El viento de levante


El viento de levante tiene mala prensa. Y no sólo por su capacidad de fastidiar las vacaciones a los veraneantes de algunas zonas del litoral andaluz con su aparición sorpresiva, sino también porque es sabido que, cuando azota, puede provocar dolores de cabeza, aturdir el ánimo o incluso trastornar la mente. De hecho, es creencia popular, especialmente arraigada en cierta localidad de tradición surfera cercana al Estrecho, que el efecto continuado del levante sobre el ser humano puede llegar a volverle loco, y por tales se tienen algunos de sus lugareños.

En El Arcángel se temía también la llegada del Levante, pero no exactamente el viento sino el equipo valenciano de igual nombre, que acudía a su enfrentamiento liguero con el Córdoba CF bajo el estandarte de su condición de líder de la categoría, invicto, y uno de los más firmes candidatos al premio final del ascenso, merced al acreditado potencial de sus huestes. Eso sí, los más agoreros del lugar esperaban con él un vendaval que a su paso arrasaría con todo, y en particular con la titubeante confianza del conjunto local y la contenida tregua que sujetaba el gatillo de los fusileros de guardia que habitan en su entorno.

Sin embargo falló el pronóstico cuasi meteorológico y la ventisca del partido lo único que se llevó, de un plumazo, fueron las malas sensaciones que los jugadores cordobesistas, y correlativamente la afición, se trajeron como souvenir de su reciente visita a Huesca. Y no sucedió así, desde luego, por causa de los caprichos de la climatología –aunque el tardío calor estival del septiembre cordobés se empeñara en hacer acto de presencia- sino por el buen hacer de la escuadra blanquiverde, cuyos ingenieros lograron canalizar el temido tsunami granota hasta convertirlo en un plácido caudal navegable por el que gobernar la nave cordobesista hasta el puerto de una merecida, a la vez que balsámica, victoria.

Pero en esto del fútbol se dice que las alegrías son efímeras, y más aún cuando las veleidades del calendario traen a las primeras de cambio una nueva jornada intersemanal que convierte la tradicional tertulia futbolera de café y taberna de los lunes en la previa del partido del martes. Cosas del amigo Tebas y la mejor liga de su mundo.

Así, sin apenas tiempo para relamer el éxito de haber capeado el temporal levantino, el Córdoba CF debía rendir visita a Santo Domingo, estadio madrileño con nombre castizo de romería festiva cordobesa, que sin embargo invitaba a más de uno a presagiar más bien un camino penitencial, debido a que los antecedentes se encargaban de recordar que el equipo blanquiverde jamás había logrado vencer allí al inquilino local del terreno de juego y a la sazón rival de turno. Dato que hacía temer a los más cenizos que el equipo alfarero, que así es conocido el Alcorcón merced al oficio que en la antigüedad fue principal en la villa que le presta su nombre, sacaría de su torno una vasija de agua fría presta para ser vertida sobre el renacido entusiasmo cordobesista.

Pero la estadística –esa curiosa baraja de tarot que igual sirve a optimistas que a pesimistas para predecir un futuro acorde con el color del cristal con que lo miran- se quebró una vez más y el Córdoba CF consiguió una nueva victoria, la segunda consecutiva y primera como visitante en el presente ejercicio, merced a un partido muy completo en el que, azares del lenguaje, tuvo que ser precisamente un gol del Alfaro el que sentenciara a los alfareros.

De esta forma, tras un comienzo vacilante del ejercicio, en apenas cuatro días el equipo blanquiverde recuperó de golpe toda la confianza y el crédito, previamente puestos en duda, ante los demás  y, sobre todo, ante sí mismo.

En el intervalo entre ambos partidos, el entrenador cordobesista José Luis Oltra se había lamentado en rueda de prensa de que, a su juicio, en corrillos, mentideros y medios de comunicación locales no se valora suficientemente el trabajo y el buen hacer de su plantilla. Y aunque quien esto suscribe no tenga que darse por aludido –y si no, a lo escrito más arriba me remito- tal vez haya que reconocer al míster blanquiverde cierta parte de razón en su queja. Sin embargo, esta particular forma autóctona de hacer los análisis en cuanto al fútbol se refiere no debería sorprender a Oltra –que ya lleva más de un año viviendo aquí, y en el banquillo de El Arcángel eso es casi una eternidad-, pues en ella se mezcla esa costumbre tan cordobesa de arrojarnos piedras sobre nuestra propia cabeza con la turbia marejadilla de fondo que, de unos años a esta parte, suele acompañar al Córdoba CF SAD en las relaciones con su entorno, lo que hace que más de un despistado acabe confundiendo churras con merinas y, claro, al final se termina esquilando a la oveja equivocada.

Tan cierto es eso como que en esta vieja capital de la Bética existe una acusada tendencia a echar a volar las campanas a las primeras de cambio, igual para tocar a duelo que para repicar a gloria, y viceversa, con el intervalo de apenas un ratito. Y si hace una semana su tañido invitaba a la afición blanquiverde a la oración, ahora parece anunciar la celebración de días grandes por venir.

Pero nadie debería volverse loco, cual si azotara el viento de levante. En esto del fútbol, el camino se traza jornada a jornada, y hasta que el próximo verano traiga el final de temporada, con su balance de éxito o de fracaso, no será el momento de sacar pecho o agachar las orejas. De momento, ya es otoño, pero para entonces aún queda mucho por llover. Y aquí las nubes suele traerlas el poniente.

 

 

 

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