La manada del Supremo


Así me lo comparaba alguien ayer, es como si su Señorías hubiesen manoseado, abusado en asquerosa orgía de esa imagen alegórica que todos tenemos de la Justicia, con sus ojos vendados, y ahora, con no sé qué cara de dignos en estrictos términos tecnicojurídicos, discuten si hubo o violación o no sobre la víctima.

Para un abogado, cuesta muchísimo digerir lo que pasó ayer, y más sumado a lo de los últimos días. Estamos asistiendo a una crisis institucional sin precedentes y que, lejos de mejorar, tiene pinta de ir a mucho peor. Por un lado, un poder legislativo plagado de pirómanos políticos, que no miden ni sus palabras ni las consecuencias de sus hechos, que corren más con la pólvora de las redes sociales, en un ambiente donde todo parece valer con tal de machacar al contrario, olvidándose de hacer política, que es para lo que se les paga realmente. Por otro, un ejecutivo puesto en entredicho día sí y día también, hasta las cejas de deudas con quienes los ayudaron a hacerse con el poder, incapaz de diseñar un programa medianamente serio que aporte estabilidad al sistema, obsesionado con mantenerse en Moncloa llueve o truene de puertas para afuera.

Ahora le toca al judicial, y ha sido el golpe más certero que se podía uno imaginar. En un alarde indecente de asunción de un papel que no les correspondía, el de velar por la “estabilidad económica” del país, han hecho lo contrario de lo que se supone que se debe hacer. Del clásico “las resoluciones judiciales se acatan y se respetan”, se han olvidado de lo segundo, y no pueden pretender ahora que el resto de los mortales asumamos, sin más, esa vieja premisa. Empezando por quien suscribe.

Si me lo llegan a contar de un sistema judicial de tercera, me lo creo. De éste, jamás lo hiera hecho. Ahora está más que justificada la reacción del público que, asqueados de un ambiente podrido de intereses particulares y casos de corrupción que surgen como champiñones, es muy libre de dejarse llevar y pensar mal de lo que quieran. Es la enésima falta de tacto con los ciudadanos, y el acto reflejo es el crecimiento exponencial de las alternativas más radicales con sus soluciones de manual del populismo. Es lo que toca. Cuando los partidos tradicionales no saben dar respuesta a los problemas de los votantes, el sistema hace aguas, y se cuela por sus rendijas las mareas de los personajes más excéntricos y variopintos.

Al tiempo, nos llegarán nuestros propios Trumps, y lo tendremos bien merecido por cosas como ésta. Tenemos unas instituciones malcriadas, caprichosas, a las que se les ha consentido todo por unos y por otros, y ahora no hay supernanny que las meta en vereda.

En un país donde la palabra “dimisión” está oxidada, es hora de que exijamos, absolutamente a todos, un ejercicio de responsabilidad acorde a las circunstancias. Uno por uno, que ayuden a hacer limpieza las instituciones empezando por ellos mismos, devolviendo la dignidad a profesiones como Político, Juez, Alto Funcionario o cualquier servidor que se precie.

El otro día volví a leer algo que ponía de (doloroso) ejemplo a Singapur. Esto, obviamente, sería impensable ya en un sitio así. Pero es que allí, desde hace sólo un puñado de años que se lo tomaron en serio, esto entre otras cosas, lo que se traduce en una cuestión de actitud, y eso, a nosotros, nos queda largo.

En fin, volviendo al tema inicial, a ver cómo explico yo a mis clientes que hay que tener confianza en la Justicia cuando, en una tangana como la que se formó ayer, su Señorías del Supremo se han fumado la poca que nos quedaba.

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