La Cuaresma nos hace jóvenes


Mi hija me dio un texto, hace pocos días, de un joven cofrade que exaltaba al Rescatado y a su Madre de la Amargura. Yo, siempre que me la nombran, me voy directamente a Font de Anta y escucho la marcha preceptiva, a ser posible con sinfónica mejor que con banda. Ciento un años hace que se compuso y creo que han pasado por ella como si fueran mil y una noches, tan permanente es en su hermosura. Reconozco que la maravillosa película que realizó Gutiérrez Aragón hizo mucho por mi devoción cofrade, que acaso no sea tanto producto de la tradición como de las cosas buenas que he visto y oído a lo largo de mi vida. He de reconocer que soy un privilegiado porque mi época ha sido cenital en este aspecto. La tradición es una secuencia inagotable de momentos que se renuevan, y cuando se renuevan con gusto, la belleza reverdece en el recuerdo, como decía Worsdworth, que no sabía nada de cofradías, pero sí algo de amores. Digo esto en homenaje a Fran Andújar, hombre de una pieza asido a su Prendimiento, que es el Dios más cercano a los cristianos, un Dios que no quiere serlo por omnipotencia, sino por humildad, un Dios que se rebaja a ser hombre para que el hombre no se vuelva a rebajar, un Dios que acepta ser preso, azotado, muerto y sepultado, para que el hombre que es preso, azotado, muerto y sepultado sepa que aún puede ser como Dios. En la medida que puede serlo, en la medida que es libre para decidir su destino, en la medida que puede remontar sus penas y sus taras, en la medida que puede seguir a Cristo en su camino de hombre, el camino del sufrimiento y de la muerte, pero también de la verdad y la vida, que es el camino que inexorablemente lleva a Dios. O a lo que cada cual entienda por Dios, que igualmente es Dios.

Hará una semana, comenzando esta cuaresma, que Fran Andújar dijo, en su memorable exaltación del Rescatado, que no quería seguir siendo ese joven cofrade quese quedaba en la madera sin ser capaz de ver a Jesús en el Sagrario. Supongo que aquí está la madre del cordero, nunca mejor dicho para los que creemos en el cordero y en la cruz que lo cima. Fran lo explica admirablemente y pide que los jóvenes no se queden estancados en la fe superficial de las imágenes, de la madera, marchas e incienso. Porque deben ir por la senda del verdadero Cristo, aquel que habita vivo en el fondo del Sagrario, aquel que se hace presente en la Eucaristía y es causa y no consecuencia del que procesiona por nuestras históricas calles. Doctores tiene la Iglesia, pero no tendrán fácil mejorar esta sencilla y estricta definición de lo que ha de ser la Semana Santa.

No a menudo los jóvenes dan lecciones a los viejos, pero creo que en esta ocasión los viejos deberíamos aceptar esta lección que acaso los viejos ya no sabemos dar a los jóvenes. Porque somos los viejos los que estamos llenando nuestras calles de desfiles sin fundamento, olvidándonos probablemente de lo sustancial, buscando más la performance que el auto sagrado. Fíjense a dónde llegamos los viejos en nuestra frivolidad, que hasta intentamos que un Cristo crucificado vaya después de un sepultado solo en razón de la comodidad de un retorno procesional. Y esto pasa entre dos cofradías señeras y señoras. Menos mal que la Iglesia media -y también la Agrupación de Hermandades, reconozcámoslo- para poner a cada cual en su sitio.

Los jóvenes tienen además la ventaja de que lo mismo les da una gripe común que una de coronavirus. Una fiebrecita de nada y tan compuestos. Los viejos somos más pusilánimes. Los besapiés se han convertido en virtuales. Reverencias y gracias. Rescatado y Dolores han anunciado su asepsia. Después del Señor y la Señora vendrán los vasallos. La verdad es que lo que hacíamos antes era radicalmente antihigiénico. Lo del monaguillo y la pasada del pañolito impoluto formaba parte más de la casticidad que de la liturgia. Bueno sería que no volviéramos a las andadas. Aunque yo seguiré besando a mi Cristo si me dejan.

En todo caso, lo importante es, tanto en la Cuaresma como en la Pasión, imitar al Señor, renunciar a las tentaciones, que son muchas, sobre todo en los jóvenes, y no renunciar a la alegría, que es lo que nos recuerda Fran, desde su espiritualidad tan íntimamente ligada a la generosidad militante de Don Bosco: “¡Dadme almas y llevaos lo demás!”. He aquí la renuncia perfecta. “Menos penitentes de palabra y más nazarenos de corazón” Al cabo, todo se reduce a una trinidad que Fran delimita con exactitud salesiana: “anonimato, rosario y cirio”. Queda dicho.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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