Qué te digo, Jesús…


Tuvo que ser Jesús Vidal, un actor con un 10% de agudeza visual, el que nos haya venido a abrirnos los ojos a todos.

Tiene su gracia que, en un acto que ya se ha asumido como tradición el escuchar discursos con grandilocuentes mensajes y reivindicaciones políticas, haya sido, precisamente, un agradecimiento puro y tierno el que se haya quedado, para siempre, como unos de los más grandes momentos de la oratoria por decisión unánime del público.

Lo de Jesús ha sido de corazón a corazón, sin prisas, sin frases hechas, correctísimo en las formas y de un colorido precioso que iba enriqueciéndose a cada paso. Ha sido emotivo, sincero, para abrazarlo, si pudieras, nada más terminar.

Los que tenemos un hijo con alguna discapacidad, hemos escuchado (varias veces) el discurso con el corazón en un puño y un kleenex en el otro. Jamás se emitió algo tan representativo de un colectivo de una forma tan directa y clara. Jamás se entendió mejor lo que se quiere decir. Hay que ser muy insensible para no reconocerlo.

En una noche donde todos lanzaban puyitas a diestro y siniestro buscando el aplauso fácil del auditorio, viene un hombrecillo de aspecto inocente, inofensivo, y los desarma a todos hasta dejarlos llorando a moco tendido.

Gracias, Jesús, porque has conseguido que todo el mundo, absolutamente todos, estén hablando de esos tres regalos que dejaste ayer en tu discurso: inclusión, diversidad y visibilidad.

Lo confieso, que ayer sentí unos celos enormes (y afectuosos) hacia los padres de Vidal. Pocas cositas pueden hacerte tocar el cielo que escuchar a tu hijo hablar así de ti, bendiciendo cada esfuerzo y lágrima del camino, haciéndote sentir orgulloso una vez más de lo que tienes por hijo, ese que llaman discapacitado. Qué más te digo? Que chapeau, Jesús. Chapeau..!

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