El cable


Amanecí el domingo viendo como mi querido Pedro Álvarez preparaba, a falta del Sr. Martínez, Don Antonio, una barbacoa en la terraza de su hogar, escuchando Vittula de y brindando con un buen fino al cielo de Córdoba. Gracias, amigo.

Y recordé el compromiso que adquirí con él, pero también con mi esposa, de recoger y ordenar los distintos cables, enchufes, clavijas, alargadoras y similares de la casa. Compromiso con Pedro de relatarlo, como supondrán, conocedor como sin duda era del charco que pisaba.

Como ya saben, los instrumentos de Vittula ocupan tímidamente parte del salón de mi casa. Y digo tímidamente porque, con sinceridad, y a mi honesta percepción, parece que no están.

A salvo la batería, que a Dios gracias no le ha dado a ninguno de mis hijos por aprender a tocar, el resto, guitarras, amplificadores…están ordenadamente colocados de modo que integran una decoración, contemporánea tal vez, pero decoración a mi parecer. (Espero que mi esposa no lea esto mañana).

Pero mientras que una guitarra ilumina un espacio, un amplificador bien colocado en la pared parece una banqueta, y una batería podría pasar por una escultura modernista, los cables…querido Pedro, eso no hay manera de convencer a nadie de su bondad decorativa, y mucho menos de su capacidad para embellecer un ámbito del hogar.

Los propios músicos odiamos cuando se enredan, y no te digo cuando tropiezas por su culpa.

Así pues, presto a la labor comprometida, comencé anoche, ya tarde, con el personal de casa durmiendo, por eso de evitar más que un escándalo un escarnio, saltando por el ampli de guitarra de mi hermano, para sortear el herraje del charles de la batería, no sin darme en el codo con el plato que estaba pegadito a la caja, que acompañó un ¡Ay! propio de un rock de Neil Young, seguido de algunos improperios en castellano (por eso de combinar los idiomas) y entonces, con un pie en el suelo y otro en el aire, como a cámara superlenta, aparece el primer cable, uno de guitarra, de la marca fender y de cinco metros de largo, que como una serpiente constrictor y por un misterioso motivo que aún desconozco, se me enreda en el aire en el pie que venía de camino.

Ni que decir tiene que menos mal que los míos dormían y ni se enteraron ( de ahí lo del escarnio), pues aquello prometía ser un escándalo en toda regla de platos volando, timbales rociados por el suelo dando vueltas, y un servidor enredado en los cables como una momia egipcia.

Pero se ve que con una agilidad impropia de mi condición física, por alguna razón que sólo puedo atribuir a la intervención de la divina providencia, logré que el traspiés, previo agarre a la mesa que está detrás de la batería, y un escorzo (como diría mi hermano Ignacio)propio del guardameta que fui en su día, acabara conmigo sentado en el sillín del batera, golpe de bombo seco incluido, que todavía no sé cómo el pie libre acabó con tan certera precisión en el pedal.

Respirando hondo y agradecido, decidí, dadas las horas, aparcar la tarea para otro día, previa recogida del cable de guitarra fender de cinco metros, que a cada círculo que hacía con él acompañaba una sonrisa. Les aseguro que esto no acabará aquí, pero por ahora no es cuestión de tentar más la suerte.

Prometo tenerles informados.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafel.

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