Los Magos de Oriente


Dicen que Flavia Iulia Helena o Helena de Constantinopla, llegó a Tierra Santa, con intención de recoger las reliquias de los Santos que allí se encontraban.

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Halló la Verdadera Cruz de Cristo y el sepulcro de los tres Magos de Oriente, que según cuenta la historia, reposaban en la mítica tierra de Saba.

La Madre del Emperador, ordenó el traslado de los restos a Estambul y se ubicaron en el interior de una iglesia ortodoxa durante tres siglos.
Pero no sería ésta la última morada de los Magos.
De Constantinopla fueron llevados a Milán y de allí Federico I de Hohenstaufen, se llevó las reliquias hasta Colonia, en cuya soberbia Catedral reposan en el interior de una faraónica urna de oro, plata y piedras preciosas.

Aunque lo dice la historia, yo no lo creo así.

Yo no creo que aquellos Magos, hombres eruditos, sabios y fervientes creyentes, que entregaron los primeros regalos al Rey de reyes, reposen inertes entre metales preciosos y esmaltes cromados.
No creo que aquellos hombres de ciencia, procedentes de Asia, Europa y África, que llevaron hermosos presentes y devoción inmensa al humilde portal, estén durmiendo el sueño de los justos, en un lugar umbrío y silente de Colonia.

Yo los he visto desde niña, alzados sobres sus tronos hechos de papel de seda, de charol y purpurina.
Los he visto suspirar cuando las sacas vacías llegaban a los hogares del sur de la cristiandad y obrando “magos milagros”, les dejaban los juguetes a los niños que anhelaban la esperada Navidad.

Doy fe de que los he visto, junto a María y José, entre telas encoladas y terracotas humildes, que Dios nos hizo de barro y de barro son mis Reyes. Acicalados de oleo y cromados en metales, postrados ante el Mesías, hace más de dos mil años, para adorar con ternura al Niño de Dios nacido, en un paupérrimo establo, sin cuna y sin oropeles.
Los he visto y presentido desde mi ojos de infante, los mismos que veo en mi hijo cuando les espera ausente, pensando en la cabalgata, en juguetes y presentes.

Les he sentido y olido cuando llegan a mi casa, envueltos en sendos aromas que al Divino Redentor le dejaron como ofrenda. Aceite de nardo del Himalaya, esencia de mirra de Somalia, de Arabia y de Anatolia y nubes del incéndere que producen las burseráceas, para loa y honor del mismo Hijo de Dios.

Yo sé que existen y viven, en el corazón del niño que aunque creciendo con la edad, nunca deja de mirar, con ojos de caramelo, la única y gran verdad, la de la historia de Dios, que nació en aquel pesebre de la ciudad de Belén.

 

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