Por mandato, camino a la servidumbre

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La civilización nace en el momento en el que las personas entendimos que era mejor comerciar y trabajar por los demás que hacer la guerra

Friedrich August von Hayek, economista de la Escuela Austriaca y premio Nobel de Economía, publicó en 1944 una de sus más conocidas obras, sobre filosofía política. Esta fue titulada: Camino de servidumbre. En ella, Hayek aprovechó para advertir del peligro de los totalitarismos, tanto nazi como socialista. En efecto, ambas ideologías prometen el bienestar, la seguridad y acabar con la incertidumbre vital. Algo así como el paraíso terrenal. Sin embargo, y como bien Hayek apuntaba, esto solo era posible a costa de acabar con nuestra libertad personal. 

A la luz de las ideas hayekianas, me preocupa especialmente la situación que vivimos hoy día. Cada vez observo más problemas sociales donde la mejor solución que se plantea es la intervención del Estado, es decir, dar un paso más hacia el totalitarismo y olvidarnos de que las cosas pueden solucionarse de forma cooperativa, pacífica y libre. El Estado es lo opuesto a todo ello, como Max Weber decía, es la agencia monopolística de la violencia. Solo él tiene potestad para coaccionar, apresar e imponer (nótese que la palabra impuesto, principal fuente de ingresos del Estado, deriva del verbo imponer). Hemos pasado de un feudalismo donde creíamos que el poder del gobernante venía de Dios, a considerar que el propio Gobierno es Dios: omnisciente, omnipotente y omnipresente. Tenemos asimilado que el Estado lo sabe todo, que lo puede todo y que debe de estar en todo. Por eso mismo, siempre se propone como la solución. 

La sociedad que hoy conocemos, con su riqueza, crecimiento, valores y cultura, no es fruto de la acción del Gobierno. Más bien, ha evolucionado a pesar de la intromisión del Gobierno. La civilización nace en el momento en el que las personas entendimos que era mejor comerciar y trabajar por los demás que hacer la guerra. De ahí eso que dijo Montesquieu, que donde prima el comercio, las costumbres son dulces. Querer comerciar implica que las partes consideran sus derechos individuales de forma mutua: lo tuyo no me pertenece, por eso, tengo que comerciar contigo, trabajar y ofrecerte algo que satisfaga tu necesidad. Aquí, la violencia no tiene cabida, solo cabe la paz y la cooperación. 

Como antagonista encontramos al Estado, quien no recurre a la paz o la cooperación, sino que obliga e impone. Ahí, solo hay camino para la violencia, y ninguno para la paz. Al Gobierno no le importa satisfacer tu necesidad, y además, no reconoce tus derechos individuales, pues no te pide permiso para disponer de lo que legítimamente te has ganado; más bien, te obliga a dárselo a punta de pistola. 

Precisamente por esto, sabiendo qué vías llevan a la paz y cuáles al conflicto, me preocupa el camino que la sociedad está hoy tomando. En cualquier problema social o económico, parece indudable que la solución sea provista por el Estado, por mandato. Hemos asumido que la sociedad civil, las empresas, asociaciones y organizaciones son incapaces de ponerse de acuerdo sin tener que imponer o decretar nada. Esto, a la larga, supone un deterioro institucional muy importante que mermará la convivencia social, y por ende, el bienestar económico de nuestro país. Si queremos cambiar el rumbo, tenemos que empezar a pensar que el Estado no es Dios, y que suele ser mucho menos eficiente, útil y, además, está menos legitimado para solucionar los inconvenientes sociales que la sociedad civil. Si por el contrario, continuamos por este camino, a base de mandato llegaremos a la total servidumbre, donde el Estado gobernará todo, y solo nos quedará obedecer. 

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