadie lo esperaba, pues otras veces había superado sus achaques, el último empujón no lo soportó, su organismo dijo basta y este mediodía su cuerpo nos dejo, y se fue a la cada del Padre.
    Adiós Amigo y Hermano Rafael

  2. Llevas muchísima razón pero te doy un nombre de un costalero del Buen Fin, que antes de fallecer dejó de herencia donar todos sus órganos. Rafael Meléndez-Valdés. Esto es un cofrade ejemplar. Anónimo y solidario.

Comments are closed.