En el palco, la mesa y el juego se conoce al caballero


Cuando Rafael Campanero asumió la presidencia en su última etapa en el Córdoba, la que devolvió al club a la 2ª División que aún mantenemos, algunos miembros de su Consejo de Administración quisimos seguir ocupando nuestras localidades en las gradas del Arcángel y no acudir al palco. Más que nada porque estábamos acostumbrados a ir a los partidos con nuestros familiares y se nos hacía raro sentarnos separados. También se unía el hecho de que en el 2006 el palco era pequeño y el número de plazas insuficiente, y tampoco existía la zona VIP, habilitada años después, que sirvió para acoplar a muchas personas, compromisos o patrocinadores, que antes ocupaban asiento en el palco de autoridades sin tener la consideración de tal.

Disputados uno o dos partidos, en una reunión del Consejo, Campanero nos transmitió su deseo, y su orden, de que todos los consejeros ocupáramos allí nuestros asientos. “Se es directivo para lo bueno y para lo malo” nos dijo aquella tarde. Lo bueno, evidentemente, no era estar en el palco. El sabio presidente sabía que un asiento allí era como una silla eléctrica y la verdad es que, aunque no lo crean, no es plato de buen gusto. Una cerveza, uno o dos canapés o un café en el descanso no pagan el estrés de estar en un lugar donde no puedes, no debes, dar rienda suelta a tus sentimientos, tus nervios, tus alegrías o tus fustraciones a lo largo del encuentro. Para mí suponía una auténtica tortura no levantarme, ni protestar una decisión arbitral, ni poder festejar un gol del Córdoba teniendo en los asientos contiguos a los directivos y técnicos del equipo que nos visitaba. Reconozco que fue lo que más nos costó a los novatos, aunque llegó un día en el que conseguimos acostumbrarnos a contemplar los buenos o malos momentos con la moderación que se supone en el comportamiento de quienes ocupan esa zona en cualquier Estadio.

Aquel cursillo acelerado de cómo esconder tus sentimientos a mí me sirvió de mucho. Con el tiempo conseguí convertirme en un auténtico iceberg en los partidos, cosa que aún me ocurre cuando ya no tengo responsabilidades directivas ni ocupo plaza de palco. Me doy cuenta de que aquellos seis años que estuve en el Córdoba templaron mis nervios para siempre y de paso contribuyeron a la salud de mi corazón. Aparte de lo anterior, como era uno de los pocos que podía viajar a casi todos los partidos que jugábamos fuera, también me convertí en un asiduo de los palcos de nuestros rivales en representación del Club. Allí los nervios se multiplicaban por dos en la misma medida que la templanza en el comportamiento. Sigo pensando que tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, mucho más estos últimos, porque  no saben ustedes lo que uno se encuentra por ahí y lo que hay que aguantar.

Como muestra les contaré lo que nos ocurrió en un Estadio donde la afición local se hizo eco de lo publicado por la prensa deportiva nacional sobre el enfado del Córdoba por la designación del árbitro nacido en aquella localidad, aunque adscrito a otra Territorial en la que llevaba años residiendo. Puedo asegurarles que desde la casa blanquiverde no se hizo ni la más mínima referencia a ese particular, sólo se mostró un tímido descontento porque el árbitro en cuestión no era del agrado ni del equipo ni de la afición cordobesa por varios de sus polémicos arbitrajes. Aquella prensa deportiva malinformó en esa ocasión y el ambiente que se respiraba en el Estadio, en el palco y en las localidades próximas a éste era francamente desagradable porque se acusaba al Córdoba de tratar de influir en la labor arbitral en nuestro beneficio. Ese equipo luchaba desesperadamente por ascender, era Junio, iba en puestos de ascenso y estábamos a final de temporada, todo ello reunido multiplicaba la tensión.

Cuando el vicepresidente cordobesista Antonio Prieto y yo nos pusimos de pie para saludar la salida de los equipos al terreno de juego, otra formalidad del palco, un grupo de energúmenos, a tres metros de distancia y sin mediar palabra, comenzó a insultarnos de manera feroz, aunque lo peor fue observar alucinado que la presidenta del equipo local presenció aquel bochornoso momento que se producía a tan poca distancia  y que fue incapaz de solicitar  respeto para quienes eran sus invitados. Conste que no le guardo ningún rencor pero jamás olvidaré uno de los peores momentos vividos en un partido. Ese y dos tardes en Cartagena de las que les hablaré otro día.

Ahora con el tiempo pienso que gracias a que en los palcos forjé un carácter espartano ante el nerviosismo, las injusticias o los contratiempos, aquella tarde terminó bien. El equipo local ganó 4-2, nuestros goles de Charles, y al final de temporada ascendió a Primera, de lo cual hasta me alegré, pero  me quedó dentro clavada la espina del no muy elegante proceder de quien no tuvo la categoría suficiente para pedir respeto a aquellos aficionados que nos pusieron finos. Las enseñanzas de los palcos no todos las reciben igual ni valen para nada si no hay una asignatura que no se estudia, que se lleva dentro y que se llama Educación Deportiva.

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