Monstruos


Nos pasamos años intentando convencer a nuestros hijos, a pie de cama, de que no existen. Repetimos una y otra vez, con la idea de convertirlo en verdad absoluta, que no hay nada que temer, que no hay ningún monstruo que pueda hacerles nada cuando se apaguen todas las luces. Así nos tiramos, noche tras noche, hasta que les vemos dejar sus párpados caer, vencidos por el sueño y ya podemos nosotros irnos a intentar lo mismo. Y nos acostamos, y nos tapamos hasta las cejas literalmente acojonados, sólo de pensar las mil y una criaturas que acechan ahí afuera, y no hay manera de dormir.

Monstruos, con alma de monstruos e intenciones de monstruos, sólo que van como tú y como yo. Al trabajo, al gimnasio, a la terraza de tu bar de siempre. Van de Dr. Jekyll por el día, saludando y mezclándose como si nada con su entorno más conocido y, cuando menos te lo esperas, sacan a pasear a su peor Mr. Hide, sin que seamos capaces de detectarlos.

Cuando uno es padre, le cuesta muy mucho digerir noticias como la de ayer, la de Gabriel. Y le cuesta más todavía olvidar su cara, que se te presentará en duermevela durante unas cuantas noches más, con la extraña sensación de horror, rabia y tristeza profunda por lo ocurrido, y la incómoda alegría de saber que tus hijas están a salvo en el cuarto de al lado. Cuando uno es padre, no alcanza a saber cómo siente en realidad otro padre que ha perdido un hijo, pero sabes que, sólo con empezar a pensarlo, puedes notar un dolor de meñique a meñique de tus manos, pasando por el corazón, y no quieres ni imaginar cómo sería de verdad.

Cuando uno es padre, y abogado, puede encontrar infinitas razones en las Leyes, con letra grande y pequeña, para mirar por las garantías de alguien a quien no conoces, y defender su inocencia a capa y espada, aunque no te las creas porque, al mismo tiempo, te basta sólo una para convencerte de que una medida como la cadena perpetua –aunque la llamen y disfracen de otra cosa-, es lo que toca desde hace tiempo.

Está claro que ninguna Ley, por muy dura que sea, devolverá a esos padres a sus hijos perdidos. Pero sí que ayudará a poner un candado más al armario de los monstruos, para dar siquiera un gramito más de tranquilidad a quienes protegen de ellos a sus crías.

En tardes como las de ayer, de viento y tempestad, de ésas que te recuerdan al fin del mundo, la gente lanza como nunca, un tremendo grito sordo de rabia pidiendo que nunca más vuelva a pasar, y todos lo hemos sentido. Descanse en paz.

 

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