De botellas, sensaciones y cerrojos.


Hace algo menos de una década dirigía la primera plantilla del Córdoba  Club de Fútbol un entrenador gaditano que popularizó una imagen característica, merced a su particular costumbre de contemplar los partidos de pie junto al banquillo mientras sujetaba entre sus manos una botella de agua de la que no se desprendía durante todo el tiempo de duración del encuentro. Fue el mismo que, en la rueda de prensa inmediatamente posterior al partido en que el conjunto blanquiverde logró bajo su mando una agónica permanencia en la segunda división, proclamó entre lágrimas su sentida pena por el hecho de que tal logro deportivo hubiese supuesto, paralelamente, el descenso del equipo de su ciudad natal y de sus amores futbolísticos, descarnada y emotiva explosión de sinceridad en la que algunos –que siempre hay gente para todo- quisieron ver una falta de compostura profesional del afligido míster y una pérdida, siquiera momentánea, del respeto debido hacia ciertas obligaciones protocolarias inherentes al cargo.

Al actual técnico cordobesista, José Luis Oltra, no se le conoce otra relación con una botella que su cierta marcada tendencia a verla normalmente medio llena, óptica desde la que suele abordar sus comparecencias públicas con la exquisita corrección formal y sentido de la diplomacia propios de lo que, en esto del fútbol, se ha dado en denominar un “hombre de club”. Mesura verbal no exenta de autocrítica, que además de una actitud recomendable para quien persigue la propia superación y la excelencia viene a ser también un eficaz modo de evitar la tentación de dirigir la crítica hacia terceros.

Desde esa perspectiva, u otra que se le parece mucho, el preparador valenciano ha venido poniendo de manifiesto, cada vez que ha sido requerido para ello, su satisfacción con el plantel de jugadores que el club ha configurado y puesto a su disposición para la presente temporada, el cual, pese a reconocer como corto en número de efectivos, Oltra califica de competitivo, compacto y compensado, incluso más fiable que el del año pasado. Y ello a pesar de haber perdido íntegramente a su tridente ofensivo, uno de los más eficaces de la categoría en el ejercicio anterior, y con él a su jugador más cotizado y decisivo, éste último a través de la operación de traspaso de mayor montante económico en la historia de la entidad blanquiverde. Doctores tiene la Iglesia, o eso dicen.

Suele afirmarse, sin embargo –en uso de una de esas frases tópicas futboleras tan manidas como certeras- que el fútbol es cuestión de sensaciones. Y la sensación de una buena parte de la afición blanquiverde no puede decirse que coincida, precisamente, con la que se desprende de las positivas palabras del técnico, habiéndose extendido en corrillos y mentideros cordobesistas tanto la impresión de que la plantilla no se ha reforzado de manera suficiente como para poder aspirar con garantías a cumplir el deseo –que no necesariamente ha de coincidir con el objetivo– de retornar a la primera división, como el lamento de que los ingresos obtenidos por la venta de jugadores no se hayan reinvertido en potenciar deportivamente al equipo.

Sucede con esto que en el fútbol de hoy en día, en el que los clubes se han convertido en sociedades mercantiles, a la hora de administrar las finanzas de una entidad concreta, y el Córdoba CF no es una excepción, no existe otro criterio válido y legítimo que el que diseña la mayoría del capital accionarial -que es una forma técnica de llamar a la santa voluntad de los dueños de la empresa- y esto, que diría cierto consejero blanquiverde “es lo que hay”. Pero no es menos cierto que, para el aficionado de a pie, la política de fichajes de “su” club suele ser materia cuasi obligada de opinión, y no hay que olvidar que en el fructífero negocio que orbita en torno al deporte rey las opiniones pueden llegar a generar tanto dinero como el propio movimiento del balón. Al fin y al cabo, lo que da sentido al fútbol es tanto lo que ocurre sobre el césped como el efecto que ello provoca en el estado de ánimo de tantos miles de personas.

Debates aparte sobre la confección de la plantilla –otro tópico es aquello de que cada aficionado lleva un entrenador o un director deportivo dentro- una de las principales preocupaciones para Oltra con la misma, según ha admitido en alguna ocasión y además impone la lógica de los hechos, es la de tratar de mejorar las prestaciones defensivas del año anterior, en el que el equipo acabó por ser uno de los más goleados de la competición. Pese a tal empeño, el técnico no termina de atinar con la fórmula para echar el cerrojo en la portería blanquiverde, que pasadas las cuatro primeras jornadas del campeonato ya se ha visto perforada hasta en siete ocasiones, lo que supone una media cercana a los dos tantos encajados por partido y situarse en el tercer puesto del escalafón provisional de tan poco alentadora estadística.

En otras instancias del club, por el contrario, sí parecen funcionar eficazmente los cerrojos, en particular los que impiden el acceso a informadores y público a los entrenamientos  del primer equipo en la ciudad deportiva. Se ha dicho desde alguna alta instancia blanquiverde que el motivo de la clausura, medida por lo demás escasamente popular, tiene que ver con razones de seguridad por causa de las obras de mejora de las instalaciones que acomete el club y que conllevan el lógico movimiento de camiones y maquinaria por el lugar, además de una inversión de un millón de euros, según cuentan. Sin embargo, será que la mordacidad nunca descansa, ya hay quien se pregunta si lo que en realidad pretende el club que se desarrolle a puerta cerrada no son los entrenamientos, sino las propias obras. Vaya usted a saber, pues entre las peculiaridades urbanísticas de los terrenos del Camino de Carbonell, las dudas sobre su verdadera titularidad –de la que lo único que se sabe a ciencia cierta es que a día de hoy no pertenece al club- y las viejas cuitas legales pendientes con el Ayuntamiento, igual lo que se está construyendo son los pilares argumentales de un nuevo culebrón jurídico-administrativo, próximamente en sus pantallas.

A propósito de puertas, para franquear la del Estadio Municipal de Lucena una pareja de aficionados jiennenses debió abonar los diez euros correspondientes al precio de la entrada que la entidad blanquiverde exigía poseer a su bebé de sólo dos meses de edad para asistir, que no presenciar –cosas de las limitaciones de la agudeza visual propias de la edad lactante-, al partido que el Córdoba B iba a disputar frente al Real Jaén, circunstancia que ha provocado, además del correspondiente y lógico disgusto de los padres afectados, un considerable revuelo en la opinión pública que ha trascendido mucho más allá de las lindes de esta nuestra vieja capital de la Bética.

Con independencia de la exigencia legal, indiscutible, de que para acceder a un recinto deportivo todo espectador debe ser portador de una entrada o abono correspondiente a su localidad, y del legítimo derecho de la entidad organizadora de expedirlos al precio que libremente le venga en gana -que esto sí es voluntad pura, y no obligación normativa- lo que cabe preguntarse al respecto es si la medida, además de conforme a Derecho es, también, acertada. Y si esos diez euros legítimamente ingresados compensan el hecho de que la buena imagen del club haya podido quedar en entredicho en la mayoría de medios de comunicación nacionales a causa de este pintoresco y difícilmente explicable incidente.

Como suele decirse, la respuesta seguramente sea blanco, y en botella.

 

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