Las tijeras

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Como el otro día las fuerzas oscuras de la galaxia leyeron mi diario sobre los cables (mejor dicho, el cable), mientras esta mañana, tranquilamente en el despacho pretendía organizarme, sesión de guitarra incluida ( que Rafa espera una grabación de la acústica desde hace dos días), algo parecido a Dar Vadel ha irrumpido en la estancia con varias bolsas en la mano, y soltándolas sobre la mesa ha dicho:

-“Aclara este embrollo, que con estos cables no te caes al suelo”.

Y cierto, no me he caído al pasto (en jerga futbolera), porque estaba y permanecí sentado, pero tras una hora larga que me recordó a cuando mi abuela me pedía cariñosamente, que no exigía, que le ayudara a desenredar ovillos, hoy he conseguido hasta encontrar el adaptador de las luces del belén de mi casa de Aguilar, que mi madre lleva algo así como diez años buscando, y que pienso yo, qué rayos hacía en esta bolsa de Simago.

Tras lavarme las manos cosa así como doce veces y con la preocupación de no haber usado mascarilla, que ahora me costará dos semanas de acongojonamiento ( si no existe el término, no digan que no es expresivo), al margen del polvo tragado en la operación casi quirúrgica (y no piensen que exagero), y la satisfacción del deber cumplido, he pasado a mi quehacer diario del almuerzo, que hoy tocaba lasaña.

Terminado lo más laborioso del plato sin ningún tipo de incidente (cosa normal después del nivel que estoy alcanzando), voy a por el queso y a la hora de abrir el sobre para esparcirlo por arriba, buscando que el gratinado quede perfecto, me pongo a buscar las tijeras para cortar por la línea indicada, que uno es muy aplicado.

Todos ustedes pueden imaginar como continúa esto. Sí, esas tijeras que no aparecen nunca. Y todavía si se trata de la bolsa del queso rallado, pues nada, sin que nadie se cosque buscas las de la costura y ya está. Pero como sea la raspa del pescado o la bolsa de la mojama a ver cómo le explicas a la superioridad que no las has usado en los quehaceres culinarios.

Y eso que llegué a tener dos. Pero no se sabe por qué razón, salvo por la intervención de esos duendes cachondos que habitan todas las casas que se precian de ser hogar, la desaparición de la segunda unidad fue en un coser y cantar, y eso que eran de una chica que las vendía en la plaza de la Corredera, previa demostración de su eficacia con todo tipo de retos.

En una primera aproximación busqué en el lavavajillas, en su cajón, en el fregadero y en el hueco de las servilletas. Nada de nada. Entre la cubertería, dentro de las ollas, por si acaso, en el frigorífico, el congelador, por el suelo. Pero ni rezando un Padre Nuestro a San Antonio aparecían las puñeteras.

Total, que con el cuchillo más afilado de la cubertería, una vez más, perforé la bolsa del queso de los…, no sin provocar que se me fuera de las manos, sin duda por el genio que iba in crecendo, y saliese el queso como si de un confeti se tratara. Y como además era de varios tipos y colores, se me quedó la cocina para una feria.

Debidamente recogido aquel estropicio y con la lasaña en el horno, me pongo a escribir estas líneas previa cerveza fresquita, y al colocar el vaso en la mesa ¿a que no se imaginan lo que había encima?

Pues eso.

Como dicen los gallegos, y dd entre ellos mi amigo Manuel Jesús,   “haberlas haylas”.

 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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