La propiedad y la pertenencia


En el fútbol actual, enfrentado a las contradicciones sobre su propia identidad y razón de ser que genera su evidente proceso de mercantilización, suele aludirse con frecuencia a la importancia del llamado sentido de pertenencia. Se denomina así a la satisfacción que experimenta una persona al sentirse parte integrante de un grupo, de tal modo que se identifica con el resto de los integrantes del mismo por cuanto comparte con ellos una serie de valores y lazos emocionales, que en lo que refiere al fútbol se asocian con el amor a los colores, el escudo y, en definitiva, la historia y la idiosincrasia de un determinado club.

Esta pertenencia, sin embargo, no tiene necesariamente que ver con la propiedad, entendida en su sentido jurídico de la facultad o el derecho de poseer algo, en este caso un club e incluso lo que éste representa, y disponer de ello dentro de los límites legales.

Pese a esta diferencia conceptual, en el origen del fútbol y hasta hace no tantos años la propiedad y la pertenencia estaban estrechamente unidas, ya que los clubes adoptaban desde su fundación la forma jurídica de asociaciones, integradas por personas agrupadas bajo el régimen de igualdad de derechos, obligaciones y capacidad decisoria. Y de esa forma cualquier aficionado, al decidir hacerse socio de su club, no sólo adquiría una credencial que le acreditaba como legítimo partícipe del sentido de pertenencia generado en torno sus colores, sino que también se convertía en miembro de pleno derecho del propio club y propietario, en posición de igualdad con los restantes socios, de la facultad de decidir sobre sus recursos económicos y sus designios.

En España, esta situación vino a romperse con la promulgación de la Ley del Deporte de 1990, que creó la sobradamente conocida figura de las sociedades anónimas deportivas e impuso a los clubes que participasen en competiciones profesionales la obligación de convertirse en entidades mercantiles adaptadas al nuevo modelo. Merced a esta transformación, los clubes dejaron de estar integrados por personas –socios- y pasaron a estar compuestos por capital –acciones-, un valor de naturaleza económica susceptible de tener uno o varios dueños que pueden, además, comerciar con él.

Pese a todo, en aquel momento nadie se planteaba una ruptura traumática del vínculo entre propiedad y pertenencia en relación con los clubes. De hecho, la intención del Legislador con la reforma era únicamente tratar de acabar con el problema de la enorme deuda que por entonces arrastraba el fútbol español, a través de la creación de un nuevo modelo de gestión basado en la responsabilidad económica de los dirigentes. Tan es así que la propia Ley indultó a cuatro clubes profesionales concretos de la obligación de convertirse en sociedades anónimas, como premio a su buena gestión económica en los años anteriores.

Los hechos posteriores, no obstante, terminarían mostrando una realidad bien distinta. La conversión de los clubes en sociedades anónimas no logró cumplir su finalidad de servir de freno a la deuda del fútbol nacional, la cual, al contrario, siguió creciendo de manera desorbitada. Y sin embargo trajo un problema añadido, ya que la nueva forma societaria mercantil de los clubes, unida su acuciante situación económica, propició que el control de algunas entidades históricas del balompié nacional pasase a manos de determinados inversores que, sin otra vinculación personal con el club que la adquisición del paquete accionarial mayoritario, lo convirtieron en instrumento al servicio de sus propios intereses, tal vez empresarialmente legítimos pero en no pocos casos alejados, si no diametralmente opuestos, a los motivos fundacionales del club y a los valores en torno a los que se agrupaban su masa social de aficionados y su sentido de pertenencia.

Hoy en día, los mecanismos de control económico o fair play financiero vienen a demostrar que la solución al problema del endeudamiento de los clubes no tiene relación con la forma en que se articule la propiedad de los mismos, sino más bien con algo tan aparentemente simple como es obligarles a no gastar más de lo que ingresan. Por otra parte, cada vez son más las voces que reclaman que el fútbol, por grande que sea el negocio que se genera a su alrededor, no puede entenderse sin la implicación emocional y activa de los aficionados con el club con el que se identifican y su sentido de pertenencia al mismo.

El Córdoba Club de Fútbol, fundado como asociación en 1954, es también desde el año 2000 una sociedad anónima deportiva. Y aunque la historia de la configuración de su accionariado daría para escribir un libro, la realidad a día de hoy es que su capital social es propiedad, en más de un noventa y ocho por cierto, de un único accionista mayoritario quien, por tanto, tiene completamente asegurado el control de la administración y la toma de decisiones en el seno de la entidad, en legítimo ejercicio de la normativa reguladora de las sociedades mercantiles.

Pese a ello, el club, o la SAD –que es ahora el segundo apellido del Córdoba CF de toda la vida- ha optado por endurecer, aún más de lo que ya lo estaban, los requisitos para que sus accionistas puedan participar en la Junta General, máximo órgano de la sociedad, exigiendo para ello la acreditación de ser titular de ciento cuatro mil setecientas acciones, lo que supone un incremento de más de un novecientos por ciento sobre las diez mil requeridas hasta ahora. Lo cual, teniendo en cuenta que no existe en la sociedad mercantil blanquiverde ningún accionista, salvo el mayoritario, que posea por sí mismo tal número de títulos, equivale a reducir hasta casi el extremo de la heroicidad la posibilidad de participación en las asambleas de los accionistas minoritarios, que únicamente podrá lograrse mediante la agrupación de acciones, con el necesario consenso de un elevado número de personas, para aspirar al menos a contar con una voz testimonial en el seno del órgano que representa la voluntad de todos los socios.

La adopción de tal medida se pretende justificar oficialmente en base a una pretendida mejora de la operatividad en el desarrollo las juntas y la adopción de acuerdos -como si fuese posible que la voluntad del accionista mayoritario encontrase algún obstáculo-. Sin embargo, lo que en realidad parece poner de manifiesto es que el club que lleva el nombre de esta vieja capital de la Bética, disputa sus partidos en un estadio de propiedad municipal y afirma representar a la ciudad, sobre todo cuando se trata de reclamar apoyo de las instituciones, se ampara en su naturaleza societaria mercantil, que es fruto de un imperativo legal, para tratar de encerrarse en una burbuja aislada del entorno de la masa social que le da respaldo y, en particular, de aquellos muchos pequeños accionistas que un día destinaron una parte de sus modestos ahorros a poder formar parte legalmente de su club, no buscando adquirir una cuota de propiedad en sentido patrimonial sino movidos por su sentido de pertenencia.

Pues no se alcanza a comprender en qué puede perjudicar al funcionamiento económico, administrativo o institucional de la sociedad anónima blanquiverde el hecho de dedicar un simple rato al año -¿cuánto tiempo, un par de horas o tres, quizás?- a permitir que al menos una parte de la afición cordobesista, la más comprometida jurídicamente, se sienta partícipe del máximo órgano decisorio de la entidad, se le permita tener su voz y se le respondan unas cuantas preguntas, aunque al final todo se reduzca en apariencia a un mero ritual testimonial, porque el juego de las mayorías accionariales no permite otra cosa. A no ser, claro, que haya cosas que se quieran ocultar o no conviene que se sepan, pero plantearse esa posibilidad sería de malpensados.

La medida puede ser legítima desde el punto de vista de la normativa societaria, pero no resulta acorde con la razón fundacional del Córdoba Club de Fútbol ni tampoco, puede decirse, con la intención del Legislador de la Ley del Deporte, pues una cosa es que un club profesional se gestione como una empresa, y otra distinta es que se convierta en sólo una empresa, ajena a su origen y a su razón de ser.

Para algunos, los tiempos modernos han traído al fútbol un modelo en el que los clubes y el negocio marchan por un lado y las aficiones, como meros consumidores o clientes, van por otro. Sin embargo, a pesar de los lucrativos derechos audiovisuales o las expectativas de ganancias en los mercados asiáticos, a nadie convendría olvidar que la existencia misma del Córdoba CF carece de sentido sin el cordobesismo. Y éste es un sentido de pertenencia que, paradójicamente, nunca será propiedad del club.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here