El imaginero de la dulzura


Luis Álvarez Duarte atesoraba la capacidad de crear Imágenes Sagradas con enorme dulzura, las que sus gubias tallaban a base de caricias en el aromático cedro.

Con 23 anos el maestro trabajando en su taller de la calle Aguiar en la Puerta Real.

En las distancias cortas, el maestro desnudaba su alma dejándose llevar por los recuerdos que se agolpaban tan velozmente en su memoria, como fluían los nombres de los personajes ilustres, artistas, artesanos, cantantes y gente del bronce, con los que convivió a lo largo de su vida.

Su faceta artística le ha elevado hasta cotas de éxito inimaginables, para aquel niño inquieto, de la Huerta de los Granados, que un día pasó de la mano de su madre ante el taller del maestro Buiza, y se enamoró de la que sería algo más que su profesión, su razón de existir, la imaginería.
Cuando le propusieron al maestro desde el Ayuntamiento una calle en Sevilla con su nombre, le preguntaron que donde le gustaría que fuese y él les dijo que en San José Obrero, sin lugar a dudas.

 

Su infancia

Fue monaguillo de la Parroquia de San José Obrero, en cuya sacristía talló su primera Imagen, la Virgen de los Dolores. En el barrio fue muy feliz, era familiar y acogedor, como un pueblo pequeño donde todos se conocían.
Curiosamente hizo la Primera Comunión en la Parroquia de la Concepción, en Nervión, ¡lo que es el destino! ¡Quien le hubiera dicho al maestro Luis que, en aquella iglesia, al cabo del tiempo, iba a estar una imagen tan portentosamente gubiada por él, como es el Cristo de la Sed!

El maestro en el centro junto a su Virgen de los Dolores tras la bendicion

 

El salto a Madrid

Por aquellos años, el maestro estaba ultimando a la Virgen del Patrocinio, Titular de la Hermandad del Cachorro, de Sevilla. Recibió una invitación para asistir a una cacería en Andújar, a la que acudirían Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I, los Duques de Alba, los Duques del Infantado y varios toreros afamados entre otros asistentes. Acudió a la invitación y en un momento determinado Don Juan Carlos se dirigió a él preguntándole: “¿te gustaría hacerle un busto a mi hijo?”.

Maese Luis, se quedó impactado por el ofrecimiento, y al instante la Duquesa del Infantado le respondió a Don Juan Carlos, afirmando que él iría a Madrid y le haría el busto al Príncipe de Asturias.
¡Me confesó personalmente, el imaginero de la Huerta de los Granados, que en esos instantes solo podía pensar en cómo iba a dejar su taller para ir a Madrid!
Y lo dejó, se fue a Madrid, con unos veintitrés años. Allí le encargaron muchas obras y diversos retratos. Le sirvió enormemente ese tiempo para relacionarse, aprender y crecer como artista.                                                                                                        Durante esa estancia en Madrid, vivió en la casa palacio de los Duques del Infantado, ellos fueron muy importantes para el maestro, unos auténticos mecenas. Estando con ellos, un “Día de la Banderita”, conoció a la Duquesa de Alba, desde entonces mantuvo con ella una relación muy entrañable.

 

Sus inicios en la imaginería

Yendo un día de la mano de su madre pasaron por delante del taller de Paco Buiza, nuestro protagonista tenía entonces tan solo ocho años. Me dijo que cuando vio aquel taller, fue como si hubiese visto el paraíso. Tanto fue así, que su madre habló con Buiza y el maestro le dijo que podía ir al taller para prender el oficio. Entró con nueve años como aprendiz, desde entonces el maestro Buiza siempre le llamó “niño”. Dicho por maese Luis, ese tiempo que estuvo a la vera del maestro, fue de lo mejor que le pasó en la vida.
Entre las muchas cosas que hizo como aprendiz, fue hacer recados, Álvarez Duarte recordaba con humor, que con diez años, el maestro le mandaba por barro a la calle Antillano Campos, en Triana, empujando un triciclo… ¡Cuando llegaba a la altura de la Plaza de la Magdalena estaba que ya no podía más!

 

Anécdotas

Por el taller del Paco Buiza pasaron muchos artistas, así lo recordada maese Luis, quien contaba que allí vio a Brigitte Bardot y Ava Gardner, que estaban grabando unas entrevistas el en patio de la Casa de los Artistas. ¡Aunque a él, Buiza siempre le mandaba a lavar los pinceles para quitarle de en medio!
También pasó por allí Deborah Kerr, una señora encantadora. Iba todos los jueves desde Marbella, para comprar antigüedades en el mercadillo de “el Jueves” y luego pasaba por el taller para hacerle una visita al maestro, Buiza le hizo unos cuantos angelotes y varias obras.
El maestro Luis me contó una anécdota muy divertida, verán, en la Plaza de los Carros, en Sevilla, tenía su taller el imaginero Antonio Eslava, iba con frecuencia al de Buiza acompañado de un pato que tenía como mascota. Un día que fue al taller, Álvarez Duarte se puso a acariciar al pato y le pegó un picotazo en la pierna que le tuvieron que dar seis puntos de sutura.
¡Buiza le dijo a Eslava que se llevara el pato pronto, que iba a coger una gubia y le iba a dar su merecido al pato!

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Experiencia con otros artistas

Luis Álvarez Duarte, estuvo en diversos talleres artistas muy reconocidos tal como Rafael Barbero aprendiendo a sacar de punto, que tenía el taller en el Garaje Pazos, en la Florida, en Sevilla. Al cabo del tiempo, abrieron cerca de allí el “Tablao Los Bolecos”, ahí fue donde conoció a la genial bailaora Matilde Coral y a su marido, el bailaor Rafael “el Negro”, que actuaban también con Farruco, en ese tablao, los tres son nombres muy relevantes del mundo del flamenco en la capital de la Giralda.
El maestro Luis tenía mucha relación con Villareal, Guzmán Bejarano, Juan Fernández, Manolo Calvo, Seco Velasco, Armenta, Juan Borrero y Antonio Dubé, que, por cierto, es este último quien le propone a maese nuestro imaginero, hacer la imagen del Santísimo Cristo de la Sed, cuyo contrato firmó en la Capilla de los Servitas en 1969, por aquel tiempo, acababa de fallecer su madre.

 

El “niño de la Esperanza”

Álvarez Duarte, tuvo dos etapas muy concretas que marcaron ciertamente su vida artística, la influencia de Juan de Astorga, que viene dada por su inmensa devoción a la Señora de la Esperanza de la Hermandad de la Trinidad, de cuya capilla en muchas ocasiones siendo un crio de corta edad, algunos miembros de la Junta de Gobierno, le sacaban del brazo, de la cantidad de tiempo que se llevaba sentado en el primer banco de la capilla, observando a la Virgen Santísima y la etapa en la que crea el prototipo de la imagen dulcificada y bella, y a la par, con gran Unción Sagrada.

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Luis Álvarez Duarte y Rafael Soto, ante el Cristo de la Providencia./Foto: LVC

La herencia de Astorga

La influencia de Astorga, en Álvarez Duarte, concluye con la Bendita Imagen de Nuestra Señora del Rosario Coronada de la Hermandad cordobesa de la Expiración. En los rasgos de la Reina del Santo Rosario, se perciben los trazos de Astorga, en los que imprime la dulzura de gubias de la que hizo gala durante toda su vida artística, dotando a la Madre de Dios, de ciertos matices iconográficos que le dan cierto aire estético a la Esperanza Trinitaria, la devoción sin media de nuestro protagonista.

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Luis Álvarez Duarte y Fray Ricardo de Córdoba./Foto: Aguilera

El imaginero de la dulzura

Tras la marcada etapa artística en la que las líneas serenas y bellas de Juan de Astorga, se dejan entrever en la imaginería de Álvarez Duarte, se inicia en una línea personalísima en la que dota a tus imágenes de una dulzura y hermosura, difíciles de igualar, y en la que deja sesgos importantísimos de imagineros y pintores, que marcaron sus vida personal y profesional.                                                                                                                Sin temor a equivocarnos, podríamos aseverar que ese antes y después en la obra, de maese Luis, se inicia de manera definitiva con la imagen personalísima de Nuestra Madre Bendita de la Soledad, realizada en 1975.
En la más que fecunda producción del maestro de la Huerta de los Granados, no es posible hallar, ninguna iconografía de la Señora, con rasgos de similares características a la Soledad, que tras la restauración realizada en 1979, por Álvarez Duarte, con posterioridad al incendio acaecido en la Parroquia de Santiago, es mejorada en el aspecto que presenta su policromía.

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Destaca de su iconografía el rostro maduro, absolutamente roto por la amargura, con la mirada absorta y ensimismada, que refleja los “porque” que la Reina del Cielo, exclamaría a las Altura de lo Eterno, en torno a todo lo terrible que a su alrededor estaba sucediendo, y en relación al tremendo holocausto del que fue víctima el Hijo de Dios y fruto de sus entrañas purísimas, primer Sagrario de la cristiandad.
Las manos de la Señora, son un reflejo del dolor sufrido por la Emperatriz de Cielos y Tierra, que se aferran al aire del Viernes Santo, como si de una mortaja de luz tiniebla se tratase, para envolver al cuerpo inerte, lacerado y tumefacto, del Redentor del mundo.
La Señora, aparece ante nosotros, cubierta por el manto de la tristeza y los quebrantos del alma, de sus penas y de sus angustias, saben mucho esas madres del mundo, que han sobrevivido a sus propios hijos, que conviven a diario, pese a los tiempos, con la muerte en las entrañas y el dolor de la pena en sus pulsos.
La Soledad de la Madre de Dios, al pie de la Santísima y Vera Cruz de Cristo, en un perfecto “Stabat Mater” perpetuo, deja a su paso un rastro de oraciones y suplicas, que saben al salitre que el llanto deja en los labios y en el corazón, y su Bendita Estampa, se envuelve en las tinieblas del Viernes Santo, donde agoniza la luz y se rompe en mil pedazos el velo del Templo. Entre las nubes del incienso, que nos acerca a los Altares donde vive el Altísimo, aparece como el ancla de fe al que nunca hemos de dejar de asirnos, Ella, sola con sus soledades.

 

 

lavozdelascofradiasencordoba@gmail.com

 

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