A mi “Seño”

22

Me sorprende el sábado del puente una noticia que desde entonces no puedo olvidar. A pesar de que han pasado muchos años, y por cuestión de edad era más que probable que ocurriera, es de esas cosas que no esperas que pasen.

Todos hemos tenido durante nuestra vida, un/a seño, un/a profe que nos ha marcado, aquella persona que ha ocupado un lugar importante en nuestro pensamiento y en nuestro corazón y que ha sido nuestra referencia en muchísimas ocasiones. Aquella cuyos consejos hemos tenido presentes y a la que nunca hemos olvidado.

Y la mía, ya no está.

Comencé siendo poco más que un bebé en el Colegio Santísima Trinidad. De su desarrollo, crecimiento y ampliaciones, puedo contarlo todo, o casi todo, la memoria ya me falla en numerosas ocasiones, pero nunca he olvidado mis inicios como estudiante ni aquellas paredes que se convirtieron en mi casa durante mucho tiempo.

En ese primer cole, que luego sería el de niños estuve hasta 2º de EGB, en el que nos pasaron al cole de niñas, situado frente a la sacristía de la Parroquia de la Trinidad. Sí, separados niños y niñas, pero en realidad, sin problemas ni traumas ni esas cosas que tanto alega la gente hoy día.

Y desde mis comienzos allí estaba. Llegó mi seño, Dª Antoñita Fernández. Desde estos primeros cursos hasta que salí del cole allí estuvo siempre. Ya como tutora o como profe. No puedo recordar nada de mi etapa en los Colegios de la Trinidad sin estar ella presente. Estricta a la vez que cariñosa. Cercana a la par que respetuosa; sabiendo siempre dónde estar y cómo actuar.

Al terminar 8º de EGB, la mayoría de las alumnas de la Trinidad fuimos al Instituto Góngora, por aquel entonces sólo de niñas. Y seguí creciendo sin traumas y sin problemas (al menos aparentes). Pero nunca me olvidé de mi seño. Es cierto que no solamente me acordaba de ella, todos o casi todos mis profes marcaron en profundidad mi vida, pero ella era “mi seño”.

Cuando terminamos el cole, un grupo de compañeras solíamos visitarla en su casa. Nos preparaba merendillas y echábamos el rato charlando de todo, de nuestra vida estudiantil y de la personal. Ella se interesaba por todo lo nuestro, nos escuchaba, lo cual para nosotras en nuestra época adolescente lo valorábamos muchísimo.

Nunca fue flexible en relación con nuestros resultados académicos, a cada cual nos exigía (y no poco) en función de nuestras posibilidades, y no tenía problema en tirarnos de las orejas cuantas veces hiciera falta.

Mis recuerdos van más allá de las clases, las excursiones, las salidas al campo, los viajes que hicimos. Mis recuerdos se quedan en su mayoría en las conversaciones que tenía con nosotras sobre todo lo que se nos ocurría plantearle. Nunca renunció aclararnos cualquier tema que le propusiéramos, siempre desde la ternura y con una comprensión difícil de entender, nos hizo ver lo que ella pensaba que era mejor para nosotras.

Fue maestra, un poco o un mucho madre de todas las que pasamos por sus manos (y todos, posteriormente también impartió clases a alumnos), amiga, confidente en multitud de ocasiones, en definitiva “Seño” con mayúscula.

Y yo que soy docente no quisiera otra cosa, sino que algunos de mis alumnos me respetaran y me quisieran como yo quise a mi seño.

Me dijo en numerosas ocasiones que leía mis artículos y que los esperaba cada semana para ver qué contaba. El de hoy va dedicado a ti, “Doña Antoñita”. Seguro que lo leerás y sonreirás con esa ternura que te caracterizaba.

Siempre estarás en mi corazón y se que en muchísimos más también.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here