África, sudario de hiel


Le llamó al oido del alma y le prendió de las axilas como un burel lorquiano, de luna roja. Africa se le puso en el entrecejo de su entrega, le sedujo la voluntad, y, Antonio César (#elpadreCésar) metió a su Auxiliadora en la mochila para pasearla a sonreir a la pobreza, la mayor del planeta, la que más renuncia exige. Se entregó a la tierra para levantar en ella el nido de una juventud sin norte y repartió a Dios como si llevara a DonBosco en los bolsillos.
Y entró en el nirvana que produce el no poseer, sin el miedo occidental al futuro. Entendió su celibato como el noviazgo irresistible hacia el rojo de la tierra africana y le cegó las maneras hasta contagiarse sin remedio de su velocidad, de entender que las horas no son para contarlas. Fue su Eva sin pecado original, su anillo tatuado que guardó como un santarsicio, su permanente y dulce paludismo.
Volvía a este mundo de la prisa para irse de regreso con las maletas llenas de lo que nos sobra. Y con las sobras fue haciendo el puchero de la santidad. Pero volvía cada vez menos por la alergia al vértigo de la vida que abandonó. El pellejo de sus pómulos se le trenzó brillante y bronceado sobre su calavera y conservó el brillo de sus ojos con su pausado “nopasanada” cuando su dadá le espetaba que estaba muy delgado.
Nos bendijo desde lejos, no por kilómetros sino por distancia almática: patrimonializaba un puñado de aire y hacía un huracán como si de “panesypeces” se tratase. Conseguía distraernos las maneras capitalistas con una visita fugaz y se nos volvía la irredenta realidad cuando marchaba.
Le vimos encanecer levemente y aprendimos a acostumbrarnos mejor a su espalda que a su rostro, a sus sandalias de arena. Y sabíamos que vendrían las llagas, las espinas, y el final de un safari de amor.
No estaba en el infierno porque regaba para aplacar su fuego, pero pisaba sus fronteras. Y un dia sonó el telefono, el diabólico artilugio que mezcla el placer de acercarse y de comunicar lutos. Estaba recorriendo los territorios de su entrega, haciendo de Cid de la fe, buscando los mismos jóvenes que desvanecieron su enjutez con un subfusil de amapolas venenosas; le abatieron en un vudú sin viacrucis y mezcló de veras la sangre con su tierra.
Africa fue sepulcro en vez de edén, sarcófago de un martirdeacá. De incienso e hiel, mucha hiel. Pero de sonrisa inmortal en la esperanza de que todo lo construído valió la pena. Bendito tú y tu Africa.

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