Domingo III de Cuaresma


Amigos y hermanos en la fe:
En este tercer domingo de la cuaresma, la Iglesia nos presenta unas lecturas y Evangelio que nos hacen querer abrir los ojos para ver a Dios en todos los avatares que suceden en nuestra vida cotidianamente. El agua que reclamaba el pueblo de Israel peregrino hacia la tierra prometida y el agua que busca la samaritana es la misma: la de la necesidad urgente, la que sacia la sed corporal.
Aquellos echaron en cara a Moises que Dios los sacara al desierto para morir de sed, sin fiarse de las promesas hechas por Yahvé. Les urgía la seguridad que muchas veces queremos para decir que todo nos va bien; hay quien tiene su seguridad en la billetera, otros en su puesto de relevancia, otros en la salud del cuerpo, otros en un trabajo cómodo y bien remunerado. Y estas cosas que nos son necesarias, las podemos convertir en diosecillos, que nos pueden hacer desconfiar de Dios cuando nos faltan. Cuantas veces hemos escuchado en estos días, discursos en los que nos dicen que la salud es lo más importante. Si? Y aquellos enfermos que no gozan de salud, no tienen los más fundamental para vivir una vida plena entonces? Tendríamos que dar la razón a esta sociedad pragmatista. Y aquel que no tiene un puesto de categoría en este siglo, tendremos que despreciarlo porque no está en la cumbre? Y así sucesivamente.
Por ello, traigo esta frase de Santa Teresa de Jesús:” quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. Una de dos, o era una santa o una fanática. Como puede decir eso? Porque ella experimentó a Dios en primera persona, que le tocó el corazón y se lo robó solo para El.
Al igual que la mujer samaritana que entabla conversación con Cristo, sin saber ella reconocerlo. Es más, ni siquiera podría estar hablando con El, por las disputas entre judíos y samaritanos; pero ahí está ella a la escucha, que fue el motivo por el que el Señor le tocó y le robó el corazón también. No la juzga, no le ataca, no la fuerza, sólo le pide de beber. Se ha hecho el encontradizo en aquel pozo para dar su GRACIA a ella y, a través de ella, a “muchos samaritanos que creyeron en El”. Una, habla de agua material, Otro, de agua que salta hasta la vida eterna. Ese agua de la Gracia que nos mueve el corazón y las obras hacia Dios. Pero atentos, que es un regalo, no se lo podemos exigir. Cuando ella está más receptiva, el Señor toca en su llaga: “dile a tu marido que venga”. No lo tiene, y los anteriores tampoco lo eran, por lo que ella se sincera y abre su mente y pecho, ahora si, para que Cristo, la sane de su pecado. Está preparada para cambiar de vida, ha estado cara a cara con el Mesías esperado, lo ha sentido y se ha enamorado, por lo que el siguiente paso es divulgar la noticia: “Venid a ver…” y la siguieron hasta donde estaba El. Lo escucharon, recibieron la gracia de la Fe y creyeron. Benditos por ello los pies de los que anuncian el Evangelio a otros: hijos, amigos, hermanos, feligreses, esposas…, porque la Fe entra por el oído. Nos faltan muchos como esta samaritana, pecadora en principio, catequista al final. Ha escuchado, se ha fiado, no ha puesto excusas inútiles, no se ha encerrado en su cántaro y ha sentido al mismo Dios!!!!
Dos mil años después, podemos vivir su mismo camino en esta Cuaresma: escuchar, hablarle, comulgarle, confesarle, CONFIAR!!!
Y que podamos culminar este tiempo penitencial diciendo como aquellos samaritanos: “ya no creo porque me lo diga mi madre, o mi catequista, o mi novia, o mi cura; ahora creo porque lo he oído y sé que este es de verdad El Salvador del mundo”.
Aprovechemos estos días, en los que tenemos más tiempo para rezar, para ponernos a la escucha, que ya se encargará Jesucristo de buscarnos en cualquier brocal, para echar un rato entre amigos y darnos ese agua que salta hasta la Vida Eterna. Animo!!!!