Soledad


  Vivimos días difíciles en los que nuestra atención no se desvía ni un momento de la evolución de la pandemia que azota cada minuto con más fuerza a nuestro mundo. No hay actividad que permita la concentración plena porque se están removiendo con fuerza las entrañas en el interior de cada uno de nosotros. Pensamientos, reflexiones, dudas, ante una realidad cruel que afecta a miles de personas.

  Tampoco mi cabeza para entre clases, correcciones, escuchar a alumnos y compartir realidades personales y laborales con compañeros, desahogos con unos y con otros que a veces dejan lapsos de tiempo para la meditación. Es en uno de esos instantes en los que pensaba en el misterio que más admiro y que para mí representa un momento extraordinario de la Pasión, el de la Soledad de María al pie de la cruz, escena de profundo dolor que viene a coincidir con el sentimiento que hoy más que nunca se está haciendo vivo en tantas realidades.

  Somos testigos a través de las informaciones que conocemos, de que la soledad se está viviendo en las habitaciones de las casas en aquellos casos leves en losque no es necesaria la hospitalización. ¡Cómo experimentan la soledad quienes han llegado a la cama de un hospital en un estado moderado y confían en la sanación que les permita volver al hogar! Y llega a nuestros oídos la soledad más atroz, la que está presente en las situaciones críticas, en los casos que requieren el traslado a una UCI. Soledad para los enfermos en todos los casos y vacío para las familias, estampas desgarradoras.

  La soledad abunda en las residencias de mayores, resultando intolerable en lugares donde los medios humanos han visto desbordada su capacidad asistencial; y la están pasando ahora más que nunca aquellos ancianos que han quedado recluidos en sus viviendas, solos; es la realidad de los más vulnerables, tal vez la más cruel.

  La terrible soledad también aparece cuando se produce un fallecimiento, seres queridos que se van y que no pueden ser despedidos; la soledad de las familias que no pueden sentir el calor ni de los más cercanos porque hay que quedarse en casa.

  Soledad de trabajadores que tienen que continuar con sus tareas en la calle o en sus centros de trabajo: los que velan por la seguridad, los que hacen posible que la cadena de abastecimiento no se rompa (desde el origen, transporte y la atención en los supermercados), los que desarrollantareas de limpieza, la gran labor a la que se enfrenta el personal sanitario asumiendo un reto infinito o aquella tarea en la que se despliegan todos los medios para intensificar la atención en residencias de mayores... También los sacerdotes, que en la más honda soledad siguen orando y celebrando la eucaristía.

  La soledad ha tomado las calles, que han sido invadidas por el silencio. Este silencio se rompe cada tarde con los aplausos que recuerdan a tantos que están haciendo el bien; una ovación que nos hace ver que la vida emerge detrás de ventanas cerradas, moradas en las que fluye la existencia de pequeños y mayores.

  En cierto modo, hace bastante tiempo que la sociedad estaba experimentando la soledad, voluntaria, pegada a la pantalla de un móvil. La tecnología que llegaba en muchos casos a hacer el mal, ahora está haciendo mucho bien;gracias a ella se puede paliar en algo el dolor por la falta de encuentros físicos. Y aunque en esta situación está siendo un útil recurso comunicativo, solamente espero que al final de este sueño hayamos sido capaces de caer en la cuenta de que nunca los medios digitales suplirán el abrazo, el beso, el cariño, el calor que solamente la cercanía nos permite experimentar.

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