Hoyos en los parques


No sé si te has fijado. No queda ni uno ya, hoyos, digo, en los parques. Hace cosa de treinta años te los encontrabas a miles, por todas partes. Cualquier “parcelita” ajardinada de apenas un metro cuadrado era perfecto para instalar, rápidamente, un hoyo y, con él, un campo de juego de canicas.

Eran otros tiempos, aunque suene a tópico, y los niños tenían los dedos manchados de tierra, y sus pulgares tocaban más tiempo el suelo que las dichosas pantallitas táctiles de los móviles de ahora. La comunicación era más lenta, pero era más comunicación. Estabas siempre pendiente de que llegara alguien a casa, aunque fuera la hora de la siesta, y, escalando como pudiese la puerta de tu portal para llegar bien a los botones, tocase tu porterillo para convocarte a una partidita improvisada.

Eran tardes, o mañanas, ratos, en fin, que pasaban reinando la tranquilidad en las casas, sabiéndose seguros de que sus hijos estaban con los hijos de Fulanito, a la vuelta de cualquiera de las esquinas del barrio, sin más miedos que los propios de una trastada que se les vaya de las manos a unos chavales.

Si lo piensas, aquello, además de encanto, tenía su puntito de valores que hoy en día no se encuentran fácilmente a esa edad: camaradería, lealtad, el someterse voluntariamente a unas reglas que iban a misa y que todos, sin distinción, cumplían a rajatabla. Además se prestaba a conocer gente, y a estrechar lazos duraderos cuando, alguno de los amigos te presentaba a un primo o a otro amiguillo de su cole, eso pesaba, y quedaba para los restos. Eso sí que era una red social, y no lo de ahora.

Da una lástima tremenda que te juntes ahora con otras familias y a los niños les cueste la misma vida arrancarse a jugar sin nada en sus manos. Parece como si hubiéramos asumido, sin darnos cuenta, que nuestros hijos no deban tirar de imaginación para entretenerse. El otro día lo leí en algún sitio, que es bueno que se aburran, que se fuercen ellos mismos a romper con la monotonía dando rienda suelta a su cabeza para levantarse del sofá y ponerse a jugar a lo que sea. Es la manera más efectiva de generar en ellos la habilidad de superar momento raros, por sí mismos, sin que le den mascada la solución a un problema del paso largo del tiempo. Visto así, ¡viva el aburrimiento!

Es cierto que cada vez se ven y se oyen más cosas raras, que no hay año que no cubran los medios la desaparición de algún pequeño de una forma drámatica tal que te hace encoger el alma al tiempo que echas, mentalmente, un cerrojo más a la puerta de tu casa protegiendo lo que más quieres. Lástima. Una verdadera pena.

En serio, algo está pasando que no nos sentimos seguros ya dejando que bajen nuestros hijos a la puerta, siquiera, de nuestra casa. Estaremos ganando en otras muchas cosas, pero me temo que perdemos, y mucho, en bienestar. Algo malo estaremos haciendo, cuando ya no quedan hoyos en los parques.

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