El nuevo campo de fútbol de Ahlzahir


 Hoy me va a permitir, querido lector, que aparque momentáneamente los comentarios sobre la actualidad blanquiverde –que no pasa, precisamente, por su mejor momento- y me deje llevar, aunque sea moderadamente, por las emociones. Al fin y al cabo, esta sección lleva por título “A propósito del balón”, y lo que voy a contarle tiene bastante que ver con la pelota y los sentimientos que ésta genera cuando se echa a rodar.

El pasado día 29 de octubre tuve la suerte de participar en la inauguración oficial del nuevo campo de fútbol del que fue mi colegio, y hoy lo es de mi hijo, el histórico Ahlzahir. Una moderna y flamante instalación de césped artificial de última generación, para cuyo bautismo se celebró un partido que enfrentó a los Veteranos del Córdoba CF y una selección de padres, profesores y alumnos del colegio, con la presencia, como invitado de honor, de D. Vicente del Bosque, seleccionador nacional que llevó a España a alcanzar el campeonato del mundo.

Fue, sin duda, una jornada deportiva inolvidable, presidida por un ambiente festivo y solidario –se aprovechó el acto para recaudar fondos para el proyecto “Familias con la Vida”- que unió a los centenares de asistentes en torno a los valores del deporte y la satisfacción de poner a disposición de las nuevas generaciones de escolares unos medios materiales de primer nivel para poder cultivarlos.

Pensará usted, amigo lector, que todo esto ya lo había leído antes en alguno de los distintos medios de prensa que cubrieron informativamente el evento, y no le faltará razón. Sin embargo, lo que probablemente nadie le habrá contado es la pequeña historia de una de las generaciones pioneras del fútbol en Ahlzahir, cuya memoria estuvo silenciosamente presente en la mente y el corazón de algunos de los que vivimos el estreno oficial del nuevo campo. Y es de eso, precisamente, de lo que quiero hablarle.

Corrían los primeros años de la década de los ochenta, cuando lo que hoy es una impecable y moderna superficie de hierba artificial, inaugurada entre multitudes por un campeón del mundo y otras viejas glorias del fútbol profesional, no era sino un modesto y descuidado terreno de juego, de superficie terriza irregular, plagada de piedras y surcos provocados por las escorrentías pluviales. Por entonces, un grupo de chavales adolescentes locos por el balón decidió formar un equipo de fútbol y competir con el nombre del colegio.

Eran tiempos en los que el fútbol era un deporte tácitamente proscrito en nuestro centro escolar, donde la práctica totalidad de la atención y los recursos en materia deportiva los acaparaba su fructífera y exitosa cantera de balonmano. Por ello, la posibilidad de organizar algo medianamente serio en torno al balompié podía parecer, en principio, una quimera. No obstante, sin más apoyo financiero que los modestos ahorrillos de cada cual y la mínima recaudación obtenida con la venta de unas pegatinas diseñadas al efecto, aquel grupo de entusiastas jugadores se agenció unas equipaciones y, con un cargamento de ilusión como único utillaje adicional, el equipo se puso en marcha.

Tras un año de autogestión y entrenamientos improvisados, resuelto con una discreta participación en categoría cadete de la liga local organizada por la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE), el grupo quiso dar un paso más y decidió inscribir al equipo, para la nueva temporada, en los campeonatos escolares que por entonces organizaba la Junta de Andalucía, de mayor nivel competitivo y más amplia participación.

Era el año 1.983, y para el nuevo reto el equipo pudo contar, por fin, con un entrenador de verdad, en la persona de Alfredo Torres Afán, quien decidió unirse desinteresadamente a aquella aventura. Y nunca podrán aquellos infatigables jóvenes estarle suficientemente agradecidos, porque con su ayuda y bajo su dirección pudieron vivir un año mágico. Durante el mismo, las eternas disputas con los responsables del colegio –que ahora se recuerdan con cariño- para poder contar con luz eléctrica para entrenar, redes nuevas para las porterías o cal para pintar las líneas del campo se alternaron con experiencias únicas como la primera ocasión, para muchos de aquellos indómitos futbolistas, de poder pisar un campo de césped natural, el del viejo estadio “Nuestra Señora de la Salud” de Posadas. Pero la más importante de todas ellas fue, sin ninguna duda, comprobar semana a semana que tanta ilusión y tenacidad podrían dar finalmente su fruto.

Porque aquel equipo nacido del sueño de un puñado de chavales, sin mayores medios que esfuerzo y voluntad, alcanzó aquella temporada el subcampeonato provincial, quedándose a las puertas de disputar un sector nacional por culpa de un gol encajado en la prórroga de una épica final disputada sobre el embarradísimo terreno de juego del estadio de Villafranca. Seguramente una anécdota para la mayoría, pero toda una proeza inolvidable para los integrantes de aquella modesta y luchadora plantilla.

Desafortunadamente, el depósito en las vitrinas del colegio del trofeo de subcampeón logrado en aquella pequeña gesta sería el último momento de gloria del equipo, que se disolvió al año siguiente, casi sin querer, tras asumir el desafío aun mayor de inscribirse en la competición federada y no poder finalmente salir a competir al no contar con el soporte económico que se le había prometido tras la exitosa campaña anterior. Pequeñas cosillas que, en todo caso, deben quedar en casa. Pero a los protagonistas de esta historia, nunca nadie les podría ya quitar lo vivido.

Viendo ahora, más de treinta años después, la espléndida superficie de moderno césped artificial que luce en el mismo lugar que ocupaba aquel erial que fue testigo de las peripecias de aquellos bravos enamorados del fútbol, resulta obligado traer a la memoria su empeño. Y recordar a los Rafa Arévalo, Moncho Meléndez-Valdés, Juanma Fernández Delgado, David Navarro, Gonzalo Mendoza, Ángel González, Paco Ojeda, Pepe Ruiz Pérez, Paco Jiménez, Salva, Amable Morán, Ángel Lucendo, Jesús Luis Giménez, Pablo Lucena, Patricio Godino y, especialmente, a nuestro amigo Gregorio Merino quien, estoy seguro, contempló el partido inaugural del nuevo campo desde alguna localidad de la grada del Cielo. Todos ellos, junto con quien esto escribe y alguno más que puede que olvide –y pido disculpas por ello-, eran los integrantes de aquel grupo.

Quizás sea pretencioso pensar que la semilla del fútbol plantada en aquellos viejos tiempos de ilusión, barro y rodillas desolladas haya tenido algo que ver en el nacimiento de la nueva y fantástica instalación deportiva que los actuales responsables de Ahlzahir, con su director Jean-Jaques Not a la cabeza, han construido para disfrute de las actuales y futuras promociones de alumnos.

No obstante, confío en que nadie se molestará si, en un momento histórico para el veterano centro de Fomento, intento reservar un pedacito de gloria para los componentes de ese equipo que seguramente no pasará a la historia del fútbol, pero sin duda sí a la de las vidas de quienes formamos parte de él.

Porque es humano. Y además, es justo.

 

 

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