Tradición de franciscanos


Los belenistas de Córdoba continúan atesorando la tradición del “Nacimiento”, de manera heredada de padres a hijos, como testigos indelebles de los tiempos

belén fundación cajasol foto jesús caparrós 013

Tradición de franciscanos

En Asís, el “Poverello” Francisco, realiza en 1223 el primer Nacimiento de la historia, tal como hoy lo conocemos.
Hizo que la gente sencilla, adoptase una costumbre que hasta ese momento era del clero y la transformó en extralitúrgica y popular.

Cuentan, que en el siglo cuarto, se llevó a cabo una representación del nacimiento de Jesús, en las catacumbas de San Sebastián, descubiertas en 1877.

En Córdoba, se habían rezado completas en los cenobios y en os monasterios, en las clausuras y en la casa de Dios y de Jesús Nazareno.
Los pabilos se desnudaban de luces y el rumor de las calles se adormecía en los muros del convento.
Un rito que se repetía cada crepúsculo, cuando en el reloj de los tiempos sonaban nueve tañidos tocando a ánimas.

Con la paciencia de la Orden, que 1670 acoge, la Tercera de San Francisco de Asís, tomando el sobrenombre de Santa Catalina, Cristóbal, acunaba lentamente las llamas de la cera de la Capilla del Señor de los Señores, hasta dejarlas sumidas en un sueño de humo.
Una a una, candelero por candelero y capilla por capilla.
El Beato Cristóbal, se encargaba de cubrir de aceite las medidas de las luces, para que nunca se apagase ninguna de las llamas, que en recuerdo del amor de los siglos y de Córdoba, brillaban en la nave de la capilla, para loa y honor ante el Cristo Nazareno de los Hijos del Santo de Asís.

Nadie encomendó en ningún momento al padre Cristóbal de Santa Catalina, aquella diaria tarea, pero él, que con tanto amor y devoción se acercaba a diario al Cristo cargado con el pesado madero, el Caballero del Silencio, aquel que visitaban continuamente cientos de cordobeses depositando quimeras y ruegos a sus plantas, supo desde ese primer día que estuvo cerca de Él, que su última morada sería la de su capilla, bajo las losas que los fieles pisaban incesantemente, para rezar a Jesús Nazareo, asido a su Santa y Vera Cruz.

Supo el padre Cristóbal, que por él, entregaría la vida a los más necesitados, que obraría el milagro del pan y de los peces todos los días del año, una y mil veces.
Supo que Él, le daría el poder de curar en su nombre Bendito, el de El Dulcísimo Jesús Nazareno.
Supo nuestro hermano en Cristo, que dejaría esta tierra en olor de santidad.
Y supo todo ello desde aquel día, que fijó sus negros ojos en la estampa lacerada de Cristo, en sus poderosas manos, en las heridas de su cuerpo y en los labios entreabiertos, que en la soledad de la capilla y marcaron a Cristóbal el norte de su vida, con un susurro: “Cristóbal, toma tu cruz y sígueme”.

Cuántas veces, el páter el Beato, habría arrullado hasta dejar dormido en su cuna de heno y lentisco, al Niño Jesús del Nacimiento del hospital conventual.
Lo disponía en último lugar para que no le rozasen el resto de las figuras.
A María, le repasaba los pliegues de sus ropas jacinto y carmesí, con el más delicado de los gestos.
Al Patriarca Bendito, le retocaba la varita y las retamas, hasta dejarlas perfectamente ordenadas.
Los Magos, con sus legendarios camellos y sus arcas relucientes, eran dispuestos próximos al Niño, pero sin que ninguno ocultase la faz tierna y rosada del Divino Redentor.

Se habían rezado completas y el franciscano Cristóbal, abandonó la Capilla con el paso frágil y humilde.
Se volvió mirando al Niño, plácidamente dormido cobijado en el portal y alzando los ojos hacia el altar, le vio cargado con la Cruz y magullado, abandonado en un sueño de quimeras e injusticias, treinta y tres años más tarde, con su propia y Vera Cruz a cuestas.

Y una promesa del Beato Cristóbal de Santa Catalina a las plantas del Señor de los Señores, sonó rotunda en torno a la Nochebuena:

“Mi Providencia y tu fe, han de tener esto en pie”.

Irene Gallardo Flores