No es obra de persuasión


Ya en su momento lo dijo San Ignacio de Antioquia: “El cristianismo no es obra de la persuasión, sino algo verdaderamente grande”. Y el mismísimo, y también en su momento, Joseph Ratzinger así lo comentaba: “Para que la misión sea algo más que propaganda a favor de una cierta idea o publicidad para una determinada comunidad, para que venga de Dios y a Él conduzca, tiene que tener su origen en una profundidad mayor que la de los planos de acción y las estrategias inspiradas por ellas. Tiene que tener un origen que se encuentra en un lugar más alto y más profundo que no la publicidad y la técnica de persuasión”.

La pregunta ahora sería por el lugar dónde se encuentra el citado origen que supera toda mera persuasión o mera propaganda. Ese origen es el que ha tratado de comentar el profesor universitario norteamericano Peter Kreeft en su más que recomendable obra ¿Símbolo o sustancia? Un diálogo sobre la Eucaristía entres C. S. Lewis, Billy Graham y J. R. R. Tolkien (Madrid 2019). Kreeft, entre otros muchos calificativos, podría recibir el del apologista de la fe en pleno siglo XXI. Prueba de ello es la propuesta que ofrece en uno de sus títulos Cristianismo para paganos modernos y su correspondiente subtítulo Los Pensamientos de Pascal editados, esquematizados y explicados. En este caso, el esfuerzo apologético versa sobre la Eucaristía y lo consigue – en mi modesta opinión – a través de un diálogo en el que su imaginación recoge los supuestos pensamientos de los tres personajes que aparecen citados en el subtítulo de la obra.

Aun no tratándose de una obra de persuasión, al recoger unas palabras que Tolkien dirige a su hijo Michael, ya muestra el singular poder de la Eucaristía:

“Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento… En el hallaréis el romance, la gloria, el honor, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra, y más todavía: la Muerte; mediante la divina paradoja, esa que pone fin a la vida y exige el abandono de todo, y, sin embargo, mediante el gusto (o el pregusto) de aquello por lo que sólo puede mantenerse lo que se busca en las relaciones terrenas (amor, felicidad, alegría) o captar la naturaleza de la realidad, de la eterna resistencia que desea el corazón de todos los hombres […] La única cura para el debilitamiento de la fe es la Comunión. Aunque siempre es Él mismo, perfecto y completo e inviolable, el Santísimo Sacramento no opera del todo y de una vez en ninguno de nosotros. Como el acto de fe, debe ser continuo y acrecentarse con el ejercicio. La frecuencia tiene los más altos efectos. Siete veces a la semana resulta más nutritivo que siete veces con intervalos. También puedo recomendar esto como ejercicio (demasiado fácil es, ¡ay!, encontrar oportunidad para ello): toma la comunión en circunstancias que resulten adversas a tu gusto. Elige a un sacerdote gangoso o charlatán o a un fraile orgulloso y vulgar; y una iglesia llena de los burgueses habituales, niños de mal comportamiento – de los que claman ser producto de las escuelas católicas, que en el momento de abrirse el tabernáculo, se sientan y bostezan -, jovencitos sucios y con el cuello de la camisa abierto, mujeres de pantalones con los cabellos a la vez descuidados y descubiertos. Ve a tomar la comunión con ellos (y reza por ellos). Será lo mismo (o aún mejor) que una misa dicha hermosamente por un hombre visiblemente virtuoso, y compartida por unas pocas personas devotas y decorosas. (No pudo haber sido peor que la confusión suscitada por la alimentación de los Cinco Mil, después de la cual Nuestro Señor expuso la alimentación que estaba por venir)” (Carta de J. R. R. Tolkien a su hijo Michael).

Esa misma intuición podría encontrarse en El peso de la gloria de C. S. Lewis:

“Es de suma gravedad vivir en una sociedad de posibles dioses y diosas, recordar que hasta la persona más gris y aburrida con la que hablas puede ser algún día una criatura a la que, si hoy fueras consciente de ello, estarías fuertemente tentado de adorar; o que puede ser un horror y una corrupción tales que ahora sólo te enfrentas a ella si acaso en tus pesadillas. En una u otra medida, nos pasamos todos el día ayudándonos mutuamente a alcanzar uno de los destinos. Así, a la luz de las posibilidades sobrecogedoras, con el asombro y la cautela propios de ellas, deberíamos tratarnos unos a otros y a todas nuestras amistades, nuestros amores, nuestras aficiones, nuestras políticas. No hay gente corriente. Nunca estás hablando con un simple mortal. Las naciones, las culturas, las artes, las civilizaciones…; ellas sí son mortales y sus vidas son para las nuestras como la vida de una mosca. Pero con quienes bromeamos, trabajamos y nos casamos, a quienes desdeñamos y explotamos, son inmortales: inmortales horrores o resplandores eternos. Eso no significa que debamos ser constantemente solemnes. Tenemos que bromear. No obstante, nuestra jovialidad debe ser la que existe entre quienes, desde un principio, se han tomado mutuamente en serio: una jovialidad carente de frivolidad, de superioridad, de presunción. Y nuestra caridad tiene que ser un amor auténtico y costoso, sintiendo hondamente los pecados, pese a los cuales amamos al pecador: no una simple tolerancia o una indulgencia que parodia el amor igual que la frivolidad parodia la jovialidad. Después del Santísimo Sacramento, tu prójimo es el objeto más santo que se presenta a tus sentidos. Si ese prójimo es cristiano, es santo casi del mismo modo, porque también en él ‘vere latitat’ Cristo: en él está verdaderamente oculto el glorificador y el glorificado, la misma Gloria”.

En resumen y en palabras de San Pablo: “He sido enviado a evangelizar no con sabiduría de palabra, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo” (1 Cor 1, 17).

Lector inquirat.

 

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