¿Y si lo desenchufamos? Crónica de una eutanasia deportiva


En la habitación enésima de la planta de infecciosos del Arcangel, los familiares pasean sin retorno en círculo, esperando que una respuesta de los servicios médicos les hable en términos comprensibles:

-¿Ha dicho aglomerados?

-No, no, glomérulos. El enfermo no filtra la orina y se está envenenando.

Y es verdad, el enfermo se muere porque no le funcionan los Despachos, que no filtran bien los desechos. Su estado comatoso pone a los familiares contra las cuerdas de una fatal decisión.

La eterna cuestión: creer en la vida o creer en que la muerte es vida nueva.  Me libraré –por ahora- de elucubrar sobre la muerte o la vida digna de las personas. Pero no es lo mismo si hablamos de las personas jurídicas; y no es lo mismo si hablamos de la Sociedad Anónima Deportiva Córdoba Club de Futbol, que tiene en propiedad al querido equipo que pasea el nombre de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad y al que siguen incansables miles de almas para sostenerlo.

No sé si ésta es la crónica de una eutanasia deportiva o la de cuidados paliativos mercantiles; o, simplemente, hay que estar insuflando fibriladores hasta que reviente. Pero existe una realidad imborrable: la del intangible que supone esa afición que viste los colores en peroles, que desgañita el empuje dominical, que insufla un himno inmortal y deja un Guadalquivir lleno de bemoles para pasearlo hasta Sanlúcar.  

Pero lo otro…¡ay lo otro! Lo que nadie ve, pero todos oyen: el periplo hacia el estado de cadáver que empezó desde #lacopamola, pasando por #OliveryBenji y hasta #eraseunavezuncirco, donde los leones se sienten acorralados por el látigo de un domador invisible.

En la política –el arte verdadero del gobernar, que ha demudado en insuflar mediocres subsistentes (sálvese quien pueda)- se habla de refundar ideas cuando algo se muere. Y en nuestro querido CCF pasa algo paralelo, pero las ideas no son bastantes para una refundación que requiere hábitos societarios sanos, maneras estables, decisiones sopesadas y quizá replantear el acceso al gobierno deportivo desde nuevos horizontes legislativos.

Y los espectadores, la inmortal afición, llegan al final de la película y alguien  -que la ha visto antes- en una ceremonia de spoiler, le suelta al oído sin medias tintas: “Ahora viene cuando lo matan”.

Lo salvaremos. Solo para valientes.

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