El derecho al pataleo (y a la huelga) de los jueces


Hoy, 19 de noviembre, se está desarrollando una huelga, cuanto menos, inusual, convocada y secundada por el colectivo de Jueces y Fiscales de nuestro país. Se puede hablar de un éxito de seguimiento también inusual.

¿Qué ha movido al gremio togado a rebelarse? Pues no, no son los dineros. O, al menos, no sólo eso. Estamos ante una profesión maltratada y desprestigiada desde dentro del sistema por varios gobiernos ya. Venían clamando contra el anterior y lo siguen haciendo contra éste, porque están ya bastante quemados con su situación. Y ese nivel de hartazgo lo sufrimos todos los que, de alguna u otra manera, nos dedicamos a la cosa judicial.

Por una parte, vieron reducido su salario con motivo de la crisis, algo tan comprensible como repetido casi en todos los sectores, y no iba a ser este menos. Hablamos de un 10% menos de salario, que no se ha visto reestablecido con los años por más que a políticos y expertos en economía se les llene la boca con el término “recuperación”. Sólo eso, ya duele lo suficiente como para levantar la mano para preguntar “qué hay de lo suyo”, y me parece bien.

Pero es que no es sólo eso, como digo. La presión que vienen soportando desde hace tiempo se queda en los Juzgados, aunque repercute, muy mucho, en la prestación de un servicio fundamental para todos, como es la impartición de justicia. Todos queremos que se resuelvan nuestros asuntos de forma razonada, trabajados y mirados con mimo y, a ser posible, rápido. Eso deviene complicado con los medios con que cuentan Jueces y Magistrados.

Si bien se hizo un lavado de cara a la institución a nivel de papeleo, digitalizando todo documento que se movía en los juzgados, eso no se ha traducido en un sistema eficaz de gestión documental. Lo que antes tenías abarrotando mesas, pasillos y hasta cuartos de baño, ahora satura espacios virtuales invisibles, sí, pero igual de caóticos.

De conciliación, ni hablamos. No podemos pensar siquiera en la fabulosa ampliación por paternidad que ahora puede gozar cualquier empleado, porque para éstos no existe. No cabe una reducción de jornada cuando hay una guardia de por medio. Incluso se discute todavía si pueden o no recuperar lo retenido por maternidad en los últimos años. Viven, paradójicamente, en un limbo jurídico difícil de entender tratándose, precisamente, de los principales expertos en Derecho que tenemos.

Otro punto que duele, la sujeción a variable de su retribución. Uno puede entender el trabajo por objetivos en lo privado. En cambio, en lo público cuesta más encajarlo y, casi imposible, diría yo, cuando lo llevamos a eso de dictar sentencias. Si uno mira los plazos previstos en las leyes procesales, en seguida se hace una idea de la utopía que en ellas se contiene. Si, encima, vinculan parte de tu salario a unos términos de volúmenes de producción, entonces, tenemos lo que tenemos. Muchos Jueces se resisten al corta y pega. A otros, según en qué casos, no les queda más remedio.

Juzgados huérfanos de titulares, que tienen que ser asumidos en interminable provisionalidad por otros; equipos con la mitad de los funcionarios de baja, por lo que sea; instalaciones de otra época, incluso desperdigadas por todo el partido judicial. En fin, que visto así, bien poco se vienen quejando.

Rematemos con algo que se ha visto recientemente en los medios, que se ha hecho ya con el mayor de los descaros, aunque es una práctica, de las malas, consentida desde que se parió nuestra Constitución. El mercadeo desvergonzado de los miembros del órgano que tiene que velar por el funcionamiento de la Justicia que, aunque se nos olvide, debe ser inexcusablemente separado de ése otro organismo que es el Ministerio de Justicia. El Consejo del Poder Judicial garantiza, en teoría, la independencia de Jueces y Magistrados. Todavía recuerdo desde la Facultad cuando se nos puso de claro ejemplo del clásico de “la Ley y la Trampa”, robando un sistema de elección de sus miembros que, en teoría otra vez, debiera corresponder a los propios Jueces y Magistrados, y asumiéndolo por la clase política que, a la postre, se traduce en los partidos mayoritarios quienes, sin cortarse lo más mínimo, quitan y ponen a dedo a gente de su cuerda, desvirtuando el sistema y consiguiendo que la gente se ría cada vez que se defienda por activa y por pasiva que sí, que hay independencia.

En definitiva, tengo compañeros y amigos Jueces. Los veo desde hace muchísimo tiempo morderse la lengua, y entiendo perfectamente que acaben reventando por algún sitio y mandando a más de uno a freír puñetas. Porque tanto ninguneo no hay lengua que lo resista. Que vaya bien, por la cuenta que nos trae a todos…

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