II Domingo de Cuaresma


Queridos hermanos y amigos: Avanzamos  por el camino cuaresmal y nos encontramos hoy unas lecturas y Evangelio que tratan de cambios radicales, como la salida de Abraham de su mundo conocido y la transfiguración del Señor en el Tabor.
Cuando leía las lecturas para escribir la homilía, se me venía a la cabeza la historia de mi amigo Antonio, para comenzar contándola.
Antonio era un joven amigo mío, con sus estudios y novia, con sus padres y hermano; un joven “normal”. Pues a este joven fuerte, alto, jovial, empieza a sucederle algo que lo cambió radicalmente: el diagnóstico de un cancer. Apoyado en su gente, empezó a luchar sin descanso por la curación y también por acercarse más al Señor de lo que estaba anteriormente: pidió confesar y recibir la unción de enfermos y la comunión en casa, mientras luchaba por vencer. Era edificante verlo pelear con aquella sonrisa y rezar ante el Santísimo cuando entraba a su casa; estaba dispuesto a dejarse transfigurar por el Señor, confiaba en El, mientras aquel muchacho fornido iba perdiendo fuerza y musculatura en su cuerpo que, poco a poco, se iba consumiendo.

Antonio se iba con Dios después de tres años de cambios radicales en el; y un día le pedí que escribiera una especie de testimonio sobre lo que sentía y estaba viviendo en su corazón; no podía perderse tanta riqueza. Reconozco que lloré al leerlo, pero no de pena, sino de ver cómo Dios estaba haciendo un santo de carne y hueso y yo, era un testigo privilegiado. Y Antonio se fue a Casa: a la definitiva, con su Señor. En su funeral solo pude leer con voz temblorosa partes de aquella carta que él dejó como testamento; no podía predicar, se me quedaban las palabras retenidas por el nudo de la garganta: “no hay en el sufrimiento en esta vida tan grande, como la alegría de estar en el Cielo con Dios”. Que así sea, Antonio. Con 22 años entendiste algo que a otros muchos todavía está oculto por miles motivos.
Al hilo de esta verdad, Abraham no entendía por qué Dios le pedía salir de su tierra, para buscar lo desconocido: “te haré más numeroso que las estrellas del cielo”. Y salió fiándose de Yavhé y El hizo de la obediencia de un solo hombre, un pueblo ingente que aún perdura en los creyentes, confiando en las promesas divinas. Dios saca de nuestra ”nada” lo que quiere, si nos fiamos y marchamos en su compañía, no solos.
Eso es lo que quería Cristo que vieran Pedro, Santiago y Juan en su persona al cambiar de figura humana a sobrenatural, antes de sufrir la Pasión. Para que creyeran es sus promesas: “y al tercer día, resucitaré”. Que susto se llevarían!! El Maestro humano y carnal, tenía un rostro resplandeciente como el sol. Les estaba diciendo:”todos los profetas y patriarcas se cumplen en mi Persona Divina, todas las profecías se cumplirán en mi. Yo, hombre mortal moriré, pero por mi Poder, resucitaré, y algún día, también vosotros conmigo”. Para ello la voz del Padre resonó en la altura, haciéndoles ver que ese era su Hijo amado, que lo escucharan. Escuchamos a Dios nosotros? Estamos dispuestos a dejarnos transfigurar aunque no entendamos? Salir de nuestros planes caducos, para anunciar el Evangelio donde y como Dios me pida? Si hacemos como Abraham, Pedro, Santiago, Juan, Antonio y muchos más, podremos decir: “Corazón de Cristo, no lo entiendo, pero allá que voy, donde tú digas; tú pones las reglas, yo solo mi debilidad”.
Algún día veremos su hermoso rostro en el Cielo, si aquí salimos de nuestras seguridades para tirarnos al vacío, sabiendo que El nos recogerá aquí y en la otra vida, transfigurando nuestra alma para que nos parezcamos más a Dios cada día. Animo!!!!