Arquitectos de lo efímero


Tienen alma de artista. Son creativos, trabajadores incansables y cofrades comprometidos, ellos son los priostes de nuestras cofradías.

Altar de cultos de María Santísima de la Caridad./Foto: Álvaro Córdoba
Altar de cultos de María Santísima de la Caridad./Foto: Álvaro Córdoba

 

Los arquitectos de lo efímero, suelen figurar en el anonimato y en las sombras del impresionante engranaje que conforma la Hermandad.
Son el ladrillo de clave del dintel que representa la Cofradía en la calle. Pero por encima de todo, los priostes son un exponente cofrade diferente.
Viven aprendiendo constantemente y esas enseñanzas las transmiten con las mejores capacidades docentes, a la savia nueva que poseen a su alrededor, la juventud, ese divino tesoro que es fundamental para nuestras cofradías.

Altar de cultos del Cristo del Remedio de Ánimas./Foto: Ánimas
Altar de cultos del Cristo del Remedio de Ánimas./Foto: Ánimas

A las puertas de una nueva Cuaresma y en la antesala de la inminente Semana Santa, hemos querido traer a estas líneas, la figura del arquitecto de lo efímero, que cada una de nuestras cofradías de Penitencia y Gloria, tienen el honor de tener entre sus hermanos, como absolutos guardianes del tesoro sacro que éstas poseen.
Son los creadores de esos portentosos altares de cultos, ideados con absoluta delicadeza para que el plan de altar sirva para entronizar a nuestros Amantísimos Titulares, con la solemnidad y la simbología que rigurosamente ha de poseer.                                          Los priostes son esos privilegiados que acarician el cielo con los dedos casi a diario, miman las carnes llagadas de Cristo y enjugan el llanto dolorido de Su Bendita Madre.
Muchos de ellos han creado una escuela, con grado de excelencia, incluso podríamos aseverar que son la fuente de experiencia y sabiduría, de la que han bebido numerosos cofrades, que con el paso de los años llegaron a consagrarse como auténticos artistas y arquitectos de lo efímero, como quienes les enseñaron a estos, en plena efervescencia de la juventud.

Cultos en honor a la Virgen del Carmen./Foto: Carmen de Puerta Nueva
Cultos en honor a la Virgen del Carmen./Foto: Carmen de Puerta Nueva

Por esa puerta de acceso a nuestras cofradías, que es sin lugar a dudas la priostía, hemos pasado muchos en un tiempo sin tiempo, es decir, en aquellos años en los que aún no teníamos edad.
Gracias a ellos pudimos tener en nuestras manos, piezas de los auténticos museos sacros, que son patrimonio de nuestras hermandades, y así, con esos objetos de artesanía religiosa, con los que se montan los pasos y los altares de cultos, aprendimos la historia de nuestra cofradía, los donantes que a base de mucho esfuerzo contribuyeron a engrandecer el patrimonio de las corporaciones, conocimos las firmas en las obras de los orfebres, tallitas, doradores, bordadores, restauradores, pintores, cereros etc.,
La vida y la historia unidas de la mano, que nos sirvieron de docentes para enseñarnos en cofrade.

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Altar de cultos de la Virgen del Rosario./Foto: Francisco Patilla

Esos maravillosos años, en los que las risas juveniles se mezclaban con el olor de los productos para limpiar la plata, algunas veces más alpaca plateada que puro argento metal, con los bocadillos de mortadela y los refrescos y en algunos casos, esos exquisitos papelones de pescaito frito, recién traídos de la freiduría, para deleite de los paladares.
Aquellas citas de priostía nos servían también para crea amistades que en muchos de los casos aun perduras, y para que nuestro jefes, ósea los priostes, nos dieran también autenticas lecciones de vida de hermandad, dándonos a conocer quienes les antecedieron en sus cargos y como conseguían con paupérrimos medios, salir a la calle con nuestro pasos montados con elegancia y con más cariño que medios.

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Altar de cultos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, en una imagen de archivo./Foto: Jesús Caparrós

Nos permitían aquellas reuniones de aprendizaje en la priostía, para estar más cerca que jamás nos hubiéramos imaginado, de Cristo y de su Bendita Madre, en los montajes de los besamanos y besapiés, aprovechando esos escasos instantes de intimidad junto a Ellos, para pedirles su favor e intercesión en nuestras preocupaciones y problemas, para mirarles de cerca, y para dejar el primer beso en solitario en la Manos o en los Pies, de nuestras devociones más arraigadas, instantes, momentos y minutos que no se olvidan jamás y que forman parte del tesoro que custodia la memoria.

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Altar de cultos de la hermandad del Rocío./Foto: Rocío Córdoba

Hoy con el permiso de usted, apreciado lector, dejamos en estas líneas nuestro más sincero agradecimiento a esos hombres que nos enseñaron con grandes dosis de paciencia y mucho afecto, un mundo maravillo y apasionante en el que muchos de nosotros nos hicimos adultos y en el que comenzamos a aprender cómo vivir en hermandad.

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Cultos en honor al Santísimo Cristo del Descendimiento en la iglesia de San José y Espíritu Santo./Foto: José A. Soler

Herederos de un pasado que pertenece a la más íntima historia de la ciudad, custodios de los tiempos y de la mesura, de la elegancia y del tacto, con el que se ha venido realizando sus tareas desde tiempo inmemorial, nuestros priostes, son sin lugar a dudas, los elegidos por el Altísimo, para rendirle pleitesía y devoción con la dignidad y rigor artístico que merece la representación iconográfica de Dios en la tierra y de su Madre Bendita.