Imagina


Imagina que eres Víctor, alguien joven, de unos cuarenta y tantos años. Lo que viene a ser alguien normal, que le gusta entrar y salir con sus amigos o estar cerca de su familia. Que le gusta la música y los monólogos de comedia, que es templado, y que puede llevar una vida de lo más normal que te puedas imaginar.

Imagina, por seguir imaginando, ir varias veces a urgencias con tos, fiebres altas y un malestar que no has sentido jamás. Imagina otras tantas veces que te mandan para casa, y la frustración de sentirte cada día peor que el anterior. Imagina la sensación que se puede sentir cuando, tras muchos días seguidos, te confirman que no estás loco, que estás bastante mal por dentro. Imagina que la vida se te va por minutos, y tú no tienes fuerzas para afrontarlo, pero confías en que sepan qué hacer en un buen hospital como el tuyo. Imagina que te dicen que ya es tarde, imagina eso, que te mueres.

Imagina que, si se hubiesen seguido unos protocolos mínimos que ya existen, no debiera haber pasado nunca. Imagina un sistema sanitario como el nuestro, muy bueno, sí, pero con sus fallos, que hace que cueste entender ante un cuadro y un paciente de manual de Gripe A, de esa que tantísimos telediarios ha dado que hablar y ante un pico estacional indiscutible, según los informes del observatorio oficial del Instituto Carlos III.

Imagina que, de la forma más tonta, fallece de una complicación por una neumonía mal curada. Imagina el roto que ha dejado en su entorno, en casa de sus padres ya mayores, entre sus amigos, hasta en los grupos de whatsapp, donde se le sigue echando de menos. Imagina, si puedes, el dolor que puede dar un episodio así.

Ante todo eso, poco se puede hacer ya, porque Víctor no va a volver nunca, y todos lo saben. Ahora toca intentar comprender qué ha pasado y, sobretodo, que no se vuelva a repetir.

Volvamos a imaginar. Ahora eres Jorge, hermano de Víctor Colmenero. Después de sufrir una pérdida semejante esperas, como poco, que te lo pongan fácil en la Administración cuando pides explicaciones. ¿Cuánto tiempo ves prudente esperar esa respuesta? Un mes, seis meses… ¿Un año..? Han pasado ya dos años y medio desde que Víctor falleciera. Y han pasado dos también desde que la familia iniciaría una acción de responsabilidad de la administración por aquel episodio.

Al margen del miedo que da pensar sólo cuántos casos parecidos estarán pasando inadvertidos, y al margen de volver a imaginar el riesgo que supone pasear a una paciente con gripe A de una sala de espera a otra, cuando lo que mandan los cánones médicos es el aislamiento, es muy difícil de digerir la actitud del SAS ante este caso. Dos años de silencio son muchísimos para una Administración, y se hacen eternos para una familia que ha convertido su principal ocupación del día el esperar noticias del abogado al móvil, a ver si, en una de ésas, a la Administración le mueve la humanidad y le da por contestar. No ya por imperativo legal o deber profesional, sino ya por una mínima cuestión moral. Qué menos…

Una última cosa, puestos a imaginar, imagina que esto le ocurre a quien tiene en sus manos desatascar este tema. Ahí queda.

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