El euro cumple 15 años


El pasado día 1 de enero comenzó 2.017 con el cumpleaños del euro y de quien escribe. Como es natural la importancia del décimo-quinto aniversario de la divisa comunitaria no tiene parangón con el medio siglo que le ha “caído” a un servidor. Aunque en España -y en casi toda Europa- los quince años es pubertad, en otros países, como Venezuela -y otros estados del entorno caribeño- es la edad en que las niñas celebran su puesta de largo, su presentación como adultos a la sociedad.

En economía, 15 años es un plazo suficiente para un análisis en profundidad (que ni por asomo es nuestro objetivo), y podemos decir que se trata de un aniversario agridulce pues al tiempo que se recupera la economía europea, la divisa vive horas bajas en su cambio con el dólar. Queda lejano el tiempo en el cuál los europeos viajábamos a EE.UU con una moneda ventajosa pues ahora se aproxima a la paridad con el billete verde, que el pasado 15 de diciembre cayó a su nivel más bajo de los últimos 14 años (1,0397 dólares por euro).

El euro cumple quince años en un momento complicado, para muchos responsable de la caída del poder adquisitivo y amenazado por movimientos anti europeístas, los precios han acumulado una inflación del 36% al tiempo que el salario medio mensual ha subido algo menos, el 33%, en medio de una mayor desigualdad y deterioro de la protección social. Esta crítica ha ido perdiendo fuerza en los últimos tiempos a raíz de la deflación, una disminución de los precios, que es a su vez claro síntoma de que la economía no crece, o al menos tanto como quisiéramos.

Pero aunque fuera el 1 de enero de 2002 cuando 300 millones de ciudadanos de 12 países nos volviéramos locos intentando buscar reglas absurdas para regular en nuestras mentes los cambios de precio (la calculadora de euros, aquella de fondo azul y teclas amarillas, fue regalo indispensable de aquellos Reyes Magos del 2002), no fue ahí cuando comenzó la verdadera historia del Euro. La divisa europea comenzó con el Tratado de Maastricht (1992), en dónde se establecieron dos condiciones para los miembros de tan prestigioso club monetario (déficit publico inferior al 3% del PIB y deuda del 60% de la riqueza del país). Ante los incumplimientos de los socios de estos requisitos, en 2007, se firmó el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, con consecuencias en toda nuestra economía. Recordemos, como siempre, con datos reales, qué ha ocurrido en este tiempo a través de alguna variable económica. Es difícil elegir la que mejor pudiera orientar en este sentido, en esta ocasión por sus consecuencias y cercanía, elegiremos los costes salariales relacionados con la productividad.

Con la aceptación del Euro como moneda única, aceptamos también la imposibilidad de las devaluaciones nominales y desde entonces los costes laborales unitarios han aumentado en la economía española más que en el resto de países, consecuencia inmediata fue la pérdida de competitividad entre 2002 y 2007 dichos costes aumentaron un 29% con respecto al resto de países de la OCDE, el déficit por cuenta corriente pasó del 4,4% al 9,6% del PIB.

Sin embargo, a partir de 2011, la economía española cambió, recuperó gran parte de la competitividad perdida. Según la OCDE, en los cinco años que van de 2011 a 2016, los costes laborales unitarios relativos se han colocado en niveles de 1998. En este caso, un 60% de la mejora de la competitividad es fruto de un menor crecimiento de los costes laborales en España que el resto de los países. Gracias a esta recuperación en 2016 la balanza por cuenta corriente acabó con un superávit en torno al 2% del PIB, si bien gran culpa de esta recuperación la tiene el mercado exterior que en el último año ha crecido cerca de un 3%, muy superior al resto de los estados miembros.
Por tanto, podemos decir que la historia del euro es una moneda con cara y cruz (nunca mejor dicho), en donde la disminución de la productividad de los primeros años ha sido compensada con el crecimiento en el último período y que actualmente se encuentra en una fase de cambios y de incertidumbre política, digna de un quinceañero indeciso.

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