Confinamiento


Decía Blaise Pascal que “todas las desgracias del hombre se derivan de no saber quedarse solo en su cuarto”. Lo propio, ahora, sería que hubiéramos podido preguntarle al filósofo y matemático si mantiene su afirmación cuando en este preciso instante se ha confirmado que hablamos de un mes de “confinamiento en casa”. De ahí que, sin el más mínimo propósito de catequizar, quisiera expresar algunos pensamientos con respecto a tan novedosa experiencia para todos nosotros. Lo cual haré de la mano de uno de mis autores más queridos: G. K: Chesterton y su padre Brown. – Así que manos a la obra -.

Hay un pasaje en los relatos del Padre Brown en el que el conde Hartopp, en conversación con aquel cura pequeñín y regordete de Essex, sugiere:

-“No voy a meterme con el lado político de la cuestión – dijo el conde con serenidad -, sino con el filosófico. Esto nos enseña cómo el hombre sabio puede prescindir del tiempo y del espacio, volver a las corrientes de los mismos, de manera que el mundo dé vueltas ante sus ojos. Pero, para ustedes es muy difícil llegar a comprender que la potencias espirituales son más fuertes que las materiales”.

Las preguntas son obvias: ¿Podemos prescindir del tiempo y del espacio de manera que el mundo de vueltas ante nuestros ojos? ¿Realmente son más fuertes las potencias espirituales que la materiales en todos y cada uno de nosotros?

Para ser sinceros puede que tengamos que partir de un reconocimiento. El reconocimiento de que están relativamente atrofiadas nuestras potencias espirituales y que no siempre tenemos la capacidad de poder mirar al mundo ante nuestros ojos con la perspectiva del que es capaz de “hacer un alto en el camino” y mirar las cosas desde otro ángulo.

En este orden de las cosas, nuestro “pequeñín y regordete cura de Essex” nos diría como primera advertencia:

-“A veces, una cosa esta demasiado cerca para que la veamos; así un hombre no puede verse a sí mismo. Una vez hubo un hombre que tenía una mosca en el ojo; se puso a mirar por el telescopio y vio que había un dragón increíble en la luna. Y también me han dicho que si un hombre escucha la reproducción exacta de su voz no le parece la suya propia. De la misma manera, si algo de los que nos rodea en nuestra vida cotidiana no cambia de sitio, casi no nos apercibimos de ello, y si se colocara en un lugar imprevisto, llegaríamos a creer que venía de un lugar desconocido. Salga usted un momento conmigo. Quiero que lo mire desde otro punto de vista”. Y todavía, con su sencillez e ingenuidad, se atrevería a complementar lo anteriormente dicho: -“[…] un hombre puede hallarse en tal estado de ánimo que busque algo muy lejano, y no vea que es algo igual a una cosa que tiene muy cerca de sí, y tal vez muy parecido a él mismo”.

¿Pero qué es eso que, a lo mejor, no terminamos de valorar o ni siquiera de ver y que, por tanto, estemos echando en falta casi sin darnos cuenta? Nuestro “curita de cara redonda y paraguas” nos invitaría a considerar:

-“[…] hay dos clases de hombres que son capaces de reír a solas. Podría decirse que el que así se comporta o es muy bueno o muy malo, porque o bien está confiando un secreto a Dios o al diablo. En uno u otro caso es un ser que lleva una vida interior”.

Luego aquí radica la cuestión: Capacidad o no capacidad de silencio, capacidad o no capacidad de vida interior. Precisamente el padre literario de nuestro padre Brown, G. K. Chesterton, en un artículo suyo intitulado La cárcel del jazz, nos advertía, ya en su momento, de lo que para él constituía una fea costumbre y que puede servirnos, a modo de ilustración, para comprender la trascendencia supina – ¡creo! – de la cuestión tratada: “Con todo el comedimiento que me es posible, he hecho notar que, de todos los fenómenos modernos, el más ominoso y monstruoso, el más patentemente podrido y enfermo […] es el hábito de escuchar música ruidosa en restaurantes durante la comida. Hay en ello una especie de distracción que es peor que la disipación. Pues aunque hablemos con ligereza de hacer esto o lo otro para distraer la mente, sigue siendo tanto verbal como realmente cierto, que el distraído desespera”.

Obviamente, Chesterton no es una especie de prohibicionista que trata de denigrar la distracción en nuestras vidas. Pero si que parece colegirse con facilidad que nuestro “distraído mundo” tal vez impida el silencio, la interioridad y la capacidad, según el pensamiento de Pascal, “de quedarse solo en un cuarto”.

Dicho esto no puede dejar de citar una de las alocuciones más brillantes del Papa Pablo VI cuando, el 5 de enero de 1964 en Nazaret, definía a esta como “la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús”, “la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio”. Y si es escuela, ¿qué primera lección imparte? “Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve”.

Luego, ¡¡¡ánimo!!! Y recemos mucho por lo enfermos. Recemos por los fallecidos. Recemos por los que trabajan en todos los órdenes para hacer posible la erradicación de esta pandemia.

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