Despertar de un largo sueño (I)


No sé tú, pero el que suscribe vive en la sensación de haber despertado, repentinamente, de un largo sueño. Un aldabonazo, tal, que ha sido como el eco de las palabras del apóstol Pablo a los Efesios: “Despierta tú que duermes” (Ef 5, 14). O el despertar del adolescente que, de una forma u otra, ha descubierto o empieza a barruntar lo que supone la edad madura. Sin más preparativos ni cursillos, ni ningún tipo de vacuna creo, sinceramente, que hemos despertado de un largo sueño.

Despertar de un largo sueño en el que el bienestar, la comodidad, la aparente madurez de nuestras democracias o la seguridad de la misma ciencia en sus mismos conocimientos y sueños creían ser férreas institutrices que no estaban dispuestas permitir que nada ni nadie viniese a transgredir nuestro plácido sueño en nuestra más que acolchada cuna. Hemos despertado y estamos palpando en nuestras carnes que ese bienestar era como un gigante con los pies de barro; que la comodidad nos narcotiza y nos hace creer que seremos eternos e invulnerables; que la democracia nos hacia mirar al pasado con la mirada del que se cree superior y seguro en que su “progreso” no le hará pasar por las calamidades de épocas, aún muy cercanas en el tiempo, bárbaras donde las hubiera; que la ciencia nos puede comunicar y mucho o avanzar, a veces es más el ruido que las nueces, en ámbitos como la genética pero que llegado el momento, como estamos también palpando en nuestras carnes, no es capaz de librarnos de una pandemia o de obtener soluciones en un tiempo razonable. Quizá al despertar de nuestro sueño tengamos que volver al adagio pascaliano: “El hombre no es más que una caña pensante”.

Despertar de un largo sueño en el que el “ente Dios” no era muy necesario o tal vez más propio, únicamente, del ámbito de nuestro “privado interior” ya que en principio nuestra ciencia, nuestro progreso social y democrático lo hacían superfluo o, al menos, no directamente necesario. Ya lo dijo en su momento un teólogo como C. Böttingheimer: “En un mundo como el nuestro, racionalizado y tecnificado por completo, ¿cómo se puede experimentar todavía a Dios como alguien que actúa con poder? […]¿Qué relación guardan hoy entre sí el mundo de la vida diaria, dominado por las ciencias y la tecnología, y la fe en Dios vinculado a la historia y capaz de actuar con poder?”. Hemos despertado del sueño, y de repente, nos hacemos preguntas y nos cuestionamos o le preguntamos y le cuestionamos. Y además, con cierto rubor, hemos de hacer nuestra la reflexión del libro del Eclesiastés: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos…, mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1. 7). O esta otra del mismo Kempis: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana? (Imitación de Cristo 1, 23, 1).

Despertar de un largo sueño en el que habíamos llegado a trazar un solo principio y un solo derecho-deber como modos de regir nuestro propio destino. El principio: mi yo, mi individualidad, mi espacio. El derecho-deber: “tus derechos comienzan donde terminan los míos”. Hemos despertado del sueño y hemos podido ver que semejante principio y derecho no bastaba. Lo dejo muy clarito el Papa, el pasado viernes, en la desierta plaza de San Pedro: “Con la tempestad se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazamos nuestros egos, siempre pretenciosos de querer aparentar, y dejo al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia de hermanos”. Es más, cuando vemos el impagable esfuerzo de personal sanitario, fuerzas de seguridad, y tantos otros que hacen posible el “liviano” confinamiento en nuestras casas, redescubrimos que una sociedad necesita algo más que derechos y deberes, necesita más entrega vocacional y servicio abnegado para que pueda seguir siendo sociedad vertebrada. Y como prueba de ello a un gran maestro me remito: “[…] una de las pérdidas más graves es la del aprecio y dignificación de la excelencia. Cuando en un país todo vale igual, cuando toda realización de lo humano es igualmente digna, cuando la pereza y la diligencia, el empeño y la desidia reciben el mismo aplauso o rechazo, entonces esa colectividad ha emprendido el camino de la decadencia. Cuando los hombres admirados y los nombres propuestos como modelos son aquellos que sobresalen por la fuerza física, el dinero o el poder, el peso o la cara, dejando de lado a quienes se han acreditado profesionalmente durante largos años de trabajo silencioso, han resistido en situaciones difíciles y han logrado victorias arduas, entonces ese país está andando fuera del camino de la verdadera dignidad y grandeza” (Olegario González de Cardedal).

Despertar de un largo sueño en el que las redes sociales nos abrían a multitud de contactos, interconexiones virtuales y nuevos y eficaces medios de tenernos presentes. Hemos despertado del sueño y, también con rubor, reconocido que con respecto a las personas mayores su estima no ha sido a veces mucho más superior que la del frio cálculo; que para serenarnos en estos días argüimos con el argumento “de que son personas mayores las afectadas”; que se deja ver el, en ocasiones ignorado y silenciado, drama de la soledad de nuestro mayores en residencias o en las propias viviendas. ¡Cuidado! A lo mejor hemos vivido pensando que la vejez sucede a otros.

Post data: He titulado: Despertar de un largo sueño I. Sinceramente, no sé si escribiré un segundo pero eso no será precisamente por falta de materia