Economía humanista


La economía es considerada como una ciencia. En concreto, como una ciencia social. Aun así, a los que no la conocen y la ven desde fuera les parecerá una disciplina muy matemática y con muchos números, que les puede llevar a considerar la economía como una ciencia exacta, más cercana a los procedimientos y métodos de las ciencias naturales que de las ciencias sociales o humanas. Además, dentro de la propia materia, hay muchos economistas y escuelas de pensamiento que se han empeñado y se empeñan en transformarla y acercarla más a los métodos que sigue la física o las matemáticas. Todo se llena de números, tablas, gráficas y ratios. Pero, ¿la economía no se encargaba del estudio del comportamiento humano? ¿qué pinta tanta formula?

Son preguntas muy lógicas y muy racionales. Ciertamente, la adopción de una metodología más matemática nos aleja de la comprensión de la realidad, de las verdaderas motivaciones humanas, y acostumbra a los economistas a estudiar fenómenos numéricos más que hechos humanos y sociales. Es más, uno de los economistas más importantes e influyentes de la historia, John Maynard Keynes, introdujo fórmulas matemáticas en sus teorías para la gestión de la economía. Algo que es lógico y de esperar, pues Keynes era matemático, y solo cursó seis meses de economía con Alfred Marshall en Cambridge.

Todos los procesos y fenómenos sociales y económicos se acaban traduciendo en fórmulas de utilidades y agregados macroeconómicos como el PIB o la tasa de desempleo. Se intenta predecir el comportamiento de los agentes mediante increíbles fórmulas matemáticas y con procesos econométricos. Algo muy tentador, pues, nos hace creer que, mediante técnicas cuantitativas y manejo de datos, seremos capaces de tomar control y conocer todo lo que ocurre en la economía –hasta los sentimientos de los individuos. Y, verdaderamente, es algo imposible. No es factible prever las decisiones de millones de personas que concurren al mercado continuamente.

Pero, más allá de las técnicas empleadas por las corrientes principales, hay escuelas de pensamiento que proponen un enfoque más humanista, en concreto, centrado en el estudio de la acción humana.

Esta corriente de pensamiento económico de la que hablo es la Escuela Austriaca de Economía. Surgida en 1871, con la publicación de Principios de Economía Política, Carl Menger inició la tradición de la escuela más humanista habida hasta el momento. Posteriormente, el autor Ludwig von Mises, concretó mucho más el carácter humanista de esta visión de la economía. Según él, el economista debía de centrarse en el estudio la acción humana, independientemente de cuáles puedan ser las preferencias, características o decisiones de los agentes en el mercado. No pueden hacerse juicios de valor ni predicciones. Las matemáticas entran en el juego a la hora de producirse el cálculo económico, algo que es fundamental. Ese cálculo económico que consiste en la revelación de las preferencias subjetivas de los individuos en forma de precios, algo que nos permite conocer la eficiencia de los proyectos empresariales.

Es más, L.v. Mises quiso bautizar a su pensamiento como praxeología, o lo que es lo mismo, el estudio de la práctica, de la acción. También, aportaciones posteriores como las de Israel Kirzner, han destacado la importancia de la creatividad de los empresarios para el descubrimiento de nuevas técnicas de producción que mejoren la calidad de vida y el crecimiento económico. Poniendo mayor énfasis en la capacidad creativa de las personas para superar las barreras naturales como la escasez de recursos, más que en las limitaciones objetivas que nos impone el medio natural.

Precisamente, y como sorprenderá a muchas personas, la Escuela Austriaca de Economía es la más fiel defensora del capitalismo. O, mejor dicho, del sistema de economía de mercado o libre empresa. Es decir, que los más liberales, son los que prefieren una metodología, y tienen unas bases teóricas, más humanistas que aquellos que los tachan de deshumanizadores.

Paradójicamente, aquellos que critican a los favorables a la economía de mercado, son los que abogan por el uso de las matemáticas en la economía: por controlar todos los procesos sociales y económicos desde un comité estatal, que, mediante grandes fórmulas y agregados económicos, pretenda conseguir la mayor eficiencia, olvidando todos los procesos humanos que hay detrás de cada transacción o cada decisión. Un ejemplo es la propuesta socialista de redistribuir la riqueza mediante la igualación de las utilidades marginales de la renta de cada una de las personas. Precisamente, cuando las utilidades de cada individuo son percepciones y preferencias subjetivas que varían según la persona, convirtiendo el cálculo en imposible.

Y lo mejor de todo es que, aun así, fallan en sus estimaciones. ¡Evidentemente!, ¿cómo va a ser posible conocer las pretensiones de cada uno de los individuos de la sociedad? Sencillamente, no lo es. Resulta más humanista -y eficiente- considerar a cada persona como libre, creativa e impredecible con una simple fórmula. Y, por ahora, la escuela que más se ha acercado es la Austriaca.

 

 

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