La ciudad y su fútbol


A principios de la década de los noventa del siglo pasado el periodista británico Simon Kuper emprendió un proyecto que le llevó a visitar veintidós países, en el corto período de nueve meses, con el fin de tratar de encontrar la respuesta a dos preguntas: de un lado, cuál es el modo en el que el fútbol influye en la vida de una sociedad, y de otro, de qué manera la vida de una sociedad influye en su fútbol. El resultado se plasmó en el libro “El fútbol contra el enemigo”, que refleja cómo el llamado deporte rey se ha convertido en una ceremonia de masas que trasciende lo meramente deportivo en prácticamente todos los rincones del planeta.

Que sepamos, el viaje futbolístico-iniciático de Kuper no incluyó ni tenía prevista parada en Córdoba, y aunque para el resto del mundo esta circunstancia habrá pasado seguramente desapercibida, para algunos de quienes habitamos estos lares sirve para alimentar la curiosidad por el capítulo, nunca escrito, que abordaría la relación entre el Córdoba Club de Fútbol y la ciudad que le presta su nombre, y  la forma y medida en que uno y otra se influyen recíprocamente.

Personalmente creo que no sería un objeto de estudio desdeñable, para algún investigador intrépido, el paralelismo existente entre la ciudad de Córdoba, en tanto comunidad político-económica y en cuanto sociedad humana, y el club blanquiverde, entendido éste no sólo como la empresa o entidad mercantil que es hoy merced al infausto remedio mágico de la Ley del Deporte de 1990, sino también como institución depositaria de los valores en torno a los que se agrupa un importante colectivo emocional que responde al nombre de “cordobesismo”. Semejanza que se manifiesta, más que en ninguna otra, en la circunstancia de que ambas entidades convivan permanentemente con la sensación de quedarse a medio camino del éxito a pesar de contar, a priori, con todas las bases y medios objetivos para alcanzarlo.

La ciudad, con una población entre las doce más numerosas de España, una situación geográfica privilegiada y un patrimonio artístico y cultural envidiables, amén de otras circunstancias favorables, pervive sin embargo aletargada en los últimos puestos de la práctica totalidad de estadísticas económicas, de empleo y de producción de riqueza, y casi siempre a las puertas de los grandes proyectos; por su parte el club, radicado en una capital de provincia de tamaño medio-alto, contando con el respaldo social consolidado de una masa importante de seguidores fieles y con la potencial respuesta del resto de una ciudad que acude siempre presta a la llamada de los grandes eventos futbolísticos, con todas las condiciones idóneas para el desarrollo de un proyecto deportivo y empresarial serio que aspirase a consolidarse en las primeras filas del escalafón balompédico nacional, se mantiene, por el contrario, alejado desde hace décadas de la élite, más allá del reciente y fugaz paso por la primera división, desaprovechado con uno de los mayores fracasos deportivos que se recuerdan.

Ambos, club y ciudad, tienen en común la propensión a permanecer en el andén viendo partir el tren de las oportunidades, y acaso también cierta tendencia a lamerse las heridas con el consuelo del recuerdo de mejores tiempos pasados, aunque en el caso del fútbol éstos se reduzcan a un modesto quinto puesto en la Liga y una semifinal de Copa en la época del blanco y negro –nada comparable, desde luego, al efecto analgésico que la gloria de Al-Andalus y la contemplación de la imponente Mezquita-Catedral pueden proporcionar a la conciencia ciudadana en su conjunto-.

Analizar las razones que inspiran estas conductas sería, desde luego, tarea ardua que no corresponde hacer aquí. Pero en ningún caso quien esto suscribe aceptaría, y espero que el investigador de turno tampoco lo haga, el reduccionismo de imputarlas a esa forma de resignado conformismo acrítico que desde el tópico se trata de elevar frecuentemente a la pretendida categoría de idiosincrasia local y se ha dado en llamar “senequismo” –¡ay, si el bueno de Lucio Anneo levantara la cabeza!-.

La cuestión es que, si es cierto que una sociedad influye en su fútbol, y viceversa, en el caso de Córdoba cabe preguntarse de cuál de ambas partes de la relación podría esperarse un primer paso que rompiera la inercia de la medianía complaciente y arrastrara, a su vez, a la otra hacia un nuevo escenario de ambición y altas miras.

Como afirma Kuper en su libro, cuando un juego moviliza a miles de millones de personas deja de ser un simple juego. Y el fútbol es mucho más que eso, un fenómeno social a escala global que a lo largo del tiempo ha fraguado guerras, alimentado revoluciones e incluso contribuido a mantener a dictadores en el poder. De tal forma que, por qué no, el fútbol podría ser también el elemento dinamizador capaz de modificar la inercia de una ciudad entera.

Aunque tal vez en esta nuestra vieja capital de la Bética suceda que para que el fútbol pueda llegar a transformar la ciudad, lo primero que tenga que cambiar sea, precisamente, su fútbol. Pero de eso hablaremos otro día.

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