Estuve en la cárcel y acudisteis a mi


En el ámbito cofrade siempre se pueden encontrar ejemplos a seguir en una gran cantidad de muestras de atención al prójimo. Las hermandades cordobesas no han hecho otra cosa a lo largo de los años, y aún hoy continúan esa labor, que no sea llevar a cabo multitud de acciones caritativas; una realidad que es sinónimo del cumplimiento de las obras de misericordia, materializadas en una ofrenda que se convierte en ayuda a nuestros semejantes tanto en sus necesidades corporales como espirituales.

Siempre me llamó la atención una de ellas: acompañar a los presos. Leemos en el evangelio de San Mateo, cómo los hombres seremos juzgados según nuestras obras y así lo describe en el momento del Juicio Final cuando a los que se encuentren sentados a su derecha les diga el Señor, entre otras cosas, “… porque estuve en la cárcel y acudisteis a mí”.

El carisma mercedario, germen y base de la Orden de la Merced, cuya esencia era rescatar a los cautivos que estaban en poder de los musulmanes, es bien conocido por todos. Cuando se crea una hermandad en San Antonio de Padua, escogen una bella advocación para su imagen titular, fruto de la cercanía en la que se encontraba su sede fundacional de la antigua prisión de la ciudad. Para el recuerdo quedan esos momentos que tuve la oportunidad de vivir en los años en que la imagen mariana visitaba a los internos en el barrio de Fátima. Recién pasada la fiesta de Nuestra Señora de la Merced y próxima su salida en rosario de la aurora, me vienen a la mente la gran cantidad de sentimientos encontrados que afloraban en mi corazón cuando al traspasar la Virgen la puerta de la cárcel, se repetían estampas que invitaban a la reflexión: hombres agolpados tras las rejas de un patio, que no querían dejar de acoger a la Madre. Diferentes historias escondidas tras cada uno de los allí internados, para los que esa visita suponía un bálsamo reparador en difíciles momentos. Hoy, la nueva situación de la prisión no permite esta visita, pero miembros de la hermandad forman parte de la pastoral penitenciaria y trabajan para conseguir la liberación de un preso en Semana Santa.

El próximo 20 de noviembre, domingo de Cristo Rey, concluirá el año litúrgico y el Año de la Misericordia; un año que abría el Santo Padre el pasado ocho de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción y para el que nos había dejado la bula Misericordiae Vultus. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, eran las palabras con las que comenzaba dicha bula, una frase que seguirá resonando en nuestro ámbito porque, de manera consciente o no, nuestras acciones así lo reconocen.

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