Más quesitos, por favor


Sencillamente, alarmante, ése es el adjetivo que le viene a uno a la cabeza cuando se da un baño de realidad sobre cómo están nuestros jóvenes de preparados en cultura general o historia. No entro en materias específicas, porque quiero pensar que andará la cosa algo mejor, por la cuenta que les trae de cara a encontrar trabajo y futuro. Desde luego, en lo que se trata de conocimientos así, de los “de todo un poco”, está claro que no saben nada de lo que no salga por sus pantallas –pequeñas o grandes-.

Ya no sé si me estoy volviendo un carca, que es probable, pero el caso es que me entra una vergüenza ajena tremenda cuando constato, generalmente en la tele o en redes sociales, el nivel de los chavales que se suponen pagaran mi pensión del mañana. El enésimo ejemplo me llegó por Facebook, y era un corte de la emisión de Gran Hermano, edición 17, o sea, recién sacada del horno. En ella, una chica trataba de dar una lección magistral sobre lo que entendía que fue todo aquello del “Muro”, y era una escena dramática ver como ella sola se iba haciendo la “picha un lío”, sin que nadie acudiera a rescatarla o corregirla, lo cual sugiere que ninguno de sus compañeros estaba en mejores condiciones culturales como para hacerlo. En fin, mal empezó cuando situó Berlín –y su muro- allí por América, e iba de mal en peor cuando disertaba sobre el origen del conflicto, desarrollo y desenlace. No sé qué de que lo levantaron para separar a los ricos de los pobres, que luego hubo una guerra, y que los pobres acabaron derribándolo… Tranquilos, que nadie moleste a Gorbachov todavía. Seguro que en Mediaset saben encauzar la situación…

Se trata de algo a lo que estamos asistiendo de un modo bastante generalizado, una crisis de valores que arrasa con todo lo que no tenga que ver con el materialismo y las modas del momento. Ojo, supongo que mis mayores también se echarían las manos a la cabeza viendo la hornada que se estaba formando tras la Expo de Sevilla, pero creo que es justo reconocer que había y hay diferencias.

Unos echarán la culpa al sistema educativo de turno, otros a la televisión y demás chismes tecnológicos. El caso es que la sola y puñetera culpa, o al menos la principal, reside en las personitas que vamos creando los padres. A mí, el mío, me enseñó a preguntarme por todo, a curiosear, a aprender y retener aunque no fuera para examen, y eso mismo intento yo, por la parte que me toca, con mi descendencia. No fui un lumbreras, pero porque me podía la flojera, lo reconozco. Me faltó mucho más esfuerzo y trabajo. Pero me mantengo a distancia de lo que ahora critico pues no me faltó nunca ese interés por las cosas. Lo que no me gustaba, para nada, era estudiar.

Todas las noches intentó echar un rato con mi hija, de siete años, antes de dormir. “Venga, qué me vas a preguntar hoy”, y ahí me arriesgo a lo que sea que pase por su cabeza. Más de una vez me pilla fuera de juego, y es entonces cuando dirijo la conversación a que ella misma se conteste, o al menos aproveche el picor de la curiosidad para averiguarlo al día siguiente. En la tele hay, por cierto, tantos canales de documentales como de dibujos, y alguno de ellos les engancha tanto o más que Bob Esponja.

Un ejercicio curioso podría venir de la mano de la estadística. Me encantaría ver la curva de ventas del juego Trivial Pursuit a lo largo de su historia. Quizás eso nos pueda dar una imagen más o menos paralela al destino que nos depara en mano de nuestros cachorros. Estoy seguro que, en los años 80, el dichoso juego de preguntas, respuestas y quesitos arrasaba sobremanera, y que hoy está de capa caída. Una auténtica pena. Lo hicieron bien, creando varias ediciones en función de la intensidad de las preguntas. Aunque sólo fuera a base de hacer trampas estudiándote las respuestas, algo aprendías, seguro. Volvamos a estos chicos de Gran Hermano, y una sugerencia a la productora: podríamos empezar con algo sencillito, deletrear BERLÍN, luego una edición “nini” del Trivial, después, premio al que lo sitúe dentro del continente correcto y ya, si eso, terminamos con el “Puente de los Espías”, para que no vuelva a pasar…

En fin, asumamos que hay una o dos -o tres- generaciones con el rumbo algo perdido. Confiemos en que encuentren el correcto poquito a poco, con sus años. Respecto a los que vienen, no se lo demos todo hecho. No vayamos a lo fácil. Metámosle el dedito en el ojo, que les escueza pero que lo abran, a ver si van alimentando tanto la mente como el cuerpo y tenemos unos razonables pensadores –que no cracks- el día de mañana. Y, puestos a alimentarse, más quesitos, de los del Trivial si puede ser, por favor.

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