No me lo podía creer


No me lo podía creer. Sin embargo, a los pocos segundos de aquel deo vespertino escuché una de esas palabras capaces de identificar sin más genética el origen de quien las pronuncia, como el “of course” con entonación fonética perfecta que alarga la “o” en su sentido propiamente londinense o el “yeah” tejano aplicando un deje característico a la  “a” final.

Aquella palabra fue “¡sipote!”, un vocablo que no es ofensivo ni como tal lo tenemos los cordobeses, pero que caracteriza esta tierra más aún que el flamenquín y el salmorejo, que a día de hoy ya los encuentras en cualquier sitio. Pero un “sipote” bien dicho, entonando adecuadamente la s, no es posible replicar so pena de caer en el ridículo.

La exclamación provenía de un agente del orden, razón de más para no escandalizar a nadie, sino acreditar la sorpresa mayúscula de la pareja de policías nacionales que, patrullando la ciudad en busca de los que tiran la basura a tres kilómetros de su casa o van a comprar el pan a El Vacar cuando tienen un roldán bajo su casa, se juegan la salud diariamente por mantenernos a salvo de nuestros propios errores, y que habían presenciado un hecho que la cámara reflejaba con cómica notoriedad. Y era la presencia de un grupo de patos que tan campantes y como si con ellos no fuera (que no va) esta historia inolvidable, paseaban tan ricamente por el puente del arenal, con el Guadalquivir a un lado y al otro, y paralelamente a ellos un coche policial desde donde provienen las imágenes, cuyo ocupantesdebatían la actitud que habían de tomar frente a aquella reunión por sorpresa de los ánades que,camino del arenal, parecían llegar tarde a fútbol.

De hecho uno de ellos (de los agentes del orden) puesto en paralelo a la bandada, averío o cuadrilla de infractores, manifestantes en suma que cortaban la avenida sin autorización, llega a preguntarles qué tal se encontraban, recriminando su comportamiento por la prohibición que nos concierne; a lo cual, aquel contubernio judeo-masónico se para, se coloca de culo al coche y, por lo que se intuye, que ya no se ve porque hasta ahí llegó el vídeo, se dan la vuelta ajenos por contrario a esta realidad y expresando una clara incomodidad en su contoneo trasero a la presencia humana y a una autoridad que no les concierne.

No tiene desperdicio, y bien se merecían nuestros servidores del orden una anécdota divertida que contar.

Pienso que la policía habrá de extender su protocolo de actuación a episodios similares, pues ya mismo podríamos ver manadas de jabalíes buscando la torre de la calahorra, o un grupo de cervatillos camino del soho de la rivera por eso de conocer la marcha cordobesa. Y a ver cómo los disuelves.

Mientras tanto, nosotros en nuestro confinamiento seguiremos escuchando diariamente a los periquitos, cotorras, loros, y similares personajes más propios de ese mundo animal que del nuestro que, aprovechando los micrófonos y las cámaras, pían y repían, repiten y repiten consejos que para sí no tienen, mostrando más carencias que virtudes.

En fin, no vayan a hacer el ganso, que ya lo hacen otros.

 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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