Al espacio


Querido diario, voy a optar por apagar el móvil, la tele, la radio, y quedarme con el sonido de mi guitarra, que es el único que me da cierta satisfacción.

Te levantas con los índices de infección, desayunas con el ministro astronauta que para mí, aún sigue ahí arriba. La cerveza (que por fin dejéel tratamiento con antibióticos… ¡para la muela!) te la dan los cientos de remedios con limón, jengibre, miel, cardamomo o enebro para hacer gárgaras, infusiones o lavativas, que circulan por las redes. Te fastidian la comida los telediarios con el croquetas, perdón, el coletas (este corrector…), que vaya personaje, más que infectado, poseído por el virus de la corona. Los aplausos de las ocho, la caceroladas de las nueve, los whatsapp de microbiólogos y químicos explicando el bichito, que hoy vuela hasta los dos metros, mañana hasta el metro y medio, pasado sobrevive en el aire hasta tres horas, por no decir los días que permanece expectante sobre el metal o el cartón; los mensajes de los profesionales sanitarios cabreados, y con razón, por el auténtico desamparo en el que se encuentran; los vídeos explicando cómo hacer mascarillas mientras el ministro de sanidad se lleva las de Andalucía para no se sabe bien dónde, si es que no están todavía en los camiones a la espera de un formulario administrativo.

En fin, que cuando sales a por el pan o el tabaco (artículos ambos de primera necesidad) no sabes si ir con las zapatillas que una vez te trajiste del hotel, el pantalón de chándal con agujero incluido que nunca tiraste, y la camiseta esa que guardas para la cama porque en cualquier otro lado te pondrían de patitas en la calle, y de echo te la colocas con la luz apagada para evitar que sea tu mujer la que te eche de la cama.

Pero no, al final te enfundas tu ropa de diario y cuando regresas, los zapatos en la puerta, el jersey y los pantalones a la lavadora, y ducha que te crió.

Que conste mi aprobación y consejo a estas medidas.

Cuestión distinta es la mascarilla, que según qué tipo es más estrambótica, los guantes, el abrigo…, que hoy mi esposa salió en gabardina con gorro,la mascarilla y los guantes, y cuando mi hijo Jesús le preguntó donde iba, no pude evitar anticiparme a la contestación y decir: “al espacio, hijo, al espacio”.

Y es que sales a la calle y no conoces ya ni al frutero.

Pero en fin, supongo que todo esto es necesario.

Hoy fui al estanco y vi, mejor dicho intuí bajo las mascarillas, caras tristes, y eso no me gustó. Llevaba una semana sin salir a la calle obediente a las órdenes de quienes tienen el tremendo honor de gobernarnos. Y mucho me temo que ese honor,que comporta la obligación para un país de gente extraordinaria, se lo están empezando a tomarcomo el derecho a gestionar no ya nuestra hacienda, sino nuestro miedo. Por eso hoy, para ustedes por ayer, subiré a las nueve de la noche a la cacerolada con la olla láster que, como dice mi amiga Olga, es la que más suena.

 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael

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