Aquel año del adiós de Campanero


Corría la temporada 2008/2009 en Segunda división con una inusitada desazón entre el cordobesismo. Las cosas no funcionaban como todo el mundo quisiera en el Córdoba. La traumática salvación de la temporada anterior en San Sebastián había dejado tal poso de intranquilidad extrema entre la afición que por mucho que se viera sobre el césped a un equipo capaz de superar las dificultades propias de una competición, en aquel momento muy exigente, y de tener que luchar con presupuestos más elevados de muchos de los equipos de aquella Liga, no transmitía seguridad a la grada cordobesista.

Aquella temporada hubo un momento muy difícil cuando el equipo salió derrotado de Vallecas. Un 5-0 apabullante que encendió todas las alarmas de la afición y que desató una oleada de pavor porque, a pesar de no estar en puestos de descenso, muchos veían al equipo en Segunda B. Los posteriores resultados con victoria ante Levante en casa (3-1) y San Sebastián en Anoeta (0-2) sacaron al equipo definitivamente de problemas, máxime cuando todo quedó refrendado con un esplendoroso partido en el Arcángel ante Las Palmas, al que se goleó por 4-1, una intranscendente derrota en La Romareda por 3-1, que supuso el ascenso del Zaragoza y un triunfo final en casa ante el Murcia por 2-1 en un apacible encuentro con goles de Santi Carpintero y Pepe Díaz que echaron el cierre a aquella temporada de altibajos donde el Córdoba quedó clasificado  decimotercero e igualado a puntos con Huesca y Elche.

Recuerdo aquel partido contra el Murcia sin pena ni gloria, con una grada absolutamente desmarcada de cuanto ocurría sobre el césped y un palco donde las emociones eran múltiples. Se estaba produciendo el momento histórico en el que Rafael Campanero iba a presidir un partido del Córdoba por última vez. Ya había comunicado su voluntad irrenunciable de dejar el mando de la nave blanquiverde y dejar paso a otra persona que diera un nuevo impulso al club. José Miguel Salinas sería el nuevo presidente pocas semanas después.

Recuerdo que al pitido del arbitro que ponía fin a aquel encuentro en las gradas del Estadio se produjo un silencio plomizo, demoledor casi. No hubo manifestaciones de repulsa hacia el equipo que sí fue despedido con una frialdad estremecedora. Pero tampoco nadie dirigió la vista hacia un palco que se desalojaba demasiado rápido y del que, vista la indiferencia general, el presidente Campanero no había tardado mucho en desaparecer para esconder la emoción que le embargaba.

Por aquella mente lúcida como pocas a sus 81 años debieron pasar en un flash miles de imágenes, multitud de anécdotas, un sinfín de tristezas y muy pocas alegrías, pero que fueron tan grandes que compensaron todas las penas. Y Rafael se rompió, las lágrimas afluyeron en el antepalco, refugiado entre sus familiares, sus consejeros, su Peña y muchos trabajadores del club, y en brazos también de algunos jugadores que subieron desde el vestuario para mostrarle su cariño, para despedir como se merecía a un hombre que lo ha dado todo por el Córdoba y que se iba sin pena ni gloria tras muchos años de luchar por el club de su vida.

Esas lágrimas tuvieron que ser risas, saludos y manifestaciones de cariño, y no sólo de los cordobesistas hacia un presidente eterno sino del propio Campanero hacia ellos a los que anhelaba abrazar a todos desde la primera fila del palco, en un adiós gozoso, agradecido recíprocamente…, pero nadie volvió su vista hacia él y su dolor fue tremendo. Un dolor que aún dura aunque el tiempo todo lo cure.

Muchos de los que presenciamos aquel momento histórico aún tenemos clavada aquellas imágenes del antepalco del Arcángel y hemos buscado la manera más adecuada de resarcirle de una despedida que no fue como Rafael Campanero se merecía. La oportunidad ha llegado, el momento es éste y ahora. El próximo 9 de marzo Córdoba le va a dar ese homenaje más que merecido, esa despedida que la ciudad no pudo o no supo darle aquella tarde de junio en el lugar donde más ha dedicado su tiempo, en el fútbol, en nuestro Estadio y siendo presidente del Córdoba Club de Fútbol. Ahora serán muchos estamentos de la ciudad los que rindan ese homenaje, el mundo de la política, de la empresa, de la cultura, del deporte…Ya cumplió los 90, pero como dice el lema del acto, son “90 años de amor a Córdoba”.  Da igual quien lo capitanee ni quien lo organice, el mundo del fútbol estará allí y toda Córdoba que agradecerá a este hombre excepcional todo lo que ha dado a esta ciudad. Esta vez no será una despedida indiferente y para eso trabajamos muchos.