Reflexiones de un neófito en Derecho deportivo


A los ingleses la pérdida de categoría de sus equipos no les supone un trauma como si supieran

que pronto se acabará el mundo. No como aquí que nos venimos abajo ante un descenso como si fuera el mayor desastre desde lo de la Armada Invencible. Lo sienten, lo sufren, como fieles aficionados que son, pero saben que pronto van a recuperar el puesto que dejan en la categoría superior. ¿A qué se debe esa actitud? Básicamente a que las Sociedades Anónimas deportivas son las que con su fortaleza tiran de sus equipos para arriba y no como en España donde es el equipo quien tiene que salvar a la Sociedad de la que depende. Un descenso aquí es caótico porque se pierde toda la potencia económica de la que se disfruta en la categoría perdida.

Las consecuencias son terribles para la afición, que no entiende de tiempos ni de inversiones y a la que, hay que decirlo, tampoco le importa tener una Sociedad Anónima fuerte que impida el descalabro económico que se produce tras el fracaso deportivo. Sólo cuando con el paso del tiempo esos aficionados se dan de bruces contra la dura realidad a la que se enfrentaron en este país seguidores de lugares tan diversos como Burgos, Jerez de la Frontera, Santander, Salamanca, Huelva, Santiago de Compostela, Castellón, Logroño…, algunos desparecidos y otros hundidos en categorías muy inferiores a las que estaban acostumbrados a militar, sólo entonces, es cuando se acuerdan de todo lo consentido a personajes sin escrúpulos que fueron a lucrarse de manera rápida, a coger la pasta y a salir corriendo, dejando en la absoluta miseria a Sociedades, equipos, aficionados y ciudad. Pero a veces se dieron cuenta demasiado tarde.

Cuando las ganancias no se invierten en la fortaleza de la Sociedad y en la mejora deportiva de sus equipos, cuando empiezas a oír quejas por falta de apoyo de las instituciones, empresas, aficionados o prensa, cuando los propietarios enfurecen al ver que sus proyectos no son avalados por los ayuntamientos locales, cuando los clubes se convierten en un búnker enfrentado con todo y con todos, cuando se reparten beneficios en una decisión, si no ilegal, extraña y poco ética, cuando la historia no importa…cuando todo eso y más ocurre es cuando uno puede empezar a preocuparse por el futuro de su equipo. Entonces asoman las alarmas porque las Sociedades Anónimas entran en descomposición, lo que muchos temen y llaman el principio del fin.

Y las cosas no ocurren porque sí. Para bien o para mal hay un plan perfectamente estudiado que se desarrolla por las propiedades de las sociedades deportivas. Un plan donde se fijan unos objetivos, generalmente económicos, porque así está montado este tinglado en España. La cuestión deportiva tiene su importancia porque de todos es sabido que con el sistema de ayudas del dinero de las televisiones, cuanto más arriba estés, más vas a recibir. Aunque para eso la planificación no puede hacerse a golpe de capricho ni por quienes desconocen el mundo del fútbol al que han llegado hace dos dias. Las cosas no salen bien si el plan no es el adecuado salvo que la suerte aparezca cuando menos lo imaginas. Puedes conseguir el ascenso a la máxima categoría y recibir un buen puñado de millones pero una planificación demencial te coloca pronto en el lugar que te mereces. Los malos dirigentes, los que pueden ser listos pero no inteligentes, sólo ven esa ayuda económica que les cae con el ascenso. La medida coherente pasaría por formar una plantilla con la que poder aspirar a mantener la categoría muchos años, invirtiendo más para apuntalar un equipo que no sea claro favorito a descender y evitando así el ridículo de un efímero paso por una Primera de la que pocos acaban disfrutando.

El gusto por el dinero rápido y las ansias de enriquecimiento son los culpables principales de una situación que termina por acongojar a una afición y hasta a una ciudad. Y junto a esos elementos nocivos está la para mí lamentable Ley del Deporte de 1.990 que permitió tanto atropello en el mundo del fútbol y el maltrato a los aficionados. Si aquella ley hubiera sido mejor parida y con visión de futuro, muchas de las barbaridades a las que desde entonces hemos asistido en el mundo del fútbol no se hubieran producido. Ni repartos de beneficios ni desvíos de cantidades a otras empresas ni dietas o sueldos astronómicos para presidentes o consejeros. Usted se juega su dinero al comprar un accionariado por equis millones y si quiere hacer negocio deberá cuidar y gestionar bien lo que ha comprado para que el día que quiera vender sus acciones consiga el mayor beneficio. Por mí, eso es lo único que permitiría en “mi Ley”, que lo que adquirió por uno lo venda al cabo de los años por 10, por 20 o por lo que su buena gestión consiga revalorizar la sociedad. Aunque mejor no haber sido yo el encargado de la redacción de esa ley, por dos razones, una porque no tengo ni idea de leyes y otra porque más de uno llevaría ya tiempo durmiendo en la cárcel.

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