Vértigo


Solemos entender por vértigo aquella sensación de miedo a precipitarnos al vacío desde una altura o a que pueda hacerlo otra persona que vemos asomarse a aquél.

Algo parecido está experimentando una buena parte del cordobesismo ante la desconcertante racha del equipo blanquiverde que, tras acumular nueve jornadas sin conocer la victoria y ofreciendo una recurrente y desesperanzadora imagen de impotencia ante la adversidad, ha desembocado en la destitución de José Luis Oltra como entrenador y la caída hasta el decimosexto lugar en la clasificación, a sólo dos puntos de los temidos puestos de descenso Segunda B.

Quizás por la proximidad del borde clasificatorio que marca el límite del precipicio de la mal llamada categoría de bronce, que no es en realidad sino el hondo pozo del destierro del fútbol profesional, o tal vez por el desgraciadamente imborrable recuerdo de tiempos pasados -de los no tan lejanos días en que el Córdoba CF transitaba por aquellos infiernos deportivos, o los más cercanos aún de la última ocasión en que, como ahora, el entrenador de la primera plantilla cordobesista fue sustituido por el del equipo filial, hecho que fue prólogo del estrepitoso final de temporada en Primera División, con descenso incluido-, o muy probablemente por ambas cosas, lo cierto es que una desagradable, y familiar, sensación de pánico al abismo se extiende estos días entre la sufrida afición blanquiverde.

Desde otro punto de vista, el escritor checo Milan Kundera afirmaba sin embargo que el vértigo no es realmente el miedo a la caída, sino la percepción de que la profundidad que se abre ante nuestros ojos nos atrae y cautiva de tal modo que despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados. En este sentido, resulta disparatado pensar que la entidad blanquiverde llegue siquiera a experimentar la tentación de dejarse seducir por la llamada del despeñadero clasificatorio, aunque no lo es tanto la preocupación que genera la obstinación del club en aferrarse a un proyecto empresarial que empieza a dar síntomas de regirse por una brújula averiada, marcando una trayectoria en la que son frecuentes la improvisación, la cortedad de miras y la desconfianza, el aislamiento o incluso el enfrentamiento con el entorno. No en vano, cuando se traza un rumbo equivocado, la posibilidad de navegar directo hacia la tormenta se convierte en un riesgo cierto, lo que justifica el acongoje de los tripulantes del navío o de aquéllos que, simplemente, confiaron la llegada a buen puerto de su cargamento de mercancía emocional futbolera a los mandos del desnortado timonel.

Ya sea visto como el simple miedo a la caída o como el kunderiano temor al deseo insuperable de arrojarse al vacío, el vértigo es en realidad, como todas las emociones, una reacción subjetiva que existe sólo en la mente o el ánimo de quien lo padece. Sin embargo, no es menos cierto que cuando el vértigo aparece suele ser porque en la realidad objetiva hay una auténtica sima bajo los pies y una verdadera posibilidad de despeñarse por ella si no se toman las precauciones necesarias para evitarlo.

Curiosamente, hay otra acepción del vértigo en el Diccionario, que lo define como turbación del juicio, repentina y pasajera. Y es precisamente ante el riesgo de precipitarse en caída libre cuando más necesario se hace no perder la sensatez y el correcto discernimiento. Pues si peligroso es caminar por el alambre, aun lo es más la osadía de creerse inmune a cualquier tropiezo. Algo así le ocurrió al mitológico Ícaro, que no parecía tener miedo a caerse, ni vértigo de la altura, pero al que su falta de seso le llevó querer volar cerca del sol con sus frágiles alas fabricadas con plumas y cera, que acabaron por derretirse dando con los huesos de su dueño estrellados sobre el mar.

De lo que no cabe duda, en cualquier caso, es de que sentir vértigo, o miedo, es algo humano. ¿Y acaso hay cosa más humana que las emociones que genera el fútbol?

 

 

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