El Concepto


El Córdoba CF se asoma al abismo. A estas alturas, ya no es noticia. Pero es una realidad que de una forma inesperada, o tal vez no tanto, se ha plantado ante las narices de los aficionados blanquiverdes para acongojar sus sufridos corazones.

Y no es porque el equipo esté instalado, por segunda semana consecutiva, en puestos de descenso. Eso, a estas alturas de la temporada podría ser una anécdota, desagradable pero circunstancial. Diría más, ni siquiera se debe a la terrorífica racha de resultados que ha supuesto sumar sólo doce puntos de los últimos cincuenta y siete posibles, no conocer la victoria en lo que llevamos de año y no haber ganado un partido en casa desde nada menos que septiembre. Incluso esa tendencia podría ser reversible.

No. La raíz de los temores es un poco más profunda. Nace de una sensación de descomposición, de que todo se viene abajo, que se va extendiendo entre el cordobesismo como una mancha de aceite. Y se alimenta con la constatación de que el distanciamiento entre la entidad y la masa social que, se supone, da sustento a su existencia se acrecienta día a día.

Este divorcio no es nuevo. Desde la llegada de los actuales propietarios mayoritarios de la SAD blanquiverde, el club inició un progresivo alejamiento de los aficionados, de la prensa, de la ciudad, de sus propios accionistas minoritarios. A unos y a otros, tratándolos a veces como a niños a quienes se puede contentar con golosinas baratas, y otras veces, sencillamente ignorándolos. O incluso propiciando el enfrentamiento abierto. Poco a poco el club se ha ido instalando en una especie de búnker que hoy le aísla ferozmente de su entorno, y al amparo de cuyo refugio vive aferrado a un proyecto empresarial que muestra cada vez mayores síntomas de haber agotado su ciclo natural. Con el ratio de inversión en plantilla más bajo de toda la categoría, y a la vez vanagloriándose de ser el único club de fútbol profesional que reparte beneficios entre sus accionistas -¿recuerdan el chiste del soldado que desfilaba en la formación con el paso cambiado?-, su política deportiva continuada de bajo coste cada vez soporta peor las excusas. El ascenso a Primera -¡qué lejano se ve ya!- se ha revelado como un espejismo que a la larga pudo incluso ser perjudicial, pues vino a dar engañoso respaldo a una forma de gestionar que en poco o en nada se diferencia de la que ha llevado a la situación actual. Y que no parece que se tenga intención de rectificar.

Desde el otro lado de ese muro infranqueable, el cordobesismo asiste, entre atónito e impotente, a la deriva que ha tomado la entidad. Las palabras descapitalización, descenso e incluso desaparición son cada vez más frecuentes en tertulias y corrillos. Hay miedo. A un futuro que se antoja incierto para el club, pero sobre todo para lo que éste representa. La afición se manifestó, dentro y fuera de El Arcángel, para reprobar la gestión de los dueños de un Córdoba CF SAD al que cada vez cuesta más reconocer como el que siempre fue su club. En el que cada vez resulta más difícil identificarse. La peor de las sensaciones es la de que los intereses del club poco o nada tienen que ver con los de quienes se aglutinan emocionalmente en torno a él. Eso supone el principio del fin.

El Córdoba CF se juega algo más que evitar un descenso. Incluso más que su pervivencia como entidad. Lo que está en juego es su propio concepto. Qué es, y que quiere, o puede, ser. De hoy para el futuro.

Un club basado en el modelo del fútbol negocio total, casi industrial, regido como una empresa aislada de todo componente social y emocional, en el que la relación con los aficionados se redujese a la prestación de un servicio de ocio, y los sentimientos no fueran más que un producto de merchandising, tal vez sería posible en Córdoba. Pero sólo con un equipo consolidado en Primera. En nuestra ciudad hay mucha más afición al fútbol, sobre todo al fútbol sin especial compromiso afectivo tras la barra de una taberna, que seguidores del Córdoba CF. Con una oferta de espectáculo de competición de élite garantizada cada quince días, el mercado potencial de espectadores y clientes locales es grandísimo. Y si no, para eso están los contratos audiovisuales y los televidentes de India o China. Tenemos ejemplos de este modelo que funcionan más o menos bien en ciudades cercanas.

Sin embargo, fuera del ámbito de la máxima excelencia deportiva el Córdoba CF sólo puede sostenerse sobre su base emocional. Sobre unas señas de identidad capaces de lograr que un colectivo social numeroso se agrupe afectivamente en torno al club y le confiera una auténtica razón de ser, más allá del balance y la cuenta de resultados. Sobre un sentido de pertenencia que haga que cada aficionado se identifique como parte activa de cada batalla deportiva librada en defensa de sus colores, y de su destino mismo como entidad. Y que sea tan fuerte como para mover en torno a él a una ciudad entera.

En nuestra ciudad, hasta hoy, el modelo basado en el fútbol negocio ha fracasado, o no ha logrado implantarse. Tal vez únicamente por la ausencia hasta la fecha de un proyecto empresarial serio y solvente, o quién sabe si también por otros motivos de orden sociológico. Pero no es menos cierto que cuando el club ha intentado sostenerse únicamente sobre su base emocional, tampoco lo ha logrado. Quizás por la falta de un verdadero elemento aglutinante capaz de que toda la población de la ciudad lo identifique como algo suyo. Al fin y al cabo, si Córdoba lleva siglos aletargada mientras busca su identidad perdida entre los restos de su glorioso pasado ¿cómo esperar del club que se convierta en estandarte sociocultural de esta vieja capital de la Bética por el solo hecho de ser de Córdoba?

La disyuntiva no es fácil. Aun así, para mirar al futuro, el club debe definir de una vez su identidad y su modelo. Incluso después de un descenso, que nadie desea, puede haber vida. Pero hay que partir de un concepto.

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