El reparto de los montes


Afirmar que el cordobesismo es una actividad de riesgo tal vez sea una exageración. Sin embargo, no puede negarse que el aficionado blanquiverde –el auténtico- se ha visto tradicionalmente obligado a convivir con una acusada exposición al sobresalto. Bien porque los avatares propios de la competición le han proporcionado desde hace lustros momentos de suma angustia, plena euforia y tremenda decepción, enlazados por un hilo conductor con forma de endiablado zigzag, o bien debido a que en la historia de la gobernanza del club, e incluso de su propia supervivencia, no han sido pocos los episodios cercanos a lo dramático o a lo grotesco, lo cierto es que la involucración afectiva con el Córdoba CF se ha convertido en una práctica no precisamente aconsejable para corazones débiles ni para quienes anhelan la paz interior.

 

Con tales precedentes, no es extraño que justo cuando la situación deportiva del equipo blanquiverde atraviesa su mejor momento de la temporada en curso –tras arrancar un valioso empate en Zaragoza el Córdoba acumula cuatro jornadas invicto y es tercero en la clasificación- un hecho ajeno a lo propiamente futbolístico haya venido a perturbar la plácida y coyuntural tranquilidad que el universo cordobesista se permitía disfrutar a cuenta de la bonanza de los resultados.

 

Hace unos días saltaba la noticia, adelantada por El Día de Córdobaal César lo que es del César-, de que un dictamen del Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas (ICAC), organismo adscrito al Ministerio de Economía y Competitividad, venía a ratificar el informe emitido previamente por el Consejo Superior de Deportes, el pasado mes de julio, en el cual se determinaba que el reparto de dividendos a cuenta acordado por el Consejo de Administración del Córdoba Club de Fútbol SAD, y materializado entre abril y junio anteriores, no se ajusta a lo establecido en la normativa mercantil vigente. De tal manera que, además, se insta a los accionistas perceptores de tales beneficios a reintegrarlos en el patrimonio del club, con el pago añadido de los correspondientes intereses legales.

 

En realidad, tampoco puede  decirse que la primicia haya originado un terremoto mediático entre la sufrida parroquia blanquiverde, pues a buena parte de la afición, la que no acostumbra a mirar mucho más allá de resultados, alineaciones y fichajes, estas cuestiones societarias suelen importarle poco más de un rábano. Sin embargo, la sola mención a que el informe de marras había sido remitido a la Liga de Fútbol Profesional sí que ha sido suficiente para poner a más de uno con las orejas tiesas, conociendo los precedentes de cómo se las gastan Javier Tebas y sus muchachos cuando se trata de aplicar el Reglamento de Control Económico de los Clubes y Sociedades Anónimas Deportivas afiliados a la LFP y el régimen sancionador contenido en el mismo.

 

Cabe recordar que, desde el momento en que fue adoptada por los mandatarios de la SAD blanquiverde, la medida del reparto de dividendos a cuenta llamó bastante la atención por varios motivos. El primero de ellos, su carácter inusual en el fútbol profesional. Pero más aún el momento elegido para adoptar tal decisión, en pleno ir y venir de rumores sobre la posible venta del club. Y todavía más, incluso, el hecho de que el reparto se acordase con carácter a cuenta, es decir, sin esperar al cierre del ejercicio contable y a la aprobación de las cuentas de la sociedad por la Junta General de accionistas. En otras palabras, con prisas, que no se antojaban necesarias, y además no son buenas consejeras. Circunstancias todas ellas que, contempladas desde el prisma de que el padre espiritual de la decisión resultaba ser el principal beneficiario económico de la misma, o sea el propietario del 98,7 por ciento de las acciones de la entidad supuestamente en venta, sirvieron en bandeja a la mente de los malpensados aquello de Toma el dinero y corre, que en realidad es una película de Woody Allen.

 

Mención aparte merecía entonces, y también ahora, el carácter pionero de la decisión, pregonado orgullosamente a los cuatro vientos por los responsables del club. Más allá del legítimo derecho al autobombo, no deja de resultar significativo que otros clubes de fútbol con forma de sociedad anónima deportiva, consolidados en la élite nacional y habituales participantes en las lucrativas competiciones europeas, no hayan adoptado jamás una iniciativa similar. En este sentido, cuesta trabajo pensar que los beneficios generados por dichas entidades puedan ser inferiores a los que reflejan las cuentas cordobesistas, hasta el punto de ni siquiera plantearse la posibilidad de repartirlos entre sus accionistas; o más aún, que sus rectores sean menos avispados que los mandamases blanquiverdes y nunca se les haya ocurrido hacer eso antes, mire usted. Al contrario, la lógica sugiere más bien que los propietarios de los grandes clubes -que sin duda alguna ninguno es una ONG- seguramente encuentran otras vías para rentabilizar su inversión sin recurrir a la descapitalización de su propia empresa, que es al final la que produce su dinero compitiendo deportivamente al más alto nivel.

 

Porque no se debe olvidar una premisa, cual es que repartir dividendos en una sociedad anónima deportiva es perfectamente legal, siempre que se cumplan dos requisitos elementales: que existan realmente beneficios y que la sociedad tenga dinero líquido para pagarlos. Otra cosa es que sea oportuno, conveniente, o acorde con la finalidad de alcanzar el máximo nivel competitivo que, se supone, debe presidir la gestión de un club de fútbol. Que ahí entramos en el personalísimo ámbito de las opiniones de cada cual.

 

Por todo ello, y al margen de suspicacias, que el Consejo Superior de Deportes haya dictaminado que el reparto de dividendos acordado por el Córdoba CF SAD no se ajusta a lo establecido en la Ley, no es una buena noticia para la imagen institucional del club. Y si, además, la respuesta del máximo mandatario blanquiverde a la constatada existencia de irregularidades jurídicas se limita a culpar al maestro armero –en este caso, del arma de Auditoría-, no parece poca la tentación de poner en entredicho la seriedad en la gestión de la entidad.

 

Y tampoco se presume buena noticia para la tranquilidad de los aficionados, que aun siendo mercantilmente ajenos a la propiedad de la SAD, se consideran sin embargo legítimos dueños de los valores emocionales inherentes a los colores blanquiverdes y a su escudo. Legado inmaterial cuyo devenir futuro se encuentra necesariamente vinculado -paradojas de la Ley del Deporte y sus remedios mágicos- a los criterios societarios y la voluntad empresarial una sola persona, que son precisamente los que se han visto ahora públicamente cuestionados.

 

Sea como fuere, el resultado de esta controversia es que, al final, la audaz medida pionera anunciada a bombo y platillo por el Córdoba CF SAD se ha visto reducida, a ojos de la opinión pública, a una maniobra dudosa en beneficio de su accionista mayoritario, que no de la propia entidad.

 

Cuenta una fábula de Esopo que, en la antigüedad, unos montes comenzaron a hacer un gran ruido y a dar terribles signos como si estuviesen a punto de dar a luz, causando el lógico estupor en los hombres de aquellos tiempos, que nunca habían visto nada semejante y aguardaban expectantes y temerosos el momento de ser testigos de tan singular acontecimiento. Sin embargo, después de tamaño alboroto, los montes parieron únicamente un mísero ratón.

 

De forma análoga, puede decirse que en el monte de la entidad blanquiverde el ruidoso parto fue el reparto –que igual significa también parir dos veces, qué cosas- y el fruto del alumbramiento no fue el anunciado hito en la historia de la gestión mercantil de los clubes de fútbol, sino el ratón de una colleja institucional en toda regla, venida al mundo en compañía de una nueva aparición en los medios de comunicación, no precisamente para bien, del club que lleva el nombre de esta nuestra vieja capital de la Bética.

 

Aunque tal vez, mirando un poco más allá, lo que podamos ver en toda esta historia no sea sino un nuevo capítulo de la eterna confrontación entre la esencia fundacional de los clubes de fútbol, cuyo objetivo primero era alcanzar la excelencia deportiva, y su obligada conversión en sociedades mercantiles, cuya razón de ser se encuentra en la obtención del beneficio económico. Problemática generadora de innumerables disfunciones que en unos lugares se consigue reconducir mejor que en otros.

 

En el caso del Córdoba CF, hoy SAD, aún está por ver si es posible lograr esa armonía entre su naturaleza deportiva original y su actual forma empresarial. El tema, sin duda, da para mucho, y desde este rinconcito de opinión ya tendremos ocasión de volver a él. Eso sí, nunca podemos saber qué nos deparará el futuro, pero lo que nos recuerda el pasado, como decía al principio, es que la exposición al sobresalto va unida a la condición de aficionado cordobesista.

 

Si usted lo es, amigo lector, mejor agárrese fuerte. Por lo que pueda pasar.

 

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