Nos vemos en Gaudí


Me ha llegado ya por varios sitios el rumor, o ya noticia, de que cierra el Café Gaudí. Me ha llegado por tan diversas partes que me temo que sea ya un hecho, y me ha dado un pellizco, de los que duelen, ahí en todo el pecho. Hay quien todavía no lo sabe pero, ese mítico espacio, fue creado, entre otros, por mi padre, don Antonio Jordano Domínguez.

Abrió en la primavera de 1.988, cuando aún se erigía en el centro más centro de Córdoba aquel otro edificio de Galerías Preciados. Yo cumpliría once años y, a esa edad, uno oye y ve cosas en el entorno de sus padres sin pillar muy bien de qué va todo. Unos meses antes, mi padre, en uno de esos domingos de salir por ahí con la familia, nos llevó a un local comido, literalmente, por la mugre. Estaba en el 22 de Gran Capitán. Por fuera, unas grandes puertas de chapa, con agujeros de la Guerra Civil en sus marcos, no dejaban ver lo que antaño fue una tienda de recambios de mecánica, si mal no recuerdo. Entramos por un acceso desde el portalito de al lado, y yo descubrí que podían existir rincones en el mundo más desordenados aún que mi propia habitación. Vamos, si lo mío era de castigo de fin de semana, el responsable de aquel caos merecía, como poco, el infierno eterno.

Juro que no se veía el suelo, entre una marejada de papeles y polvo acumulado de en varias generosas capas. La cara de un chaval al ver eso era un poema, y más todavía cuando el loco de su padre le intenta hacer imaginar, en esa escena, algo parecido a una cafetería. Reconozco que fue la primera vez que me planteé cuándo empieza chochear una persona mayor. Pero mi padre ahí tenía unos siete años más que yo ahora, y lo que sufría no era un ataque de vejez sino de ilusión por quien da vida a una criatura fantástica.

Se juntaron cuatro amigos de toda la vida, Pablo Pombo, los hermanos Paco y Ángel Pérez y mi padre. Traían un buen montón de buenas ideas y pretendían, nada menos, que revolucionar la hostelería en una plaza tan complicada como Córdoba.

Recuerdo como me dibujaba en el aire, sin yo ser capaz de seguirlo, una barra con forma de herradura, salida de su imaginación, y que después daría forma el genial Carlos Cabezas. Hoy por hoy, creo que no recuerdo ningún otro establecimiento de esas características con doce o quince metros lineales de barra. Una locura, para los más ortodoxos, una maravilla, según demostraría el tiempo.

Yo era, probablemente, de los asistentes más jóvenes a la inauguración del local, y ya me podía hacer una idea de lo que supondría eso en los años que permanecería activo. Se puede decir que, con sólo abrir las puertas, se ganó un respetado hueco en la sociedad del momento. Escaparate social para ver y dejarse ver, elegante, con solera, agradable, con unas líneas y una iluminación sin la más mínima estridencia, sin caer en ningún exceso. Me gustaban las lámparas que colgaban, en forma de bola de cristal al ácido, desde varios puntos del techo; sus espejos, rodeando y ampliando el local de manera estratégica; la madera, hasta el último centímetro del lugar; pero, sobre todo, el suelo, un damero de baldosas blancas y negras que aportaba la sobriedad que consolidaba definitivamente la imagen del Gaudí. Todo sufriría, con el tiempo, algún que otro cambio salvo esas baldosas.

Luego llegó la terraza. Una marquesina que se abría con forma de concha, amplia, luminosa y fresca. También recuerdo cuando mi padre intentaba plasmar en bocetos más o menos claros lo que pretendía, para que finalmente le dieran forma en una empresa de toldos. Esa misma línea se repetiría años más tarde en mil y un negocios de la ciudad.

Gaudí comenzó orientado al café y a la cerveza del mediodía. De hecho, inauguró con más de diez grifos de cervezas de importación, Spaten, Leffe, Estela Artois… algo inaudito para la plaza. Con el tiempo sirvió de escuela de sibaritas, haciendo desfilar toda suerte de productos de delicatesen que yo conocería sólo gracias a nuestro vínculo con el local. Gracias a eso descubrí, siendo chaval, magníficas anchoas de Santoña, cecina de León o albacora de atún de Almadraba de la mismísima Zahara.

Creo que mi padre vino a aportar seso a un proyecto que ya iba cargado de corazón. Durante un tiempo, tomó las riendas de la gestión a nivel administrativo, introduciendo sanas costumbres como la de los inventarios periódicos y el escandallo de la materia prima en cada plato que salía de cocina. Eso, sumado a un enclave único y las potentísimas relaciones públicas que ejercían el resto de socios, fue determinante para el éxito que se mantuvo durante casi tres décadas, que no es poco. De hecho, en ese tiempo, abrieron y cerraron muchos otros negocios. Gaudí dio de comer a mucha gente a uno y otro lado de la barra. Ha sido un importante foco de empleo y lugar de formación para muchos profesionales que hoy prestan un servicio de calidad en cualquier otro sitio. Seguro que cada uno tiene su cara amiga, su camarero favorito. Sería un feo detalle nombrar aquí alguno para dejarme otros tantos fuera. Es injusto. A todos ellos, gracias. Quizás me tengo que acordar, por fuerza, porque traté mucho más con ellos, de Carmen y Pedro Pablo. Me consta que ambos guardan la experiencia con mucho cariño en su retina, y me alegra.

Gaudí ha sido escenario y testigo callado de un millón de historias de sus visitantes. Estoy seguro que allí se han roto y compuesto más de un corazón, compartido buenas noticias y cerrado buenos tratos. Eso y la infinidad de padres que han recogido a sus adolescentes hijos en un lugar seguro, a deshoras, o las señoras amigas que se toman un algo después de misa, o los ejecutivos que, por dar una referencia sin pérdida, quedaban que aquel singular local enfrente del hoy Corte Inglés –algunos lo decían, incluso al revés, refiriéndose a aquellos grandes almacenes frente al local que se resistía a pasar de moda.

Supongo que los tiempos no perdonan y que, quizás las últimas reformas no le sentaron muy bien al local, ni la gente las terminó de encajar. Como aquella mujer estupenda que decide hacerse un lifting sin que fuera, para nada, necesario. En fin, cosas que pasan. Mi padre y los fundadores originales terminaron por venderlo el año pasado. Él falleció en mayo de este año y casi me alegro de que no pueda asistir a este cierre, porque sería para él como enterrar a un hijo.

Como se suele afirmar últimamente, no eres de Córdoba, probablemente, si nunca has dicho a nadie aquello de “nos vemos en Gaudí”.

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