El corrector

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Acaba de mandarme un mensaje mi tía Pepi, maestra y de Santaella, que si algo abunda en esa tierra que ampara la Virgen del Valle son los maestros, que no contrabandistas, por mucho que se empeñe la sexta y algún que otro energúmeno oficial, para reprocharme determinadas faltas de ortografía que otrora hubieran supuesto un suspenso cum laudem, colleja incluida, con el remate de la bronca paterna.

Tienes toda la razón, tita. Y no puedo disculparme. Cierto es que me gusta escribir a mano y luego pasarlo al ordenador. Y te aseguro que revisando el papel no he encontrado los gazapos que me recriminas. Pero claro, cuando luego cojo el teclado, entre el corrector automático y la miopía acabo cometiendo estos errores. Prometo poner más atención y someterme al castigo que estimes oportuno, conocedor como soy de tu bondad y comprensión.

Y es que lo del corrector, y más si es el de los móviles, da para un rato.

Dado que estos días no paramos de escribir, no sé si les pasa a ustedes, pero como no te andes con cuidado, si escribes coronavirus te aparece “oro avituallamiento”, que ya me dirán que tiene que ver una cosa con la otra ; o peor aún, le deseas a alguien que se mejore y te escribe “hay tés mejores”, con lo que a continuación tienes que responder a la pregunta “¿ dé que marca?, que me lo compro”.

El “aiins” por el “ay”, el “lis” por el “los”, fruto esto último de la cercanía de la i con la o en el teclado de dedos de muñeco que tienen los móviles; “cariño” por “pestiño” o “coletas” por “croquetas”, que bien pensado “el croquetas” le pega más…”.

Un pusilánime pasa ser un “pus inalienable” en una fracción de segundo, y como no te andes con ojo las felicidades te la convierte en “fétido asesor” en un santiamén. Guardar al perro es un “cuidado con el conejo” al paso, y qué decir de los nombres de los medicamentos, pues el espidifén es un “espi diferente”; si mandas a alguien al traumatólogo, el corrector por su cuenta te lo manda al “taumaturgo”, y no veas en ello un inconveniente, que pasas a ser un semoviente.

En fin, cuidado con lo que hacéis con el móvil y con lo que vayáis a escribir, que lo peor es que se queda para la prosperidad, perdón, la posteridad, y siempre, por muchas rectificaciones y explicaciones que quieras dar, alguien te acabará sortijando (¡Otra vez!), perdón, sonrojando.

Una última cosa por hoy, muchas felicidades a los Pepes, entre ellos a mi hermano José María y mi cuñado José Cruz y su hijo, pero sobre todo a nuestro querido José Juan, que aunque lo lea el viernes, por eso de que todo santo tiene su octava, no por menos está presente, seguro, en el día a día de cada uno de sus parroquianos. ¡ Fuerza, magister!

 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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