Estos mayores

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Querido diario, hoy vuelve a escribir Belén, amiga que, cuidando de nuestros mayores, fue bendecida por una sonrisa permanente y a cuyos deseos es imposible negarme, recordándonos que llevan solos muchos días y sin recibir visitas, necesitados de un poco de atención que distraiga su ociosidad.

Y en esa tarea comienzo recordando a mis padres. Pero como ambos siguen juntos y aún más en esta cuarentena, les aseguro que no les falta distracción, y rezo porque mi padre no invente el huevo frito perfecto y la lie parda en la cocina de casa.

Pero también padre, si bien político y no por ello menos afectuoso, mi suegro, que se asoma a los noventa, es todo un pozo, no ya de sabiduría( quedifícil es encontrar algún abuelo que salvo por el juego de las neuronas diga alguna parida), sino de auténticas sorpresas.

Una mina, vamos.

Alto, bien parecido, erguido como un buen caballista y con una mata de pelo que ya quisiera para sí su yerno, éste que escribe, no paro de pensar que sería firme candidato a liar un sano escándalo entre las chicas de la residencia de mayores, pues aún de convicciones ancestrales, no puede evitar (¡bendita juventud!), trasformar la queja en sonrisa cuando una señora, sin importar las canas, adquiere la condición de “ buen ver” acorde a sus gustos.

Y es aquí, llegado al momento del ritual necesario para un caballero, cuando en sus vivencias, Don Quijote encontraría anecdotario más profundo y prolífico que los libros que le llevaron a perder la cabeza.

Y no lo digo por alagar a quien sabe de mi cariño y estima, sino porque testigo he sido de mas de una del zagal.

Pero como este diario no es una novela, me ceñiré a la primera que se me vino a la cabeza, pues pensando en la anécdota de hoy estaba presente mi hijo Rafael (el de la pérfida Albión) y he recordado una llamada a Juan y Medio que no tiene desperdicio.

Resulta que una señora acude al plató televisivo presentándose y haciendo gala (¡bendita juventud!) de su lozanía y carácter. A tal punto llegaron a calar sus virtudes en mi suegro que, sin pensarlo dos veces, acudió a mi hijo para que marcara el teléfono de contacto. Y con eso de que la llamada no requiere de la presencia, le pidió que transmitiera su condición de empresario de setenta años, viudo, bien parecido y vitalista, hombre cristiano y formal, parroquiano de la localidad vecina y, cómo no, necesitado de una presencia femenina que alegrase esa tercera juventud que viven nuestros mayores.

Y todo lo anterior no ofrecería duda si no fuese porque no tiene setenta, aunque los aparente, ni vive en el pueblo vecino al de la entrevistada, sino a mas de trescientos kilómetros de ella. Pero claro, se ve que la inquietud por conocerla le llevó, piadosamente y una vez más por su gusto a la aventura, a alterar o silenciar los mínimos datos precisos o exigidos.

Mi esposa y mi cuñada ( benditas ambas ) no daban crédito.

Días o semanas después (ese dato no lo recuerdo), mi suegro cogió el coche y desapareció durante cinco días.

A fecha de hoy aún no suelta prenda de con quién ni por dónde anduvo, como corresponde a un caballero. Pero la cercanía de los acontecimientos y esa peculiar sonrisa socarrona, puede ilustrarnos a todos en la indagación.

Cuando esto pase, que ya se encargará San Rafaelde que así sea, ha prometido venirse unos días a casa. Y como aquí estando solo se aburre, y a la asociación de antiguos caballeros legionarios no se puede ir a jugar al dominó porque se fuma en exceso, prometo querida Belén que te lo llevaré un ratico a la residencia.

Te vas a enterar de lo que es una revolución.

 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

 

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